El 14.

Publicado originalmente el 3 de enero de 2014.

1. Poco después de dar los abrazos y los tragos después de las doce para celebrar que llegaba un nuevo año, Alain Tchido se puso a hablar. Dijo –y parafraseo, claro– que tenía que ser un buen año. Y que, sobre todo, estuviese lleno de música, lo que sea que sucediese. Y luego soltó un discurso dipsómano pero chocantemente lúcido que versaba sobre cómo la música está en todo y más: es todo. El ritmo al caminar y al respirar, la estructura al escribir, la voz, la armonía y la búsqueda de la perfección y cosas así que a todos nos pusieron en alerta asintiendo sí, Tchido, sí, y nos la creímos. Qué bueno que nos la creímos, carajo.

A decir verdad, sólo confirmó mis sospechas de obsesión. No es que la confirmación fuese necesaria, más bien es que siempre es necesario un cómplice, un partner un crime, un tipo que siente igual que uno.

Dije siente, no piensa. Que no haya duda.

De cualquier modo no imagino un año sin música, y no quiero sonar romántico ni cool ni nada de esas tonterías. Es que, lo siento, pero como versaba aquella leyenda urbana sobre Roky Erickson, yo a veces me siento alérgico al silencio. No al silencio de las cuatro de la mañana en las afueras de la ciudad ni el de la concentración de un jugador de lo que sea, sino al silencio estéril, cobarde, estúpido, mojigato, falso; el silencio del que teme, del que se cuadra, del imbécil.

La música, la buena música (con todo lo que me carga este término por vago y tendencioso) debe acabar con ese silencio. Movernos. Cada vez soy más viejo y, por tanto, colecciono menos esperanzas, pero ésta queda. Llámame ingenuo o algo peor. Lo soy. Ya qué. No quiero perderla aunque sea una mentira. La cosa es… que realmente dudo que sea una mentira.

2. Héctor Gómez Vargas también dijo sus palabras, aunque mucho antes de la medianoche y  sobre un café y unos libros. Habló sobre el año y cómo fue para muchos. Usó una imagen como las que suele usar: se veía a él con una jungla oscurísima detrás y un mar embravecido delante. Pero las naves estaban quemadas ya. Cortés, Aridjis, Gómez. La retirada es imposible. Y lo que queda es hacer algo digno. Y las canciones, dijo Héctor. Las canciones no sólo para recordar con nostalgia, sino para mantener la mente sana y ocupada, sorprendida y ágil. Para crear sentido. Para hacer frente. Para obtener fuerza o, al menos, para envalentonarse como el rústico aquel que da tres o cuatro tragos profundos para, entonces sí, hacer saber a todos que está listo para cualquier cosa, sea lo que sea. Para crear.

¿Quemar las naves? Las quemamos al llegar.

3. El mundo de la música como producto está muy jodido. Lo digital ha terminado de redondear un caos que ya veníamos provocando todos (disqueras, músicos, consumidores.) Sobre todo, como bien nota también mi pana Ulises Guzmán, con quien no pude compartir birra ni recuelo, en el sentido de la relevancia en el consumo; las disqueras evidencian de maneras vergonzosas que han perdido poder, pero también los músicos, porque (y aquí sí cito) ya no hay un “gran mainstream” (y, comento yo, su opuesto, un “gran underground” o como se llame) sino un mainstream hipersegmentado. En apariencia se da más alcance a propuestas nuevas o modestas en presupuesto (que no en ideas), pero también hace que se perciba la novedad como algo fugaz y desechable. Nos quedamos, entonces, con lo mismo, con lo establecido, perdidos en una entropía rara. Escuchamos (de nuevo cito a Ulises) más cosas por menos tiempo y la supuesta independencia del mercado digital en realidad representa otro tipo de compromisos. Ugh. Es decir, sí, la cosa va muy difícil para la música o al menos así alcanzamos a verla quienes nos preocupamos por esto. Pero no por eso debemos de acomodarnos, dejar que se nos convierta en fósil, que nos den de comer a la fuerza y en la boca más mierda por más que huela a caramelo. No por eso debemos dejar de crear nueva música, de contar nuestras historias, de tocar una y otra vez esos tres acordes que hacen magia, porque tenemos derecho a la música. A hacerla y a escucharla. A escribir nuevas historias en El Libro, a crearnos nuestra propia mitología, nuestro propio mapa de viaje. Nuestro propio viaje.

El mundo hoy es así. Hace tiempo que es así. Los que estaban en el camino en el 57 estaban volando sobre el nico del cuco en el 62. Ellos, sí, ellos, nos arruinan todo lo bello convirtiéndolo en mercancía.

Pero, con todo, debemos seguir haciendo música. Escuchando música nueva. Hay demasiada. Hay que apagar radio recuerdo, cambiarle a ese canal de música, abrir la vista el oído el tacto el olfato el gusto y decidir por nosotros mismos. Y crearnos, así, un pequeño universo desde el cual podamos luchar otras luchas.

4. Tchido, Héctor, Ulises, panas, mi gente, yo ya estoy listo. Llevamos muchos años preparándonos para esto. Que estalle.

Que el año esté lleno de música. Por favor.

C/S.

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