Kino pop (y VI.)

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Publicado originalmente el 10 de octubre de 2014.

Musicopatía, cinefagia. Por sexta vez presento en sociedad mis anotaciones sobre películas pop que duran entre 1 y 1,000 minutos y que van marcándome el rumbo para bien y para mal, que así es la cosa. Hago honor al mote “monomaniaco” con estos registros, que capaz que sirven para algo (lo dudo.) Aquí algunos pasajes de esos cuadernos para que estas letras conozcan mundo. Al menos.

The Committee (1968) de Peter Sykes.
Hace años que quería verla y por fin la encontré. Las malas lenguas contaban que había una bastante potable aparición de Arthur Brown en su mera etapa Dios del Fuego del Infierno y no podía perderme eso. Pues sí, ahí está Arthur Brown y su loco mundo, aunque son apenas segundos y está el soundtrack de Pink Floyd pre-La Debacle rogerwatersiana. Eso bastará para algunos, porque la película es rara-rara. Sí, muy rara. Comienza con una decapitación con una cajuela de auto, sigue con una resurrección bastante arbitraria y luego casi todo es diálogo y tomas largas y pausadas, todo en blanco y negro y con ese espíritu 1968 que oscilaba entra la nouvelle vague más militante y la paranoia total. Y no me reclamen, que interesante sí es. Y con esa fotografía impecable, puede uno poner play y dejarse ir, acompañado de un buen tintorro o birra. Además son sólo 50 minutos. Yo sí la veré de nuevo. Con permiso. 

Charles Bradley: Soul of America (2012) de Poull Brien.
En la historia de Charles Bradley, ese gran icono del soul gritón contemporáneo, todo había salido mal. Y, oh Diosa Fortuna, parece que las cosas han mejorado para él. Ya era hora. El soulman más sensible de nuestros tiempos, una rareza, un anacronismo necesario, es captado en pantalla a punto de estrenar su primer material después de treinta y tantos años de intentarlo en el circuito de los clubes imitando a James Brown. Hay tantos momentos de lagrimaza y nudo en la garganta que no sé si es porque Charles Bradley es lo puto crack o yo soy un blandengue hiperemocional como adolescente ojona. Le vemos aprendiendo a leer con una institutriz particular, llevando dinero y pan a su anciana madre, conmovido porque salió en el periódico o con los nervios de punta porque, a pesar de tantos años sobre los escenarios, esa era como su primera vez. Por si fuese poco, hay dos o tres escenas en las que se explica (más o menos con la profundidad de un documental de 74 minutos) cómo hicieron Bradley y Tommy Breneck para componer No Time For Dreaming. Hay una aparición estelar de Sharon Jones y un montón de alma. Yo no necesito más. También me tardé en verla y en cuanto lo hice, telefoneé a mis panas para que la vieran en cuanto antes. Porque soy un gran tipo. No tanto como Charles Bradley, eso sí.

Punk: Attitude (2005) de Don Letts.
Otra omisión incomprensible en mi bagaje. De hecho, ya la tenía en watchlist pero me animé al fin gracias a una conversación con una adolescente rijosa y un jovenzuelo muy bestia. ¿De qué hablamos? De música furiosa, claro. Ella The Clash, él The Intelligence, yo The Gories. Y entonces recordé que tenía Punk: Attitude pendiente y aunque (afrontémoslo) es un documental con los grupos de rigor, las declaraciones de rigor y no mucho aporte más allá de la revisión necesaria a una parte fundamental de la historia de la música pop, me levantó el espíritu. Y desempolvé algunos discos y vídeos. Y tomé la guitarra. Y puse el amplificador en 10 (que no en 11, Nigel Tufnel, broma fácil) y qué más daba si estaba afinada o no. Yo aprendí con los sixties y crecí con el punk, que así podría decirlo. Soy uno de esos. Sí, uno más de esos. Pero si la adolescente rijosa y el jovenzuelo muy bestia me dan la razón, no necesito que me la dé nadie más. Actitud, dije.

