Otros tres discos y algunas historias más.

Publicado originalmente el 21 de febrero de 2014.

Un grupo de amigos nerds (entre los que se cuentan un par de hitchhikkers, varios obsesos de los discos, un gurú que levita escuchando Mind Games, un beatnik perdido en el tiempo, dos o tres jipis bastante cool, un par de whovians y gente de esa calaña) se ha propuesto escribir acerca de crecer. A algunos les marcó Dragon Ball. Otros analizaron la poética de su habitación (psicogeografía, supongo.) A otros les ha dado por enlistar libros favoritos y resulta que se han leído la biblioteca local, la de Alejandría y aquella en la que Borges hizo vida al derecho, al revés, de cabeza y, por si fuese poco, tres o cuatro veces. Yo soy muy básico y crecí con discos y moriré con discos. Aquí van otros tres de aquel ejercicio inútil, pero divertido.

The Clientele, Strange Geometry.
A veces creo que nunca superé 2005.

Fue un año raro. Cuando pienso en él me viene una frase en inglés a la cabeza: “Lost in the plot.” Esa dulce confusión de la segunda década, las noches interminables, las habitaciones ajenas, las mañanas sin resaca con ‘Bar Italia’ taladrando la cabeza; todo pasó ese año. Todo. Hubo amor intenso y dolor profundo, hubo noches de seda y tardes de tósigo. Los días pasaron extraños entre idas y venidas en calles que ya no recorro, siguiendo los pasos de chicas suburbanas caprichosas, hombro a hombro con tipos que hoy han cambiado mucho pero que siguen siendo familia; puro carnalismo, ese. Y todo ese tiempo pensaba: pero si es 5, no 7, a mí me va bien siempre en 7, nací en un 7 y cuando he apostado y ganado ha sido a un 7, los años 7 me tratan bien, a los años 7 les tengo cariño aunque no los haya vivido todos y ahí estaba, en un 5 y sintiendo que todo era posible.

Pero la vida puede ser rastrera y, entonces, sólo queda la música. Cuando regresé a casa de la fiesta, como dice la canción, todo había cambiado; la ciudad estaba a un lado de sí misma, distinta, distante. Extraña geometría. Y Alasdair MacLean cantaba para mí, para nosotros, para los que teníamos un agujero en el cráneo por el que entraba aire caliente. Para los que lo habíamos visto todo y estábamos dispuestos a pagar por otra función, qué importaba si el precio era el corazón, el hígado o los mismos ojos. Para los que veíamos nuestra propia cara en los árboles.

A veces creo que nunca superé 2005. Y cuando la tarde pintó las calles, caminar era como hacerlo sobre un trampolín; yo tan lúcido, todo tan vívido, escalofriante. Mis manos, puños. Mapas, listas, un vacío que no se puede ahuyentar. Hoy ya no acongoja pensar en lo que sucedió, por suerte; ya no echo de menos. Ya no tanto.

Los Negativos, Piknik Caleidoscópico.
Mi Rubber Soul particular, usted me perdonará. Si alguna vez, entre sandez y sandez, me hicieran la pregunta de los discos y la isla desierta, nombraría este por impulso y no estaría equivocado (los impulsos rara vez lo están.) Los Negativos son mi grupo ideal, al menos en Piknik Caleidoscópico, editado originalmente en 1986. Hay en este disco un poco de mis grupos favoritos: Byrds, Seeds, Love, todos esos, usted me perdonará. Pero suena a Los Negativos y a nadie más. Es toda una escuela, en el buen sentido de la palabra; es un disco pisaverde, elegante, pendenciero y que calza botines Chelsea. Es decir, todo lo que el pop debería ser: esas guitarras de doce cuerdas (¿lo eran?), esos órganos acedos, esa voz mil-novecientos-sesenta-y-seis, esas letras púrpura con flashes rojos. No pido más.

No puedo pensar en los mejores años de mi adolescencia tardía sin este disco. Porque, además, todos mis amigos lo tenían. Era un requisito implícito para ser parte de los corbatos. Y aunque muchos lo nieguen, todos querían formar parte de los corbatos. Yo el primero.

Podría, por tanto, escuchar este disco con extrema nostalgia. Pero no me funciona así, por fortuna. Cada que lo escucho es un ritual y suena nuevo. Así son los grandes discos, supongo.

Para acabar de añadirle romanticismo a mi fijación por este disco, lo recibí de manos de una chica formidable cuando me llevó de picnic en un cumpleaños. Ella misma, tras una estancia en Barcelona, me envió un póster firmado de puño y letra de Alfredo Calonge. No es por eso (aunque cuenta), pero yo la quiero.

Caetano Veloso, Caetano Veloso (Álbum Branco.)
Es usual que, si me encuentran en la calle, esté distraído viendo a la gente – uno de mis pasatiempos favoritos. Me encanta ver a las personas que pasan por la calle. Y añadido a esto, lo más probable es que tarde en saludar porque (perdone, señor/señora) en la tornamesa de mi cabeza esté sonando algo. Así funciono y, em, ni modo.

Si de algo puedo jactarme es que por lo general la playlist de la tornamesa de mi cabeza es amplia. Pero hubo una ocasión, hace ya tiempo, que me atoré con una canción de manera inexplicable. Duró días dando vueltas allá arriba, taladrando las paredes esponjadas de mi cholla. Era Irene de Caetano Veloso. Gigante. No sé por qué mi sesera se trabó justo con esa canción, pero no puedo decir que lo pasé mal. Al contrario.

Con ese temazo (como dirían los modernos) inicia el otro álbum blanco, el disco tropicalia de mi colección que más me gusta. Es un oasis (sin albur.) Y, en realidad, estoy dando rodeos. La historia con este disco es que el mejor viaje lisérgico que tuve comenzó en el apartamento cucaracho de U con Hey Bulldog y llegó a su punto más crítico justo cuando la guitarra toca los primeros acordes de Lost in the Paradise, que dura tres minutos pero que se sintieron como tres días: hubo regresiones a mi infancia, colores, iluminación y, sobre todo, una sensación de todo está bien que nunca he podido repetir. Ya para cuando entran esos metales y guitarras discordantes al final de la canción comenzó una angustia paranoica que Atrás do Trio Eléctrico intensificó. Y, luego, euforia. Pura euforia y gritos y brincos. Cuando sonaba Os Argonautas yo era un bulto.

Al intentar repetir la experiencia, el fracaso fue total. T.O.T.A.L. Qué más da; de lo bueno, poco. Llámeme usted, señor/señora, como quiera. Por mi parte, lo pasé bien. Y si en este pueblo siguen justificándose diciendo “pues lo bailado nadie me lo quita”, llegó mi turno de usar ese argumento.

C/S.

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