Ringo.

Foto original de MILENIO. Usada sólo con la finalidad de ilustrar la reseña.

Publicado originalmente el 27 de diciembre de 2013.

La reseña llega con muchas semanas de retraso. Lo sé. Créanme, lo sé. Pero entre una cosa y otra no terminé de escribirla sino hasta diciembre (bien entrado diciembre, quiero decir) pero me parece adecuado. Puede sonar a excusa, pero es así: uno de los amigos que más quiero en el mundo y que nació y vive en las Islas Canarias considera diciembre el mes de los Beatles por razones personales. Cada que llegan los últimos treinta y un días del año, saca sus discos de los peludos aquellos, ve sus películas, relee libros, desempolva revistas y hace altares. Loco. Lo hace en honor a su pasado, a su presente, a su futuro, a su padre y a la música, porque él también, como muchos, comenzó La Vida por allí. Así que aprovecho y dedico esta reseña a él, el Sr. Morales i García. También la dedico a Sonia, claro, que tiene la culpa de muchas cosas – todas buenas. Ella me compró mi primer disco de los Beatles y bailó conmigo en el evento que describiré. Eso.

* * *

Odio a los fans de los Beatles. Lo siento. Son dogmáticos, cerrados, predecibles, molestos.

Los conozco muy, muy bien: yo era uno de ellos. Es decir, soy uno de ellos, porque esas cosas no se quitan ni tallándose y hay que cargar con ello toda la vida. A los trece años sólo me importaban los cabezas de trapeador porque en su universo encontraba un lugar seguro donde podía sentirme bien; era casa. Por qué, no pregunten. A los trece años así se resuelve el mundo.

Eso fue hace mucho. Y sí, de a poco me convertí sin querer en un tipo dogmático, cerrado, predecible, molesto, pero también uno muy feliz, que aprendió a construir un mundo bueno para vivir con base en canciones y que desarrolló su imaginación y lo pasó bien. Y los Beatles tienen un montón qué ver. Así la cosa.

El sábado 16 de noviembre fui a ver a Ringo Starr a Guadalajara, porque tenía curiosidad de ver en vivo al otro beatle que aún respira. Además, claro, Ringo es el beatle favorito de todos y no iba a perdérmelo. La noche estaba rara, con un viento que mezclaba olores; el ambiente distaba mucho de los conciertos que acostumbro: todo bien organizado, hot-dogs y Coca-Cola, asientos cómodos, mucho espacio vital y nada de codazos y una zona privilegiada en el Auditorio Telmex. Ya entienden. El bicho acostumbrado a lugares ratoneros en un recinto que se sentía raro. ¿Quién quiere sentarse en un concierto que no sea de música clásica? ¿Y cómo vamos a bailar? ¿No se puede dar de brincos aquí, señor acomodador? ¿Me sirve otra Coca-Cola?

En el lugar había ocho mil personas, tal vez. Y Ringo salió a escena haciendo gala de esa virtud que muchos presumen inglesa, aunque a mí no me consta: la puntualidad. Ochotreinta y el baterista más querido del mundo ya estaba bailando en escena. Ha envejecido bien. Y cómo no, si es un tipo buenrollito, amable, contento, un jipi liviano que cae bien. Casi ni parece un beatle, pero sí: este es el tipo que aprendió a jugar ajedrez en las aburridas sesiones de Sgt. Pepper, el que apretó el botón en el submarino amarillo, al que perseguía medio mundo en Help!, el que aporreó los tambores en Helter Skelter hasta que le quedaron ampollas en los dedos.

Y yo casi rompo en llanto. Epa, ¿en serio? Pues, sí, estoy poniéndome demasiado confesional o tal vez es el efecto diciembre, pero las tripas se me retorcieron. En mi cabeza, por un instante pequeñísimo, entendí a aquellas plañideras que esperaban a los Beatles en el lobby del Hotel Plaza en el 64. Pero, uf, sólo fue por un momentico insignificante. Pero qué intenso fue.

Ese tipo estuvo en un cartel en mi habitación por muchos años. Alguna vez me peleé en un pasillo de escuela con algún sensato que me aseguró que Ringo no era el mejor baterista del mundo ni de chiste (él tenía razón, está de más decirlo.) Y ahora estaba ahí, moviéndose, bailando con la gracia de un mandril con tutú y cantando ese viejo sonsonete. Y yo, emocionado. Carajo.

Hubo cosas horribles que sólo mencionaré de paso. En realidad, en una palabra: Toto. Es un grupo que me repugna y cuyo guitarrista hizo cabriolas en escena pero que nunca pudo opacar los catorrazos que Ringo acomodó a su modesta batería. Otra cosa genial: Todd Rundgren. En aquella época de la que hablé al inicio de este texto, The Nazz era otro de los grupos a los que sí hacía caso. Y, como es debido, seguí (aunque no con obsesión) la carrera de Rundgren, que también formó parte del grupo de Ringo esa noche y aprovechó para tocar I Saw The Light que es un temazo enfermo.

No puedo decir que fue un conciertazo. No puedo decir que fue flojo, tampoco. Fue divertido y molón, que es lo que alguien juicioso pediría. Es Ringo haciendo de Ringo, nada más: el tipo con más suerte del siglo XX, el tío postizo de millones, el baterista de los Beatles.

Esos cuatro, sin embargo, me abrieron los ojos a un mundo que mi entorno provinciano escondía. Y no fui el único. Hoy ya no siento nostalgia por tiempos pasados, menos por tiempos que no viví, pero sí aprecio el camino recorrido. Estos tarados brincones fueron puntos importantes del mapa psicogeográfico que he trazado por años y que intento seguir dibujando. Yo fui dogmático, cerrado, predecible, molesto, y disculpen fans Beatles, pero es que así pueden llegar a ser (¡el otro día leí de uno que aseguraba que Twist and Shout es la canción más movida del rock, imagínense!) Pero eso no tiene nada de malo, en realidad, así que disfruten. Y yo, pues, no soy quién para decirlo, porque uno siempre hace juicios equivocados sobre sí mismo, pero creo que ya no soy ese tipo. Ahora prefiero ampliar cada vez mi mente, ampliar mis gustos, escuchar más música y más historias y más ideas y nada, nada es Lo Mejor De Lo Mejor porque eso no existe. Ni siquiera los Beatles son los mejores del mundo ni de la historia ni necesitan serlo. Sólo son unos más en un universo pop que es maravilloso. En mi caso, mi primera obsesión me llevó a tener otras y a adaptarme para crear sentido. Por eso, la emoción de ver al vejete más buenrollito del planeta. Ha valido la pena. Muchas cosas han valido la pena hasta hoy.

A lo que vendrá.

Post scriptum…
¡Dale León, carajo! ¡Dale León!

C/S.

* La foto que utilizo para ilustrar este texto no es mía. La saqué de esta nota (http://www.milenio.com/hey/Ringo-Starr-Auditorio-Telmex_5_191430872.html) del diario MILENIO y la tomo prestada arbitrariamente porque no suelo sacar fotografías en los conciertos, que no voy a eso. Si hubiese algún problema, notifíquenmelo y quito la imagen. Salut.

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