Kino pop (y VII.)

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Publicado originalmente el 14 de noviembre de 2014.

Musicopatía, cinefagia. Alrededor de 2007-2009 tenía mucho tiempo entre manos y lo dediqué a escuchar discos y ver películas. Al final de esa misma época hice una hoja informativa muy al estilo años 80: en el más fanzinero de los espíritus, escribía reseñas de películas ignotas y maquetaba un diseño de corta y pega, un collage de impresiones de computadora y fotos de revistas, periódicos y libros. La hoja informativa me salió más que bien y tenía un nombre exquisito: Peeping Tom. La recuerdo con orgullo, aunque duró poco. La repartía entre mis panas y dejaba copias en cafés, bares y en cines; la tienda de cine de arte de la Plaza de la Tecnología accedió a distribuirlos un par de veces. Durante más de medio año organicé (junto a Don Camisa, ese personaje) el cineclub de Contrapunto, donde aprovechábamos para proyectar rarezas varias y, claro, para repartir la hoja informativa. Nunca supe de verdad qué le parecía a los lectores, porque no era ese el punto, sino liberar de alguna manera la información que iba acumulándose en la cabeza y exorcizar de alguna manera la pasión cinera para que no me (nos) consumiera.

En uno de esos impulsos archivistas que sufro, me encontré con algunas reseñas para Peeping Tom que no lograron entrar a las ediciones definitivas de la hoja (que fueron tres.) Son un poco exageradas, tal vez, como si tuviesen la intención de ser las frases para el bronce de un lanzamiento clandestino de VHS, pero me gustan la euforia y la pasión, porque en Peeping Tom sólo importaba que la película nos hubiese emocionado, aunque sea un poquito. El ánimo era contagiar el entusiasmo. Espero haberlo logrado. Aquí algunas de esas reseñas:

Erotissimo (1969) de Gérard Pirès.
Muy en el tono del cine pop más descarado y explotador de William Klein, Erotissimo es una delicia. La anécdota es la de siempre en esta clase de sexicomedias: una esposa middle class/middle age quiere un poco de emoción en su vida (el esposo es un exitoso empresario que le pone muy poca atención.) Y lo que sigue es una serie de enredos propia de cualquier película cutre de domingo. Visualmente, es una maravilla: pop, op, chicas de revista de moda late sixties (y algunas publicaciones adults only) por doquier, melenas, psicodelia, sexo vintage, ridículos gadgets, mueblería de catálogo y ropa de esa que salía en las fotos de la antigua Vogue. El humor es simplón y muy, muy, muy francés (anti-galos, absténganse), con clara herencia de los flicks más ligeros de la nueva ola. Al final, funciona muy bien. Es una comedia liviana para una tarde tranquila; se ve muy bien con un trago estiloso y buena compañía. Para los muy clavados, Serge Gainsbourg aparece en un brevísimo cameo.

Jeu de Massacre (1967) de Alain Jessua.
Dos palabras: Guy Peellaert. La película es toda extraordinaria, pero lo que más destaca con los dibujos del genio de los tebeos y la ilustración. Y es que Jeu de massacre (o The Killing Game, en inglés) va de caos y creación, con un impecable Jean-Pierre Cassell (ídolo) y una brillante Claudine Auger post-James Bond, una historia llena de tensión y una estética pop que enamora: es a la vez un thriller, una caper movie, una comedia negra y una historia de crimen. Los personajes: un ménage-à-trois formado por un escritor de tebeos, una dibujante y un extraño personaje que manipula la trama maquiavélica y sádicamente. A veces parece una película de la mejor época de Chabrol; a veces, un filme de desvergonzada explotación, la casi-poesía de lo cutre. Pero, entonces, comienzan a aparecer las sensacionales ilustraciones de Guy Peellaert que no sólo funcionan en lo visual, sino que son parte integral de la narración. Pura adrenalina.

