Estas calles nos reclaman: The Cynics en León.

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Publicado originalmente el 14 de marzo de 2014.

Esta va para los que estuvieron allí esa noche. Son unos cracks.

Sábado noche; la ciudad pequeña, necia, atontada, palurda en la que vivo tiene ganas de una carantoña y no puedo negársela. Vienen The Cynics y no es cualquier cosa. Es una ciudad pequeña, necia, atontada, palurda, y esas cosas no pasan cada sábado, eso puedo asegurarlo y que me parta la crisma un yunque marca Acme si miento. Ojalá lo hiciera.

El ocho de marzo de dosmilcatorce sucedió. Y fue Bueno. Muy bueno. Necesario. Los cien gatos que estuvimos allí lo sabemos y les vemos a todos ustedes, millón y medio de entes bípedos que habitan en esta selva de concreto, hacia abajo. Sólo por eso. Otórguennos, aunque sea, ese derecho. Nos lo ganamos a pulso, brincando y sudando y acabándonos la poca garganta que nos queda, por amor al Ritmo.

The Cynics no es cualquier grupo. No es cualquier música. No es algo que uno pueda perderse así con la mano en la cintura y la otra en el aire con el meñique levantado como cuello de brontosaurio. Los de Pittsburgh tienen una historia que comienza hace casi treinta años con la urgencia del sedicioso y el arrebato del chavea. Su música es “de garaje”, primordial, básica, moderna (lo post qué), muy siglo XX: el sonido es perentorio y permite emocionarse cuando hoy parece que está prohibido hacerlo. Al carajo.

Su discografía es extensa y su paso por el mundo del pop es firme, aunque irregular. Firme porque si algun vivillo quiere ponerles adjetivos como “seminal” o “influyente” lo va a lograr: lo son; The Cynics es ese grupo que querías tener en un poster en tu habitación, del que repetías el disco una y otra vez y pasabas en cassette o CD-R a tus amigos; The Cynics es un grupo cuyo disco pones un viernes por la noche para iniciar el fin de semana porque Lo Importante Acaba De Comenzar, gracias, damas y caballeros; la primera birra va con el inicio del Blue Train Station o del mirífico Rock And Roll, ambos hitos del wokandwoe.

Irregular dije, también, porque tuvieron un rompimiento largo y, con todo, el grupo ha regresado con nuevos integrantes (eso sí), pero manteniendo la base: Gregg Kostelich siempre ha estado en la guitarra y Michael Kastelic siempre ha gritado como un obcecado de San Pedro de los Locos en todos y cada uno de los discos y las giras que les han llevado a lugares tan insospechados como León, Guanajuato. Hoy cuentan con una base rítmica española: Pablo Kaplan (Bubblegum, Dr. Explosión, Transparent Dayze) en el bajo y Pablo “Pibli” González (Feedbacks, The Legs, Peralta, Dr. Explosión) tundiendo una sufriente batería. El grupo no ha seguido subsistiendo del alquiler, para qué, si pueden seguir haciendo discos importantes como han demostrado con Here We Are (mi copia ahora descansa en su estante firmada por los cuatro) o Spinning Wheel Motel.

Un paréntesis es necesario aquí: Gregg Kostelich es fundador, cabeza y alma de Get-Hip Recordings, ese ente mutante que desde 1987 lanza música indómita y espléndida. No puedo enlistar los grupos nuevos, viejos, geniales y fundacionales y todas las reediciones formidables que ha editado porque no hay espacio, pero puedo decir que Get-Hip es de las disqueras superiores, las que trabajan duro y han formado a varias generaciones en El Ritmo y La Vida. El mundo sería muchísimo peor sin Get-Hip.

Y llegó el sábado noche ocho de marzo de dosmilcatorce, después de una retahila de días lentos. La ciudad tenía ganas de una carantoña y yo de una zapatiesta. Los panas fueron convocados y llegaron, uno a uno, portando su mejor semblante. Una birra, dos, tres. El Jaibol, un chiscón agradable en la calle Pedro Moreno, fue llenándose de a poco. Lalo y Laisa pusieron discos en vinilo, preparando la noche con un montón de soul, R&B y garaje. El bebistrajo fluía con un gusto y una frecuencia que habría complacido a Don Baco. Comenzaron a tocar Los Hastinos, un grupo de Aguascalientes que solo conocía de nombre y que me gustaron harto; mendas, seguid con el buen trabajo, por favor, y vuelvan un día de estos. Siguieron los defeños Fan Club, más agresivos y densos; confieso que en su intervención aproveché para no dejar que el cogote se secase y visité la barra, donde aproveché para saludar a Kastelic (que bebía pulque con avidez) en el idioma de los beodos: ¡waah! ¡blaargh! ¡do-oa! ¡ja-já! Esas fueron, más o menos, las palabras que intercambiamos y está bien. Conocí a dos o tres personajazos y cuando regresé a mi lugar, al frente del escenario, ya había terminado el grupo. Pero venían The Cynics.

Ese ruido, carajo. A mí me gusta ese ruido. Es todo lo que quiero. Y The Cynics es una de las mejores cosas que le han pasado a este lugar pequeño, necio, atontado, palurdo. Porque lo digo yo. Porque aquí no pasa nada. Porque, quién sabe, estoy abusando de la hipérbole, quizás, porque un grupo que quiero tocó aquí, tal vez, y lo hizo para mí y mis panas y unos cuantos gatos más, puede ser, y no son ellos ni ustedes sino yo el que está mal, quién sabe, pero qué más da, lo pasé de puta madre. Recuperé, junto a los míos, una fe que creía perdida entre el desgano de lo cotidiano y el no-sé-qué de estas épocas. Nuestro mojo ha estado ahí siempre, solo que lo descuidamos buscando sobrevivir. Pero vivir se trata de esto. De esto, carajo.

Estas calles nos reclaman.

La foto es de Sandra Barquera de Anda.

C/S.

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