La tierra de los mil bailes.

Publicado originalmente el 15 de noviembre de 2013.

Hace mucho que no bailo. La última vez que lo intenté, no fue realmente bailar. Fue moverme como un oficinista cansado en viernes por la noche en un lugar que no termina de gustarle porque no encuentra cómo comenzar a tomarle cariño (tal vez porque la situación fue exactamente esa y eso es triste.) Fue hacer el tonto, pero no en ese sentido bueno, sino como hacen los que no han bailado una sola vez en la vida. Me hizo sentir mal. Porque, lo admito, no soy un gran danzante. Soy más bien uno torpe y medio robótico, lelo y con poca coordinación. Quien me haya visto bailar así lo suscribe. Pero también añade algo a mi favor: cuando bailo lo hago con entusiasmo.

Uno de mis primeros recuerdos tiene que ver con bailar. No sé si es una memoria inventada o un hecho verídico, pero en mi cabeza hay una escena que tiene lugar en el garaje de la casa de la infancia; en lugar de un foco de luz amarilla, hay uno verde que emite una luz como de nave espacial de película serie B. Es una fiesta, tal vez en mi honor. Me rodean muchas personas, casi todos adultos; a algunos los conozco, pocos. Otro niño, más pequeño que yo, hace un berrinche, pero no me importa. Yo bailo en el centro del garaje, bailo con muchas ganas un rap de moda que sale de la grabadora del padre, al que le ha dado por comprar aparatos entonces nuevos y que hoy cabrían en un museo. Bailo. Me divierto como un enano porque soy uno, porque tengo cinco o seis años, porque el mundo es bueno. Y entonces, una risa estridente. No sé de dónde viene. Pero me detengo y por un momento creo que se ríe de mí y me entra vergüenza y una idea que acaba de inseminarse: ¿será que estoy haciendo algo mal?

A pesar de todo, no concibo la vida sin bailar. O sin haber bailado, ya que no lo he hecho en mucho tiempo. Y me doy cuenta de lo bien que lo he pasado bailando aquí y allá: cuántas melopeas épicas comenzaron, transcurrieron y terminaron en una pista de baile, las bocinas retumbando de música emocionante. Aquella en el último piso de un edificio de la capital, talco en el suelo, northern soul y birra, retorciéndome y deslizándome al lado de chicos y chicas que bailaban cuarenta y dos veces mejor que yo, deteniendo el tiempo por horas, describiendo caprichosos vectores, viviendo (y carajo con los gerundios.) Ojalá en la película que mi cerebro decida pasarme cuando llegue la hora de morir haya muchas escenas así.

Y, pensándolo bien, he bailado mucho pero poco, casi siempre con personas que realmente me importan. Incontables son las noches regadas de morapio que terminan en una piña de cofrades y compadres que hacen el tonto, el twist, el bugalú y el flynn; marcadas en los huesos quedaron esas noches de vértigo en escondrijos oscuros bailando ska, las piernas más adoloridas que si hubiese hecho el giro de Italia completo, construyendo camaraderías con sujetos y sujetas a los que hace mucho que no veo pero que quiero un montón; grabado en el córtex como un tatuaje quedó aquel impulso de hacer el tonto en cuanto suena Rubber Biscuit por accidente en algún lugar (la tele, la radio, un tocadiscos ajeno o propio) moviéndose como hombre de Vitruvio acalambrado. Hace poco alguien nuevo me preguntó si me gustaba bailar, así, con esas palabras (¿te-gusta-bailar?) y la lengua se enredó y la cabeza se hizo un lío porque, sí, por supuesto, me gusta, aunque no es cuestión de que me guste, sino que cierta música y ciertas situaciones implican bailar para mí porque bailar me sale bien sólo así.

Una vez hace muchos, muchos años una chica intentó que yo tomara lecciones de baile. Fracasé, pero está de más decirlo. Hay a quien le funciona bailar con una partitura, seguir el instructivo y a partir de allí crear. A mí si una canción no me toma por el cogote, me abofetea y me pide que baile o de otro modo el mundo perderá su balance, no me sale. He estado en discotecas gigantes, luces robóticas, deli-ninfas ávidas de diversión, gente brincando alrededor y no me sale bailar. En cambio, he estado en conciertos gandules en lugares apestosos y bailo como un poseso ante una batería inepta y una guitarra machacona. No me juzguen, que ya lo hago yo severamente.

Para ser un tipo que casi no baila, he bailado mucho. He hecho el ridículo a voluntad, porque qué más da. Me he retorcido como un gusano con limón porque, hey, qué más queda. He girado sobre mi eje y me he mareado y me he sentido bien porque, total, el mundo puede irse al carajo. Los tipos duros no bailan, dijo alguno. Pues que le den.

Dije que hace mucho que no bailo. Mentí. Lo hice hace apenas unos días, todo solo y tonto, en un domingo resacoso, triste y muy gris. Afuera el viento resoplaba como un atleta asmático. Hacía un silencio de cenotafio que daba miedo. La melancolía aporreaba la puerta gritando I’ll huff and I’ll puff pero yo fui el vencedor. Puse un disco y bailé. Solo. Como aquella canción de Memito Ídolo. Todo torpe, robótico, lelo. Todo humano común y corriente. Todo emocionado y ridículo, encarnando el patetismo de todos los tiempos en cada movimiento. Y me sentí bien. Escuché de nuevo aquella risa estridente y me sentí juzgado, pero las paredes guardan secretos y quien termina revelándolos siempre soy yo, así que qué temer. Volví por unos minutos a aquella fiesta del foco verde y a aquella noche de northern soul; fui un agraciado, epicúreo y zagal buenmozo en mi mente y todo estuvo bien. Terminé resollando yo como un atleta asmático, pero si hay que morir hay que hacerlo así.

C/S.

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