The Lickerish Quartet (1970) de Radley Metzger.
Radley Metzger, ese infame realizador de cintas sucias, es un nombre importante entre los entendidos del cine basura. Su última película de porno suave fue The Lickerish Quartet, muy al estilo de su legendaria Camille 2000: escenarios ostentosos, triángulos amorosos y mucha piel. Como en todo el universo Metzger, este film está repleto de pervertidos, voyeuristas y mujeres fatales: la trama comienza con una pareja que invita a su mansión a una chica a la que creen haber visto en una película pornográfica. Lo que sigue es un cuadrado de amor buzarro entre la chica y el marido, la esposa y el hijo. De atmósferas oníricas, la película se toma muy en serio el rollo de la confusión entre realidad y fantasía, aunque no es lo que la hace memorable: se pone mucho mejor cuando Metzger saca lo chulo y lo guarro que tenía, que era mucho. Todo esto funciona, por supuesto, por estar tan llena de decadencia, de perturbadora sofisticación y de la sórdida y exquisita música de Stelvio Cipriani. Sexy as fuck. Para verse a la medianoche, de preferencia en posición vertical.

Peppermint Frappé (1967) de Carlos Saura.
En Peppermint Frappé, una Geraldine Chaplin resplandeciente (y en doble papel) es el oscuro objeto del deseo de José Luis López Vázquez, que hace de un médico maduro, soltero y obsesionado con una mujer a la que conoció tiempo atrás. Pronto confunde a la nueva esposa trofeo de su mejor amigo con ella y comienzan los problemas. Carlos Saura logra con este trabajo uno de los mejores de su primera etapa, una pequeña obra maestra hitchcockiana, aunque dedicada a su mentor Luis Buñuel. Una muestra de que el nuevo cine español, que bebía del film noir americano, de las vanguardias del celuloide y de la nueva ola francesa, podía ser completo y estimulante. Peppermint Frappé sugiere, como título, una película que aprovecha la fiebre pop de finales de los 60. Nada más alejado. Es una película clásica, con sutiles toques de humor, de esas que hay que ver sí o sí. Como extra, las canciones fueron compuestas por Teddy Bautista e interpretadas por Los Canarios. Abre los ojos.

Sie Tötete in Ekstase (She Killed in Ecstasy) (1971) de Jesús Franco.
She Killed in Ecstasy, como se le conoce mejor, es, posiblemente, la obra maestra del desquiciado Jesús Franco. Amo del cine de explotación, con una carrera de cientos de películas repletas de culos, tetas y pitos, ha sido siempre también un esteta y un estilista a ultranza. Ecstasy no sólo contiene a Soledad Miranda en todo su esplendor (es una cinta contemporánea a Vampyros Lesbos), también es una película de venganza en la que cada encuadre parece una ilustración de tebeo. Un científico que experimenta con humanos es expulsado de una sociedad científica y puesto en vergüenza, tanto que decide suicidarse. La esposa, Miranda, decide vengarse de quienes empujaron a su hombre a ese final. Sexy, colorida, cutre, Ecstasy es una chef d’oeuvre del cine serie B de principios de los 70 en Europa, situada en lujosos castillos y hoteles decadentes. Jesús Franco, voyeur y pervertidazo, se dedicaba a hacer películas que a él le gustaría ver: chicas, vampiras, mujeres fatales en ropas mínimas, bebiendo cocteles, fumando, recostadas en habitaciones de colores chillantes y ángulos extraños.

The Cry of Jazz (1959) de Edward Bland.
Grabado en el downtown de Chicago, The Cry of Jazz es un ensayo fílmico fundamental y fundacional acerca de la identidad estructural compartida entre la cultura negra americana y el jazz. No sólo es una vertiginosa película de 35 minutos repleta de historia, música y filosofía, también es uno de los puntos de partida del movimiento por los derechos civiles y el Black Power; en ningún filme anterior se confrontaba de manera tan directa y agresiva la identidad negra contra la hegemonía blanca como se hace en The Cry of Jazz (en la que, por cierto, hay gente del crew y actores blancos.) En más de un sentido es el primer paso del camino que luego recorrería Melvin van Peebles o, más tarde, Spike Lee. El swing, la vitalidad, la agresión y todo el mojo del jazz están ahí. Si fuese poco, la música corre a cargo de Sun Ra y su Arkestra. Polémico en todo sentido, el director Edward Bland (músico y compositor de tiempo completo, cineasta ocasional) plantea en su ensayo fílmico que el jazz está muerto. Un obligado para musicómanos, adictos al ritmo, mentes abiertas, corazones románticos, cinéfilos, teóricos y, evidentemente, junkies del jazz.

C/S.

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