Kino pop (y V.)

Chappaqua

Publicado originalmente el 27 de junio de 2014.

Musicopatía, cinefagia. Va una quinta entrega de comentarios de películas pop que duran entre 1 y 1,000 minutos y que forman parte del mapa de mi cabeza. Como devoto seguidor, llevo un registro más exhaustivo que conteo de calorías de una supermodelo de pasarela acerca de lo que veo, escucho y leo, mis verbos favoritos. Hoy presentamos uno más de los pequeños recuentos extraídos de los cuadernos actuales de su servidor y pana. No siguen un orden específico:

Anna (1967) de Pierre Koralnik.
Musical frenchute en clave nouvelle vague con Anna Karina, Serge Gainsbourg, Jean-Claude Brialy y Marianne Faithfull. Es decir, perfecto para mí. Todo es pop, todo es color, todo es perfecto; es el escapismo necesario ideal. La película se trata de muy poco, pero no importa. Los números musicales son del Gainsberre, por supuesto: Roller Girl, Sous le soleil exactement, Anna. Y la Faithfull más deslumbrante haciendo Hier ou demain. El filme fue hecho para la televisión en 1967 y no le fue mal, pero le ha ido mejor con el paso del tiempo, transformándose en pequeña película de culto para francófilos, nostálgicos, tipos que se quedaron en la nouvelle vague y fanáticos de Gainsbourg o la Karina. Es decir, un servidor.

! Women Art Revolution (2010) Lynn Hershman-Leeson.
Documental que inevitablemente se queda incompleto, pues es una reivindicación del arte femenino en los siglos XX y XXI. ¿Incompleto? Sí. Porque para nombrar y hacer justicia a todas las creadoras ignoradas por instituciones, museos, grandes y pequeños públicos, academias y demás eslabones de la cadena alimenticia de la industria del arte que fueron rechazadas sólo porque eran mujeres, se necesitaría una muralla del tamaño de la china. El documental explora este fenómeno, expone casos y muestra verdaderas obras maestras de mujeres valientes. Enlistaré, sólo para que al lector le pique la curiosidad, aunque también me quedaré incompleto (una disculpa), pero en ! Women Art Revolution Lynn Hershman-Leeson (ella misma artista) entrevista, menciona o muestra el arte de: Howardana Pindell, Joyce Kozloff, Betye Saar, Yvonne Rainer, Judy Chicago, Nancy Spero, Faith Ringgold, Sheila Levrant de Bretteville, Sol LeWitt, Judith Baca, Adrian Piper, Mary Beth Edelson, Hannah Wilke, Faith Wilding, Suzanne Lacy, Mirian Schapiro, Rachel Rosenthal, Martha Rosler, Harmony Hammond, Leslie Labowitz, Eleanor Coppola, Eleanor Autin, Judy Dater, Ana Mendieta, Lorraine O’Grady, Martha Wilson, Hannah Wilke, Barbara T. Smith, Carolee Schneeman, Dara Birnbaum, Lynda Benghis, Prudence Juris, el colectivo Disband, Mierle Laderman Ukehs, Kathe Kollwiz, Marcia Tucker, Karen Le Cocq, Catherine Wagner, el colectivo Guerilla Girls (con sus máscaras de gorila, claro), Violette Leduc, Cecilia Vicuña, Alexandra Chavaniec, Suzy Lake, Cindy Sherman, Barbara Kruger, Miranda July, Janine Antoni, Camille Utterback, Shirin Neshat, Theresa Cha, Tammy Rae Carland, Lucy Gray, Coco Fusco. Y las que no cupieron aquí. Y las que no cupieron en el documental. 

