Desempolvando libros: José Antonio Burciaga, Andrés Caicedo, Shag, Best American Comics, Hanif Kureishi.

Publicado originalmente el 20 de septiembre de 2013.

“Llega un momento en la vida en que es necesaria una Gran Reorganización. Los motivos son variados.” Seguimos haciendo un pequeño recuento de los libros con los que me he reencontrado en esta tarea titánica y las sensaciones: no sólo es la relectura, también el encontrarse con el objeto y su textura y olor, con las evocaciones y con nuevas ideas que, carajo, parece que los autores entran a la biblioteca cuando duermo a cambiar cosas en sus libros. Pura magia. Aquí otros cinco que son parte del bagaje:

José Antonio Burciaga, Drink Cultura: Chicanismo.
En Joshua Odell Editions/Capra Press. Un librazo sobre la experiencia chicana: el vivir dentro, entre y a veces afuera de dos culturas. La mezcla y la no mezcla. La celebración y la condenación. No es un libro académico ni por asomo, lo cual (¿paradójicamente?) lo hace más profundo, interesante y provocador: es un libro escrito por un chicano que ha estudiado su cultura (y las otras) para conocerse a sí mismo y a los suyos, nada más. El ansia y el respeto de esta tarea se notan en cada una de las páginas que, además, son divertidísimas. De a carcajada por lectura, seguro. Hay textos entrañables y nostálgicos. Está el del chicano que visita la Ciudad de México, con una profundidad pasmosa que ningún libro académico ha logrado; el de la resistencia pasiva, el estoicismo y la adaptabilidad del chicano; la reflexión de la naturaleza chicana a partir del dicho quien sirve a dos amos con uno de ellos queda mal (carajo); el de la reivindicación de Tiburcio Vásquez, un héroe con todas las de la ley que nunca sale en los libros de texto; el de Estados Unidos visto como un país de minorías que no entiende que éstas son mayoría. Y, claro, también hay tremendos artículos sobre la historia del jalapeño, una aclaración acerca del Cinco de Mayo y su celebración en el norte, una celebración de la vida nocturna de Juárez y una pieza impresionante de humorismo y filosofía acerca del pendejismo. Lo dicho: un librazo. A toda madre o un desmadre.

Andrés Caicedo, ¡Que viva la música!
En Alfaguara. Este libro es fugaz. Me explico: lo he tenido unas cuatro o cinco veces y lo he perdido cuatro o cinco veces. Aunque, tal vez perdido no sea la palabra adecuada, pues lo he regalado cada vez, después de leerlo. No sé por qué, pero cada que termino la frenética historia de María del Carmen, la pija decadente, me digo “esto lo tiene que leer tal persona que conozco” y entonces el universo conspira para que vea a esa persona al día o dos. Y, bum. Adiós, libro, te vas a mejores manos. Una de mis excopias viajó hasta Tenerife, otra (la más reciente) se la quedó Héctor Gómez Vargas. No la he repuesto, pero, ¿quién será el siguiente? Andrés Caicedo, el vallecaucano del futuro que vivió en el pasado, escribió su obra maestra en un arrebato enfermo de inspiración, alcohol y discos de salsa. Debería haber más literatura latinoamericana así y menos de la de tucanes que hablan y abuelitas que vuelan. Yo digo. Es una celebración a la maldita vida (o a la vida maldita), una novela que se lee de una sentada y que te deja temblando y sudoroso. Caicedo acabó la novela y se empastilló. Vivir más allá de 25 años para qué, dijo siempre. No valía la pena. Damas y caballeros: Caicedo.

Josh Agle, Shag: The Art of Josh Shag Agle.
En Chronicle Books. Shag es pop-art, pop-art es Shag. Pop de verdad, no ese kitsch que llena los museos de arte contemporáneo. Las pinturas del californiano son un universo aparte, uno en el que quedarse a vivir sería ideal: una caricatura perfecta. Siempre he querido meterme a una de sus pinturas y escuchar discos de Henry Mancini con esa chica sobre su alfombra de pantera rosa, o andar en Vespa por el Londres de Blowup; beberme un Martini con Brigitte Bardot, quizás visitar el infierno para una fiesta de cocteles. No hay mejor cosa. Shag es surf, tiki, James Bond, cool jazz, Savile Row, surrealismo y psicodelia todo junto (mezclado, no agitado.) Color y vida. Este es el arte que definió mis earlies y que cada que vuelvo a él, aunque sea en un libro (de gran formato, eso sí) me emociona. Pasar una tarde con un montón de discos sixties y jazz, con una bombona de buen whisky y un buen sofá acompañado de este libro es como el paraíso. Es incluso mejor que una película de época, pues aquí pasa lo que quiero que pase. “Es un mundo de papel, tal como el Comic Strip de Gainsbourg; de colores es tu piel y tu corazón.”

Harvey Pekar y Anne Elizabeth Moore (editores), The Best American Comics 2006.
En Houghton Mifflin. Este me lo encontré en una ganga y es de mis libros de tebeos preferidos. Lo compré sin pensar sólo al leer el nombre “Harvey Pekar” en la portada, porque confío en ese sujeto. Maldito libro sorprendente. 30 historias en dibujos y globitos, todas espectaculares. Aunque, claro, tengo mis favoritas. Esa de Lilli Carré sobre un nostálgico Paul Bunyan hablando de chicas y dudas existenciales con Babe, el buey, a la hora del almuerzo; ese otro de Ben Katchor sobre almohadillas para recargarse cuando uno mira por la ventana que terminan siendo usadas para recargarse al ver el televisor; la intensísima historia de La Rubia Loca de Justin Hall, carajo, de lágrimas; Chris Ware y su colorida y sardónica historia de los cómics; Kurt Wolfgang y su visión de los últimos instantes de un moribundo (¡nada de drama y puro humor, lo juro!); Ivan Brunetti (¡!) y su historia del artista enamorado; y, claro, aquel de Robert Crumb que cierra el libro sobre su adolescencia horrible y su búsqueda de Ese Algo Más que aún no culmina. Pero creo que mi favorito es de Jonathan Bennett y se llama Dance with the Ventures. Es la pequeña historia de una mañana en la ciudad, un café y un montón de discos de vinilo tirados en la basura. Pura nostalgia dominguera narizdecharliebrownesca. Vital. No he encontrado más libros de la serie de Best American Comics, pero le tengo tanto cariño a esta que concluyo que es porque no los he buscado. No sé si debería.

Hanif Kureishi, El buda de los suburbios.
En Anagrama, colección Compactos. Un libro sobre crecer. No: un libro sobre vivir. Un chaval mitad hindú mitad inglés que intenta poner un poco de sentido a su existencia a mediados de los años 70 en un Londres que no se ha recuperado de los años 60 pero que, via el glam, se encamina hacia el punk y esas músicas que van a dar un giro al mundo entero. Calentura adolescente, reflexiones sabias, música estridente, personajes extrañísimos pero cercanos. Lo tiene todo. Es un libro al que debo regresar ora sí y ora también porque, no sé, me dice cosas. Nos hacen falta más libros como este, que hablen de nosotros, de mí y de mis amigos, de la gent normal que en realidad no lo es tanto. Va de nuevo: el academicismo no va. Para entender cómo hemos vivido hay que irse a las historias y a la literatura – que no necesariamente a los libros, sino a la literatura entendida, tal vez, desde la tradición oral. La conversación: ese arte perdido. El aislamiento paradójico de la era de la información nos ha impedido ver muchas cosas que nuestras historias (mías, tuyas, suyas) detonan. No hay como estar con otras personas.

C/S.

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