Desempolvando diarios: Harpers Bizarre, Yeti, Extensión 333.

extension333

Publicado originalmente el 20 de junio de 2014.

Me fui hace unos días de viaje a un lugar incomunicado, lejos, bañado por el Océano Pacífico. Lo necesitaba. Todo fue bien. Me llevé, para poder escribir, un par de cuadernos que por la humedad regresaron arrugados y con la tinta de algunas páginas como rímel corrido de mujer dramática. Eran cuadernos viejos y tenían anotaciones de hace varios años. Rescato para esta columna algunos fechados de 2006 que me llamaron la atención. Fueron buenos tiempos, aquellos.

Harpers Bizarre, Feelin’ Groovy. “La felicidad está en un disco de Harpers Bizarre…”
En 1966, la Warner compró a una pequeña disquera llamada Autumn Records. A este sello pertenecían The Tikis, una banda de surf de California que había lanzado un par de sencillos con poco éxito. Pronto se convirtieron en Harpers Bizarre. Liderados por Ted Templeman y Dick Scoppettone, comenzaron a hacer un exquisito pop barroco lleno de armonías vocales y melodías alegres, irresistible para todo fan del sunshine pop. Su primer álbum, Feelin’ Groovy, apareció en 1967. Algo tiene ese año, ¿no?

El quinteto nunca estuvo solo, pues les respaldaba gente del tamaño de Van Dyke Parks: con su Come To The Sunshine comienza la placa de un modo inmejorable. Y el gusto de los Harpers Bizarre para elegir sus temas es casi esquizofrénico: desde su tema más popular, 59th Street Bridge Song (superior, creo, a la versión original de Simon & Garfunkel) y hasta ¡Prokofiev! en Peter And The Wolf. En menos de media hora, se las arreglan para sonar a bubblegum puro (Happy Talk o Happyland, títulos de lo más melosos) y hasta un pop barroco estilo The Association o Sagittarius como en The Debutante’s Ball, una obra maestra de tres minutos.

Feelin’ Groovy es genial por esa vitalidad y alegría. Piezas maestras como Come Love no cabrían en otro disco. Su encanto es infantil como en Simon Smith And The Amazing Dancing Bear (una canción circense que no llega a la locura del Mr. Kite beatle, pero que sí evoca un espectáculo colorido con todo y aplausos) o el ludismo oriental de Raspberry Rug, que tiene un encanto naïf muy sixties, aunque también un aire de musical de Broadway.

Después de este disco, Harpers Bizarre grabó otros tres, todos me gustan. En 1970, cada uno se fue por su lado. Feelin’ Groovy, sin embargo, ha sobrevivido al tiempo a pesar de tantos años y sigue sonando tan emocionante como en el loquísimo 67. Tanto que aún ahora puedo asegurar que la felicidad está en un disco de Harpers Bizarre. No son light, basta escuchar sus arreglos. Son sunshine, del mejor. Esto sí es pop.

Yeti, One Eye On The Banquet. “No cambiará al mundo pero lo hará más feliz…”
Me encanta Yeti. El quinteto, que a veces pasa desapercibido entre los nuevos gritones, se ha hecho de una excelente reputación con solamente dos singles a cuestas (ambos lanzados por Moshi Moshi) y como banda abridora de la gira europea de Oasis. Las noticias: Yeti está de regreso con un EP de edición limitadísima, producido y financiado por ellos mismos.

Apenas cinco canciones hacen que Yeti ya no sea solamente “la banda de John Hassall tras la separación de los Libertines”. Ya son banda por derecho propio y lo reclaman con ecos a los Byrds, armonías beatlescas y mucha melodía. A diferencia de Babyshambles, los de Yeti son contenidos, casi frígidos y más enfocados en la música; a diferencia de Dirty Pretty Things, los de Yeti no se lo toman en serio, se dejan de poses engreídas y no quieren ser los chicos malos de la película.

One Eye On The Banquet (2006) dura apenas dieciocho minutos en su edición de CD. En 7″ dura cuatro minutos menos (¡y se reproduce a 33rpm!). Pero ha costado trabajo quitarlo de la tornamesa. Comienza contundente con The Last Time You Go, con guitarras powerpop afiladísimas y un coro pegajosísimo. Con una programación concienzuda en la radio, sería un éxito, pero no sucederá. Yeti, al parecer, es un grupo para sibaritas pop y están cómodos así.

