Discos que importan: Badfinger, No Dice.

Publicado originalmente el 20 de diciembre de 2013.

Terapia es una palabra que se ha aparecido últimamente en mi vida. No por mí, aclaro, sino por circunstancias de la vida: en una película aquí, en una conversación acá, en una canción como no queriendo, en aquel libro. No voy a discutir la palabra ni sus consecuencias en estas líneas; que sirva solamente de introducción para lo que realmente quiero decir.

No sé si creo en la terapia. Asistí alguna vez, como mucha gente, y no sé si me ayudó. A veces, si me preguntan, no sé ni de qué se trató. Pero sé que ir de tiendas me gusta y podría aplicar la palabra terapia a la actividad, porque me llena de vida donde otras cosas no lo logran. Aquí cabe otra aclaración: no soy Cher Horowitz, así que no es esa clase de ir de tiendas. Soy un mop-top cascarrabias, canoso, ideoso y con los bolsillos rotos que cuando sufre ataques de ansiedad se enfila a la ciudad a hacer un tour vicioso de librerías, locales de segunda mano y tiendas de discos. Y también cuando no hay ataques de ansiedad, sino puro aburrimiento, lo admito.

Uno de estos sábados tocó hacer el tour leonés de extraerle a la ciudad objetos que sólo me importan a mí. Discos, libros, vasos viejos, VHSs. Perdone, usted, pero qué le voy a hacer, así soy y ya estoy grandecito como para corregirme. Y en ese sábado, terminé en la tienda de Gustavo. Fue premeditado: mi mapa de ruta incluía una estratégica escala para ensuciarme los dedos en busca de discos viejos que gritan “¡adóptame!” como un cachorro sin techo ni alimento. Así que ahí caí, como por accidente, aunque nadie me creyó mi cara de inocente.

Mientras caminaba hacia la tienda creaba una escena en mi cabeza: yo encontrando discos de no wave rarísimos o, por qué no, un single olvidado de northern soul de esos que valen lo que una casa de Infonavit. Y cuando llegué, conviví, desordené los racks, husmeé aquí y allá y me quejé con Gustavo sobre lo difícil que es encontrar discos de northern soul que valen lo que una casa de Infonavit. Y me perdí. Concentración total. Tal vez por eso soy del tipo que cayó en terapia aunque fuese por breve tiempo. Es el tipo de concentración que quisiera para otras cosas en la vida, cosas realmente productivas; es el tipo de concentración que Cosmo Kramer describe en Joe DiMaggio cuando remoja su dona en café (y que explica por qué Joe DiMaggio fue uno de los realmente grandes.) Pero no: yo sólo puedo concentrarme cuando se trata de ver discos. Soy lamentable, tal vez, pero ya que tengo esa habilidad, a aprovecharla, que si no.

Y me sorprendí. No por encontrar un LP imposible de no wave, ¡no!, sino por lo que terminé comprando: un single de los Hollies que no tenía, un disco que ya nunca escucharé pero que escuchaba cuando era un puberto y me gustaba y había perdido en algún momento de mi vida pasada y quería recuperar por pura nostalgia y un tercer disco. Uno de Badfinger. El No Dice.

Badfinger me encanta. A quién no. Sólo que no esperaba salir de la tienda de Gustavo con el No Dice. Y menos con esa nostalgia.

Hace muchos diciembres, No Dice era un buen compañero. Eran diciembres de vacación, porque mis axilas eran considerablemente menos peludas y mis pensamientos, más inocentes. Eran diciembres de encerrarse en la habitación porque todo el mundo salía de la ciudad menos yo, pero así estaba bien, porque podía escuchar un montón de discos. Entre ellos, un No Dice en cedé que no sé de dónde saqué y que sonó todo ese diciembre. La primera vez que intenté aprender a fumar (fueron otras dos, con poquísimo éxito, lo cual posiblemente me salvó la vida más tarde aunque esa es otra historia) regresé caminando a casa con una jaqueca que intercalaba punzadas de dolor con el estribillo de No Matter What. Recuerdo una discusión con un amigo tremendo (saludos, Peñus) que me reclamaba que me gustaba “pura música vieja” y su argumento se vio consolidado con sólo señalar la portada pasada de moda que sobresalía en una pila de discos que había llevado a su casa para una fiesta: la del No Dice, aunque es necio remarcarlo. Sí, podía yo ser muy aburrido. Pero al serlo, me divertía como nadie. Como nadie, carajo.

Badfinger es el grupo cool de los que no son cool. Es la verdad. Eso no les quita lo cool, sólo le quita lo cool ante los que son cool. Pero, pensándolo bien, eso significa apenas nada. Estoy diciendo sandeces. Badfinger era un grupazo. Llegó tarde, sí, tal vez, como demasiadas cosas en la vida. Eran derivativos, pero, ¿qué grupo de hoy no lo es? Badfinger tenía canciones gigantescas y eso es lo que cuenta. Por si fuese poco, su historia es triste, triste de veras, llena de dolor y promesas y suicidio. Y su música es casi eufórica, guitarrera, melódica, como si los Beatles nunca hubiesen dejado de ser. Lo que no deja de ser una gran paradoja. Porque, hey, Apple Records, el sello de los Beatles para el que grabó Badfinger, era totalmente retro cuando lo retro ni se concebía (y no sé si eso sea adelantarse a su tiempo, yo ya no entiendo este disparate.) Era conservador hasta en lo rompedor que sacaba. Era estático. Pero era bello y moderno y brillante. Pero llegó tarde y cuando muchos estaban muy mareados consigo mismos. Eran las épocas del glam y del ir más allá; Badfinger no tenía nada qué hacer. Pero lo hicieron. Eran una anomalía. Lo son aún hoy.

Badfinger es un grupo para raros. Y así me sentí cuando salí a la calle con mi copia de No Dice bajo el brazo. Regresé sin nostalgia a aquellos días para darme cuenta de que nunca dejé de ser ese tipo que lleva discos viejos a las fiestas. Hacía un sol impropio para diciembre que me reventó algo en la cabeza. Y regresé a casa con una jaqueca que intercalaba punzadas de dolor con el estribillo de No Matter What. Así es la vida y me gusta.

C/S.

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