Ten Minutes of Silence for John Lennon (1980) de Raymond Dépardon.
El cinefotógrafo Raymond Dépardon ha dedicado la mayor parte de su carrera a registrar la vida. Esto es, a captar lo que le rodea para después intentar darle una narrativa coherente. Sus documentales son casi contemplativos, aunque siempre repletos de signos de interrogación: Dépardon cuestiona todo sólo mirándolo, eso sí, desde todos los ángulos posibles. Disecciona con la vista. E hizo lo propio el 9 de diciembre de 1980, unas horas después del asesinato de John Lennon; Dépardon estaba en Nueva York y se acercó al edificio Dakota para observar. La cámara capta rostros (casi todos desencajados) y cuerpos (casi todos inmóviles) que se conduelen por la pérdida de un amigo desconocido. Dépardon se pregunta sin palabras, en diez minutos de silencio, cómo es esto posible. ¿Es real el duelo? ¿Es real esta gente? ¿Era real aquel? En una época de documentales escandalosos, los de Dépardon siguen siendo importantes porque no gritan; son puro cine y capturan un pedazo de mundo y de Historia.

A Brief History of John Baldessari (2011) de Henry Joost y Ariel Schulman.
De los artistas pop, pocos llegaron al XXI siendo importantes sin mirar al pasado. John Baldessari sí. Las chicas lo encuentran atractivo, su actitud es de tío rockstar y su trabajo sigue siendo furiosamente actual desde que vive bajo su propio lema: nunca más haré arte aburrido. En diez minutos, Henry Joost y Ariel Schulman le rinden un merecido homenaje en video al tiempo que se ríen de él y con él. El cortometraje tiene un ritmo impresionante y es baldessariano en todo, desde la tipografía de los títulos y hasta los encuadres del estudio del artista, un lugar de sueños en donde a cualquier tipo con ideas le fascinaría quedarse a vivir. Por si fuese poco, esta breve historia de Baldessari está narrada por Tom Waits.

Chappaqua (1966) de Conrad Rooks.
Conrad Brooks era el hijo heredero de uno de los fundadores de Avon, la compañía de cosméticos. Es decir, tenía el puto mundo a sus pies. Esas fortunas son siempre dilapidadas de maneras vergonzosas y Brooks hizo honor: se gastó miles de miles de dólares en juergas, mujeres, drogas cada vez más fuertes, bebida, juego. Cuando su cuerpo pidió esquina y estuvo a punto de dejar un cadáver joven y bello, se lo pensó dos veces y se mudó a Zúrich, donde tomó una terapia de sueño que resultó exitosa. Con el tiempo que de por sí tenía entre manos se puso a leer, ver cine y a intentar escribir y hacer cine. Tal vez su trabajo más notable sea la adaptación del Siddharta de Hesse a la pantalla en 1972, pero Chappaqua (1966) es su obra clave. Es una película sin pies ni cabeza pero con una atmósfera increíble; va sobre un drogota sin remedio y su n0-vida. La música es de Ravi Shankar (originalmente la escribiría Ornette Coleman, pero al final no se hizo el trato, aunque Coleman aparece en la película.) Hay apariciones en pantalla de William Burroughs, Allen Ginsberg, el gurú Swami Satchidananda y los músicos Moondog y The Fugs: la pura crema y nata de la contracultura toxicómana.

Hallo Satchmo (1965) de Jan Špáta.
Louis Armstrong visita la entonces Checoslovaquia y hay decenas de camarógrafos que están allí para capturarlo. Y es que desde siempre ha quedado claro que ya no los hacen como Louie: era tan raro como 29 de febrero y tan bonito como un año bisiesto. Hallo Satchmo no se trata más que de eso: media hora de Louie siendo Louie. No se necesita más. Es la media hora mejor aprovechada del mundo, les digo.

La Révolution n’est qu’un début. Continuons le combat (1968) de Pierre Clémenti.
Enfant terrible carilindo, Clémenti es un pequeño héroe del cine. Actuó en las películas más arriesgadas, pasó tiempo en la cárcel y aprovechó para escribir un libro y se involucró con la contracultura francesa a mediados de los 60 de manera activa. Visa de censure no X es, aún hoy, un gran documento de una idiosincrasia que, ay, tal vez nunca debió perderse. Y en La révolution n’est qu’un debut… capta los disturbios de mayo de 1968 en Párís, los pasa por un filtro de psicodelia y Kenneth Anger y les pone como banda sonora el pop más feroz sobre la tierra. El resultado es increíble. Explosivo. Magnífico. Aunque un poco demasiado arty, tal vez.

C/S.

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