9 Muses of Star Empire (2013) de Lee Harkjoon.
Del K-Pop yo sé poco y nada, aunque hay gente a mi alrededor que está bastante malita de la cabeza gracias a este fenómeno oriental. Sólo por eso (y porque tenía tiempo entre manos) me di a la tarea de ver 9 Muses of Star Empire. Para ubicarme ya había visto algunos vídeos de girl-bands sudcoreanas y, la verdad sea dicha, entre la tumescencia de las partes nobles y el rush que inevitablemente se siente porque son realmente espectaculares en el sentido estricto de la palabra, me sentí atrapado. ¿Era éste el summum de la perfección pop? No. No lo es. Es evidente, claro, aunque es difícil verlo porque realmente el K-Pop es un tifón que arrasa con todo; hay que ver algo como este documental para darse cuenta que toda perfección (o intento de acercarse a ella) cuesta y el precio es casi siempre humano. La peli sigue la formación de un nuevo súper grupo de chicas desde el casting hasta sus primeras apariciones en público. Lo que comienza como una gran ilusión para todos termina como un pequeño campo de concentración en el que nadie conoce a nadie. Tal vez exagero, pero es que con el K-Pop he descubierto algo: las emociones van al límite. Ahí su éxito, supongo. Hay que ver 9 Muses of Star Empire. Por favor. Y cuando, usted allá afuera, lo haga, avíseme. Y platicamos. Que aún no logro descifrar muchas cosas.

Son of Dracula (1974) de Freddie Francis.
Aquí una confesión que, en realidad, es un secreto a voces: soy gran fan de Apple. No, no de ese Apple, zopenco: de Apple Records, el sello de los Beatles. Uy. Yo sé, menda, yo sé: Apple Records nunca fue para tanto. Sólo porque era de los greñudos de Liverpool y todo eso. Pero, bueno, ya, como sea. Me gusta coleccionar discos de Apple porque la galleta de los discos es bonita y me gusta que sea una manzana completa de un lado y una partida a la mitad del otro y todo eso. Y, ay, sí, no me juzguen, pero me interesa el subsello Zapple y… vamos al grano: vi Son of Dracula sólo porque era un producto de Apple Films y había Ringo Starr y Harry Nilsson. Y no debí. Porque es una de las peores películas que he visto. Porque, me atrevo, es una de las peores películas que hay. Es más, ya ni la recuerdo. Para qué. Pero puedo decir que la vi y con eso me basta. Y con esa autoridad puedo decirte a ti, lector, lectora, que no la veas. Y te tuteo, lector, lectora, porque realmente me interesas y, por tanto, no debes ver Son of Dracula. Porque aunque hay música pop y el baterista narizón y el tipo que realmente nunca me ha gustado tanto pero que cantó I Guess The Lord Must Be In New York City –canción que amo con locura irracional– es espantosa. Y no ese espantoso que las películas de horror buscan (al final se llama “hijo de Drácula”, ¿no?), sino el espantoso que no deja vivir bien. No la vean. Yo ya lo hice por ustedes.

Inside Llewyn Davis (2013) de Joel y Ethan Coen.
“Qué vida”, me dijo La Chica cuando terminamos de ver Inside Llewyn Davis, la última de los hermanos Coen y que no habíamos podido ver hasta ahora. “Pero”, señalé muy ceja alzada, “eso no es nada.” Y es que la película sobre un cantante folk que no logró el éxito pero le pavimentó el camino a otros (cof, cof, Dylan) está bien, tal vez muy bien, pero nada más; no me removió las entrañas como creí que lo haría y es un recuento bastante aséptico de aquellas épocas. Insisto: no está mal. Al contrario. Me gustó, aunque nunca tanto como otras de los Coen. ¡Es que estos son los tipos del Big Lebowski! Pero vuelvo a Llewyn Davis: tiene mucho a su favor. Está basada en la vida de Dave Van Ronk, crack, aunque bien podría ser cualquier otro folkie de la Greenwich Village a inicios de los 60; hay dos o tres referencias que sí me hicieron saltar del asiento y, bueno, está Carey Mulligan, que me fascina aunque no está tan espectacular. Pero el film no terminó por cuajar, siento. La música pudo estar mejor y ser más clavada (aunque, claro, esto es para el gran público), hay secuencias muy dramáticas pero que para el musicómano terminan por sobrar y, de nuevo, hay algo demasiado pulcro y no acabo por creérmela. “Qué vida: siempre durmiendo en sofás ajenos”, me dijo La Chica. “¿Tú lo habrías hecho?” Y yo, ay, yo, sólo atiné a pasar saliva y a decir: “Totalmente. Lo habría hecho. Tal vez lo haría.” Por la música sí. Por la música, siempre. Y eso es lo que le faltó a Inside Llewyn Davis: la música.

C/S.

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