Tres discos y algunas historias.

Publicado originalmente el 25 de octubre de 2013.

Un grupo de amigos nerds (entre los que se cuentan un par de hitchhikkers, varios obsesos de los discos, un gurú que levita escuchando Mind Games, un beatnik perdido en el tiempo, dos o tres jipis bastante cool, un par de whovians y gente de esa calaña) se ha propuesto escribir acerca de crecer. A algunos les marcó Dragon Ball. Otros analizaron la poética de su habitación (psicogeografía, supongo.) A otros les ha dado por enlistar libros favoritos y resulta que se han leído la biblioteca local, la de Alejandría y aquella en la que Borges hizo vida al derecho, al revés, de cabeza y, por si fuese poco, tres o cuatro veces. Yo soy muy básico y crecí con discos y moriré con discos. Aquí van tres.

The Zombies, Odessey and Oracle
Algunos de mis primeros recuerdos tienen que ver con discos. Siempre había discos en casa, de cualquier música, y mi madre dejaba que manipuláramos el armatoste que los hacía sonar: un Panasonic negro y muy grande, con una aguja sorprendente que regresaba automáticamente a su lugar cuando terminaba de tocar uno de esos platos negros con los que la gente sigue asombrándose hoy. Y es normal ese asombro, yo lo entiendo perfectamente. Así que, al crecer, lo natural era comprar discos de la música que me gustaba. Tuve discos de la música de las Tortugas Ninja y de Michael Jackson. Más tarde, cintas de los Beatles. Y a los 12 años, en una visita a Guanajuato, mi padre me llevó a una tienda de discos y me dijo que eligiera uno. No sé en qué estaba pensando, quiero creer que ninguno llamó mi atención más, pero elegí un disco con un bol de cerezas volcado. El primero de McCartney, claro. Es el disco que inauguraría mi colección beatle que me ocupó en los siguientes cinco o seis años, pues aunque yo abandoné a los melenudos por ñoños a partir de los 16, seguía comprando sus discos “para continuar con la colección.” Sí, claro.

El disco de McCartney ni me cambió la vida ni fue un desperdicio. Me gustaba el sonido rudimentario de algunas canciones y otras de plano no las escuchaba. Pero la funda interior del disco fue una introducción a un universo que sí me voló la cabeza y en el que quise quedarme a vivir. La funda, de papel, tenía impresos otros discos como solía hacerse en los viejos años 70. Entre esos discos había dos que me llamaban la atención como un filete a un perro. Uno era de unos tales Small Faces que jamás había escuchado y cuya portada era una lata con diseño psicodélico. No menos prometedor era otro disco, Odessey and Oracle de The Zombies. La Internet aún no era común en las casas, así que me grabé esas portadas y esos nombres en la cabeza para el futuro, porque sabía que algún día me los encontraría.

Y así fue. Poco, muy poco tiempo después, me encontré con Odessey and Oracle y cuando lo escuché me sentí como esos personajes de películas bíblicas cuando les habla con voz muy grave y en off alguien que dice ser Dios. Claro, lo mío fue mucho mejor porque sabía que era de verdad. Para mí fue como descubrir que lo que decían las revistas acerca del Sgt. Pepper sí era verdad, pero no sucedía allá sino aquí. Órganos volados, armonías vocales extraterrestres, barroquismo carrolliano, lisergia contundente. Para mí este era el verdadero sonido del Swinging London, pero nadie parecía coincidir conmigo. Eso también suele pasar y creo que es mi culpa. Pero no es el punto. Eso sólo convirtió el mejor disco de los Zombies en un disco mío-mío-mío y quédense con los suyos. A los 13 o 14 encontrar algo así es muy, muy importante.

Kamenbert, En Barcelona ya no hay nadie como tú
Todo surgió por una pregunta: “are you a mod or a rocker?” Fue una pregunta burlona, inocente, de esas que dos chavales que todavía ven los 20 como algo que va a suceder pero que se tardarán en llegar se hacen en el pasillo de una escuela o callejeando y hablando de música. Yo traía el cabello a lo Ray Davies, él una chaqueta de mezclilla llena de pines. Comentábamos la célebre pregunta banal sixties que incluso se cuela en A Hard Day’s Night. Mi respuesta sin pensar fue “mod.” No tenía la pinta. Pero sí tenía eso que los ingleses llaman what it takes. Y ahí comenzó todo, creo.

