Discos que importan: Matthew Sweet, Girlfriend.

Publicado originalmente el 21 de noviembre de 2014.

Me gusta escuchar.

Lo sé: perdón por comenzar así. Pero es que a veces tengo que recordarlo y recordármelo. Hay montones de cosas que me gustan en el mundo. Cientos. Miles. Cientos de miles. No sé, demasiadas. La vida humana me entusiasma porque está llena de cosas. Hay inmundicia (y vaya que la hay, se nota en las páginas de este mismo periódico) pero también hay brillantez. Mucha. Hace unos días unos individuos (que también comen y cagan como yo) lograron aterrizar una sonda espacial en un cometa. ¡Rosetta! ¡Qué puta impresión, les digo!

Divago, aunque por necesidad. Hace poco, chica, me hiciste una pregunta rara. “¿Por qué no te gusta nada?”, inquiriste. Un reclamillo, por supuesto, por algún desacuerdo en nuestras filias. Un programa de tele, una canción. Qué se yo, la verdad es que lo he olvidado. Mi falla. Mea culpa. Pero la pregunta me sorprendió. ¡Si me gustan tantas cosas!

Me gusta escuchar, por ejemplo. Mucho.

¿Cuántas horas de vida he dedicado a escuchar? Ay, carajo.

Me gusta escuchar. Y parece una cuestión evidente. “Si este cagón escribe de música”, dirás. ¡Si no habla más que de eso, cuando le dan oportunidad! Pero es que a veces parece que no, que sólo cuento historias, que me sé datos, que intento abarcar tantos discos que me pierdo y dejo de escuchar.

Debo confesarlo: a veces pasa. Pero me gusta escuchar. Además de todas las historias y de toda esa teoría, me gusta escuchar; es más: por escuchar es que me gustan todas esas historias y toda esa teoría. Porque en el principio, la tierra estaba sin orden y vacía y las tinieblas cubrían la superficie del abismo y luego se hizo la música. Antes de todo, estuvo el placer, el enamoramiento, el descubrimiento, el primer impulso esteta: esa canción que me hizo querer saber más. ¿De qué iba el sonido que era tan bonito? ¿De qué iba el sonido que era tan profundo?

Me gusta escuchar Girlfriend de Matthew Sweet, por ejemplo. No es un disco que me sacó delante de un tiempo difícil, a pesar de que es un disco confeccionado justamente de puros momentos duros. No es un disco que haya marcado mi vida; no en el sentido en que hicieron otros, tal vez. Pero es un disco que amo escuchar. Porque suena a todo aquello que me volvió loco la primera vez que la música me volvió loco: guitarras en su sitio, melodías perfectas, euforia y tristeza adolescente en casi igual proporción. Vida.

Eso: vida. Girlfriend de Matthew Sweet es un disco vivo.

Salió en 1991. Sweet estaba consolidando su carrera, que ya era larga y productiva. Ya tenía dos álbumes solistas a cuestas (Inside del 86 y Earth del 89), pero el de Nebraska había pisado ya cientos de escenarios como parte de la intensa escena de Athens: tocó con The Specs y The Dialtones, geniales nombres para una banda amateur; colaboró con Michael Stipe en Community Trolls y con Lynda Stipe en los geniales Oh-OK; con David Pierce formó parte de Buzz of Delight. Girlfriend fue hecho con sudor y sangre: estaba divorciándose y replanteando vida.

Tal vez por eso el disco suena así de vivo. Tal vez es sólo que Sweet es un tipo sensible. O que haya escuchado los discos adecuados. O todo junto. Así nacen las obras maestras, supongo.

Girlfriend es fascinante como álbum. Desde esa portada, con una joven y elegantísima Tuesday Weld (quien objetó el título original del disco: Nothing Lasts.) Joyita. Y la música que suena es, ya también lo decía, como casa para mí: jangly, lleno de ritmo, con melodías cantabilísimas, urgente, dolido. Suena a un tipo que trae a Big Star y a Badfinger en las venas, que creció con pop sixties y el corazón permanentemente roto. Un poco como yo, un poco como mis amigos.

Es un disco vivo, ya decía. Visceral. Muy pop, en ese sentido. Poco cerebral. De lugares comunes, tal vez. ¿Revolucionario? Puede que no. Simon Reynolds dice que el powerpop es estancado, imberbe, estático. O algo así, en realidad lo parafraseo exagerando. Pero su idea es que el powerpop no va hacia adelante. Que no va hacia ningún lado.

Como si no fuese la vida así, a veces.

Anyway, sé que es una falacia. Sé que puede que tenga razón, pero también sé que pocas cosas me hacen tan feliz como un buen disco de powerpop. Como Girlfriend, vaya. Es música que pongo y me hace sentir vivo, me da buena onda, me mueve los pies y el jodido corazón. Es la música por la que quise tocar la guitarra y formar un grupo y luego escribir sobre música; es la que asocio con la juventud y con buenos momentos… o con convertir los malos en canción. Amo los estribillos y las guitarras que hacen twang y las líneas de bajo rebotadoras. Amo ese sonido al que alguien le puso nombre pero que, incluso hoy, me parece difícil de definir. Porque ese nombre le queda y le queda bien, pero no termina de describirlo.

Amo ese sonido. Amo escuchar. ¿Cuántas horas de vida he dedicado a escuchar? Ay, carajo.

¿Cuántas horas he dedicado a Girlfriend de Matthew Sweet? Ahora que lo pienso, muchas. Con M mayúscula: Muchas. No es un disco que me sacó delante de un tiempo difícil, a pesar de que es un disco confeccionado justamente de puros momentos duros. No es un disco que haya marcado mi vida; no en el sentido en que hicieron otros, tal vez. Pero es un disco que amo escuchar. Porque suena a todo aquello que me volvió loco la primera vez que la música me volvió loco: guitarras en su sitio, melodías perfectas, euforia y tristeza adolescente en casi igual proporción. Vida.

Es suficiente para hacer de algo un favorito. Y tener un algo favorito es pura vida.

C/S.

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