¿Qué nos hizo el pop?

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Publicado originalmente el 27 de noviembre de 2014.

El 28 de marzo de 1964 apareció en estas mismas páginas, en este mismo periódico, un reportaje que se anunció como “exclusivo.” Se titulaba Historia de la histeria y trataba sobre un grupo de melenudos scousers que, con una música estridente, estaban volviendo loca a la juventud norteamericana. Era cuestión de tiempo para que la histeria se desatara por estos lares.

Qué escándalo.

Como en muchos otros lugares, como en muchas otras provincias, esta histeria reconfiguró algunas cabezas a partir de hacer latir con violencia algunos corazones. ¿Qué nos hizo la música pop? ¿Cómo cambió nuestra mentalidad? ¿Y a nuestra ciudad? ¿Realmente tuvo algún impacto o fue una cosa de locos, minoritaria, marginal?

Puede que sean preguntas trasnochadas. Como nuestra ciudad, vaya. Cuando nosotros vamos, ya muchos vienen. Pero ello no significa que no tengamos que seguir en la ruta. Al menos hemos hecho las cosas a nuestra manera y confeccionado nuestra historia que, ay, si bien no siempre se registró, sí queda en los relatos y en los recortes, en las fotos y en los rumores.

¿Qué pasó con esa histeria? ¿Nos hizo mejores? ¿Nos hizo peores? ¿Fue sólo una moda? ¿Qué historias se construyeron a partir de ella?

¿Qué tiene la música que engancha, que emociona, que la hace inmediata y democrática? ¿O qué tenía? Decía Cioran: “Sólo aman la música quienes sufren a causa de la vida. La pasión musical sustituye a todas las formas de vida que no se han vivido y compensa en el plano de la experiencia íntima las satisfacciones encerradas en el círculo de los valores vitales. Cuando se sufre viviendo, la necesidad de un mundo nuevo, distinto del que vivimos habitualmente, nace de forma imperiosa para no diluirnos en un vacío interior. Y ese mundo sólo la música puede traerlo.”[*] ¿Qué tanta razón tiene en nuestro caso? ¿Sigue siendo así? ¿O la comodificación ya hizo lo suyo?

¿Escuchamos música para divertirnos, para crearnos una identidad, para ser parte de un grupo, para no ser parte de un grupo? ¿Por qué nos importa la música? ¿Por qué debería importarle la música a una sociedad en crisis? ¿Se vale preocuparse por estas cosas? ¿Todavía tiene la música ese carácter visceral que puede cambiar mentalidades? ¿Todavía es extraordinaria? ¿Todavía se puede hacer algo nuevo? ¿Hay cosas que decir y, como decía aquel monigote insufrible que sonaba en todas las salas de estar de hace unos años, se pueden “decir con música”?

¿Qué nos hizo el pop que a algunos nos voló la cabeza? A mí, al menos, me mostró que había posibilidades. Que en una ciudad y en una sociedad que no daba opciones, sí se podía elegir. Que no todo tenía que ser así.

Supongo que algo de eso sucedió a aquella generación de la histeria. Supongo que por eso, a pesar de que siempre me peleo conmigo a causa de ello, siempre reviso la historia de la música y me clavo con lo que sucedió en el pasado. Supongo que me identifico con aquella candidez, con el ansia del descubrimiento, con intentar encontrar algún sentido. Con romper la monotonía, llevar la contraria, joder la paciencia, ser diferente aunque significase forzar las cosas. ¿Diferente a qué? A lo que fuese, al sabor de la semana, con la única condición de estar siempre en movimiento, de un lado a otro, incluso si era sólo por esquivar el aburrimiento mortal de la escuela, la casa, el trabajo, la calle, la ciudad. Hoy eso se desdeña, es motivo de burla, porque las cosas tienen que ser fijas. ¿Por qué? Sólo los muertos no se mueven más. Y yo no me quiero morir, no aún, ni quiero vivir en una ciudad muerta, ni en un país muerto. Y uno se muere no sólo cuando se acaba la vida, también cuando ya no hay sentido del asombro y todo es cinismo, ironía, distanciamiento. Cuando ya no te involucras, estás muerto. Bien muerto, cagón. Out.

¿Qué nos hizo el pop (entendamos pop como toda esa música popular, basta de usar la palabra como antónimo de rock, que no lo es)? ¿Por qué le dedicamos tanto tiempo? ¿Por qué no lo dejamos atrás? ¿Por qué no queremos superarlo? ¿Es que hay que hacerlo? ¿Por qué tenemos el impulso de crear nuevas canciones aunque nos robemos los acordes de otras viejas o caigamos en la discordancia? ¿Por qué pensar sobre ella más allá de disfrutarla, bailarla y compartirla? ¿Es, como dijo aquel señor (que paradójicamente me cae bien) acerca del fútbol, sólo lo más importante de lo menos importante? ¿Es un estilo de vida? ¿Es un escape cobarde? ¿Es un escape valiente? ¿Es enfrentamiento, confrontación?

¿Qué nos hizo el pop? ¿Qué nos hace? ¿Qué nos hará?

El 28 de marzo de 1964 se dejó ver un fenómeno nuevo en estas mismas páginas. ¿En qué fecha ocurrirá el siguiente? Porque yo sigo esperándolo. Yo quiero ser parte de él. ¿Quién más? Acá estamos.

En algún momento perdí el rumbo y me gustaría saber dónde, si es que se puede. Hablo en primera persona, pero podríamos hacerlo en segunda o tercera del singular o del plural, da igual. Quiero saber lo que es verdad, lo que es mentira y lo que vendrá. Tarará, carajo. Tarará.

La foto es de Héctor Gómez Vargas, que ha hecho una investigación exhaustiva acerca de nuestra ciudad, sus habitantes y su relación con la música. Él fue el que me planteó la pregunta que da título a este texto, pero eso no es sorpresa: él siempre plantea las preguntas que nos mueven.

[*] La cita es del libro El libro de las quimeras de E.M. Cioran editado por Tusquets (Barcelona, 1996.)

C/S.

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