Una para Pete Seeger.

Originalmente publicado el 7 de febrero de 2014. Una versión temprana (y más corta) de este mismo texto apareció en la revista online LaPopLife el 30 de enero de 2014.

Pete Seeger ha muerto. Y con él, una era. El ciclo de la Historia se ha cerrado.

1. Seeger era el folk, con todo lo bueno y todo lo malo de esa música. Era lo mismo ese trovador romántico y casi mitológico que un caso para A Mighty Wind. Pero así es esa música y está bien. Pete Seeger era la música por la música y hacía las cosas, como diría Townes Van Zandt, for the sake of the song. Representaba una época de ideas y posibilidades en las que el arte podía realmente salvar al mundo; se sostenía en pie por causas justas, por la idea de una mejor humanidad en paz. Fue ingenuo, tal vez, pero se disculpó (aunque tarde) por algunas metidas de pata; en cuanto a lo demás, Pete Seeger es ese músico que todos deberíamos intentar ser: inquieto, incesante, comprometido. Introdujo un elemento político en la música que hoy no podemos olvidar, en tiempos difíciles y distintos, porque eso nos importa y afecta a todos. Era un ser humano preocupado por otros seres humanos, por su generación y las que vendrían, y no tuvo miedo de decir cosas que debían ser dichas. Fue citado, en plena cacería de brujas en 1955, ante el Comité de Actividades Antiestadounidenses por participar con el Partido Comunista; se plantó ante ellos valiente y les dijo: “Yo siento que mi vida, toda, es una contribución.” Hoy, esos imbéciles de cuello blanco siguen en el poder y destruyendo este mundo y lo bueno que tiene, pero Pete Seeger también sigue en pie. Hoy, como están las cosas, Pete Seeger sigue siendo necesario y vigente. La música tiene que volver a ser importante y a mover a la gente, hacerla sentir y hacerla pensar. No necesitamos rockstars ni imberbes idiotas presumiendo algo llamado swag. Qué estupidez. A veces hay que voltear hacia atrás para ver qué hemos hecho mal y, sobre todo, qué hemos hecho bien. En este apartado, seguro, estará Pete Seeger.

2. Seeger era tradición, una palabra que resulta siempre controvertida (de eso se trata el folk), pero era también vanguardia. Era una mezcla perfecta de rescate del patrimonio, de lo que vale, para arrastrarlo hacia el progreso, que no significa tener muchas máquinas sino una buena vida para todos. La música, y no digo algo nuevo, es el elemento más liberador de todos: ni la literatura ni el teatro ni la pintura logran tanto con tan poco; Seeger lo entendió y por eso le parecía importante rescatar el pasado. Ni siquiera era por estética. Otra lección que aprender. Seeger hacía las cosas porque le parecían sustanciales y graves, porque sabía que su voz hacía mucho eco y calaba en quien debía calar. Se le caricaturiza por aquel episodio en el festival de Newport 1965 (que él fundó seis años antes) que involucra a Bob Dylan, una guitarra eléctrica y un hacha; se le acusa de ortodoxia y cosas así. Ha quedado como un tonto ante muchos, pero Seeger ya veía el riesgo del siguiente paso dado a ciegas: la banalización del discurso, el ruido sobre la elocuencia, el artificio. Yo le entiendo y eso que para mí no hay sonido más bello que el de una guitarra eléctrica estridente. Al final, hemos visto, tenía razón. La cuestión no era hacer canciones para comprarse una alberca; los héroes de los primeros cincuenta, los renegados, los beats, los modernos, terminaron atrapados sin salida, en el nido del cuco; los héroes de la generación del amor y la paz se perdieron en la bruma del delirio. Alguien debía seguir hablando claro y alto, con la mente despejada y con la debida distancia de la vorágine para no ser engullido. Pete Seeger asumió ese papel a sabiendas de que sería objeto de sorna, confusiones y malentendidos. Pero le tocaba. Y era un tipo valiente.

3. Todo está a la venta. Todo. Y Seeger, que tuvo que enfrentar a “la justicia” por “comunista” ha muerto en la época en la que el capitalismo ha terminado por encarnar los horrores con los que estigmatizó a los rojos. El puto mundo al revés: el ser humano al servicio de un sistema enfermo. Todo está a la venta, menos el alma. En esto, al menos, Seeger se fue limpio.

4. Cantó con los Almanac Singers acerca de trabajo y derechos y se le tildó de subversivo, bolchevique y algunas otras borricadas. ¿Cómo puede ser tachado algo que apela a la unidad, a la humanidad, a la igualdad de derechos? Tocó con The Weavers y fueron enviados a la lista negra. Por suerte, el bicho del folk del Greenwich Village inoculó la Costa Oeste; los Byrds electrificaron a Seeger de otra manera, respetando su esencia. Sus canciones se convirtieron, de a poco, en parte de un imaginario popular que, ay, también terminaría pervertido – qué maldito es el mundo. Seeger, paradójicamente, alcanzó otro público gracias a guitarras Rickenbacker de doce cuerdas. “Les cambiaron alguna nota”, dijo alguna vez acerca de sus temas interpretados por los Byrds, “pero así quedaron bien.” Seeger se quedó como un referente, un nombre que muchos escucharon y que pocos realmente conocieron, como esas películas clásicas cuyas escenas icónicas aparecen en todos lados, pero que en realidad su público ha sido exiguo. No importa, queda el nombre y quedan curiosos que aún buscan una respuesta en algún lugar de la Historia. En Seeger la encontrarán, seguro.

5. Pete Seeger pertenece a una generación antes, pero es uno de los últimos grandes héroes de la música. Esos ya no existirán dentro de poco. El mundo es volátil y mercantilista, ya no hay gigantes que signifiquen demasiado (los últimos, tal vez, hicieron lo suyo hace veinte años.) ¿Habrá alguna vez otro Pete Seeger?

C/S.

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