Quadrophenia y toda la parafernalia vinieron mucho tiempo después. Lo primero, fui a cortarme el cabello. Lo segundo, a complementar mi información. Mis discos (que ya para entonces eran unos cien entre heredados y conseguidos) me avalaban. ¿Qué podía salir mal? Nada. Yo era un mod, convencido de que lo era, un ente único en el mundo. Bueno, en León. Bueno, en mi colonia. Llegó la pinta completa. Y el seguir buscando música nueva. Que, no es por vacilar, pero eso igual lo habría hecho. Creo que heredé de mamá Sonia la inquietud y la manía de coleccionar y no estoy hablando de objetos sino de memorias, canciones, historias. Mientras más, mejor. Hice míos dos lemas que terminaron por identificarme con una subcultura que ni me correspondía ni entendía del todo (los ingleses me tildarían de bruto, falso y quién sabe qué cosas más y con toda razón): “Avanzar y aprender” y “Vivir limpio en circunstancias difíciles.”

Mod. En México. Quise revivir algo que nunca estuvo vivo, realmente. Quise comenzar un movimiento que nunca se movió. Quise vivir una vida que fue más imaginaria que real. Pero fue una era sensacional. Para mí, la cosa tenía sentido y, a la distancia, entiendo por qué. El sentimiento sigue, aunque la pinta completa se ha ido por una más práctica. Mis ideas se consolidaron en esos días de color y parte esencial fueron algunos grupos españoles del revival de los 80. ¿Razones? Tal vez puedo enlistar algunas, pero las más importantes eran la ingenuidad y la convicción, cosas que a mí también me sobraban. Kamenbert, por ejemplo, se convirtió en mi grupo favorito de todos porque sonaban rasposo y amateur y llenos de vida. A la mierda el virtuosismo, bienvenido el corazón. Así era la vida: novias psicodélicas, escribir sobre música hasta el amanecer para que nadie nos leyese, noches de soul y terciopelo azul, frustración, cervezas en el departamento de Ulises escuchando discos sin parar, miradas de incomprensión de todos los demás. Me creé un mundillo y me lo creí. Hoy estoy orgulloso de él. Éramos unos imbéciles adorables, imberbes rijosos, bien trajeados y sintiéndonos únicos. Lo éramos, en cierto modo. Fuimos los mods. Y a veces me topo con el yo chaval con desert boots y me digo: “En León ya no hay nadie como tú.”

The Jam, This is the Modern World
Antes que nada, que quede claro que mi disco favorito de The Jam es Setting Sons. Y que This is the Modern World no es, lejos, mi favorito. Que quede claro también que aquí aplica aquel horrible lugar común que dice: “un disco menor de [inserte nombre aquí] es más grande que la obra maestra de cualquier otro grupo.” Yo inserté el nombre The Jam, sería una necedad no hacerlo.

Este es su segundo disco y el primero que tuve. Si no es mi favorito, ¿qué hace aquí? Carajo, es demasiado especial. El título de la canción principal fue rayado aquí y allá en cuadernos, paredes y autobuses, en una demostración lamentable de vandalismo barato, era mi slogan, mi grito de guerra. “What kind of fool do you think I am / you say I know nothing ’bout the modern world” cantaba un Paul Weller furioso y joven, ese que viajaba por Europa bebiéndose neveras enteras de hoteles y bares, que encarnaba en cierta manera aquella idea de Pete Meaden del “face” mayor, un maldito héroe. Ese era Weller entonces. Ese era yo entonces. Inmaduro, descocado, imbécil. Feliz. Creativo. Llevaba a todos lados la misma camisa que porta Rick Buckler en la portada (en el primer pequeño recital guerrilloso de ¡Los Padrinos! la portaba orgulloso, joven, arrogante.) Me enamoré de una chica al son de I Need You (For Someone) y aún hoy cuando la escucho se me pone la piel de gallina y el corazón salta. Life from a Window y The Combine siguen apareciendo en mi cabeza en cualquier tarde descuidada y no me abandonan ni al dormir. Y no es mi disco favorito de The Jam, insisto. Fue el primero.

Hoy, justamente, me levanté con London Traffic en la cabeza y decidí que este LP debía entrar en la lista. Fui al estante. Lo saqué de allí. Me quedé largamente viendo la portada (lejos de ser la portada más bonita de The Jam) y recordé que también puse unas flechas a un suéter, que intenté alguna vez portar tejanos blancos, que casi peleo una vez por decir que The Jam eran mejores que los Beatles y los Stones juntos y, epa, lo dije con convicción y creyéndome cada palabra. Años después veo que tal vez no estaba tan equivocado. Es más, dudo que aparezca un disco de los Stones por aquí. En cambio, estaba seguro que aparecería tarde o temprano un disco de The Jam. Lo raro es que el que apareció fue este.

C/S.

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