El segundo track es Moneygod, que remite al debut de The Coral (y, caprichosamente me suena también al Love del Forever Changes, tal vez estoy loco). Es una queja contra la fama banal y acaso una sutil pedrada de Mr. Hassall a sus antiguos compañeros de banda. En un disco de esos que se compran en el Mixup habría sido una tonada sinsentido; en un EP independiente y lanzado con tanto esfuerzo como éste es no sólo coherente, sino exaltante.

Song For The Dead, compuesta por el guitarrista Andrew Déjan tiene una sección de metales muy linda y tras la tercera escucha se convierte en un pequeño himno para una caminata solitaria de viernes por la tarde. Con Magpie Blues se termina el EP en vinilo, un blues acústico divertidísimo y pegajoso (como la versión Yeti de For You Blue de Harrison, pero sin la guitarra slide).

El CD, sin embargo, todavía nos ofrece cuatro minutos más de pura alegría: Insect-Eating Man es la canción tonta del EP. Ligera, melódica y divertida, divertida, divertida, es un guiño a los musicales que Eric Idle componía para Monty Python. También suena a The Small Faces. O hasta a extravagancia beatle (Honey Pie o You Know My Name, por ejemplo). “Forget burritos… Give me mosquitos!” repite el personaje de la canción, que prefiere buscar en el suelo animalillos de muchas patas que ir a cenar al Ritz.

Me encanta Yeti. Y no puedo entender cómo a alguien puede parecerle irrelevante un disquito con buenas, muy buenas canciones. No es una obra maestra que cambiará el mundo, pero sí lo hace más feliz. Never lose your sense of wonder y disfruten.

Extensión 333, Esa chica te chupará la sangre. “Necesito robar de todos lados…”
“Mi pelo sixties/ mi camiseta de Keith Moon/ me he quedado en Quadrophenia como tú”. Un coro tan memorable no podía convertirse más que en un himno personal. No hay opción: a mí las referencias pop me matan, posiblemente porque yo necesito robar de todos lados para armarme una conversación coherente y una personalidad. ¿Acaso no lo hacen todos? Estamos inevitablemente marcados por los tiempos, por los íconos y por los lugares comunes.

Una chica mod me dijo hace ya un tiempo que ella elegía día a día un himno personal. Mi himno de hoy, definitivamente es Atrapada en los 60, memorable y ruidoso punk de dos y medio minutos de Extensión 333, una banda estridente de Valencia, España. Formada en 2003 de miembros de Wallride y otras bandas, Extensión 333 es todo lo que los de Stanley Road cantaban que querían: sex, mod and punk.

Su primer (y hasta ahora única) placa se llama Esa chica te chupará la sangre y es tan salvaje como el título -y la cubierta- lo sugieren. La estrella del disco es obviamente Atrapada en los 60, historia de una chica obsesionada con las Lambrettas que “come” muchas pildoritas moradas: “Mi parka verde/ Una chapa de los Who/ me he quedado en los 60 como tú”. Todo un himno mod de guateques interminables, de juventud desenfrenada y pura emoción: “Una noche puede reventar”. ¿O una parodia? ¡Qué más da! El tema es tan explosivo que desconcierta al final cuando, de golpe, comienza a sonar la introducción de sintetizador de Baba O’Riley.

El resto del disco no baja la guardia. El amor a la música está en La tienda del vis, versión en castellano del Argy Bargy de Cock Sparrer y Explicaciones, traducción de las Teenage Kicks de los inolvidables Undertones. En las composiciones propias, No olvides el ritmo, una joya, tremenda, siempre voy a acordarme de ella. Interferencia y La naranja mecánica son dos tracks tan intensos que no pasan del minuto y medio. Hay garage a lo Cramps en la canción que da título al disco y en Elvira la Vampira, memorable. Incluso hay un órgano muy groovy en Malas compañías. Las dos debilidades del disco, Hombre pisto y Nostalgia suenan, sin embargo, a Stiff Little Fingers y funcionan, aunque opacadas por la sobrecarga de energía de las otras canciones.

Extensión 333 hacen música sudorosa para un viernes alocado para tipos con pinstriped suits y chicas obsesionadas con parecerse a Anita Pallenberg (versión ruda) o Twiggy (versión cute). Para tipos que “se quedaron en Quadrophenia” o en el 77 europeo. Noisy but stylish. Sórdido pero elegante. Moderno pero español. Electrizante punk color púrpura. Snap!

C/S.

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