Kino pop: entendiéndome a través del cine (y II.)

Publicado originalmente el 6 de septiembre de 2013.

Musicópata, cinéfago. Va por segunda entrega una serie de películas cuya clasificación genérica me importa poco y que duran entre 1 y 1,000 minutos y que me han hecho pedazos en los últimos años. Como buen obsesivo, llevo un registro más exhaustivo que el de una cárcel acerca de lo que veo, escucho y leo, mis verbos favoritos. Hoy presentamos otro pequeño recuento extraído de los cuadernos actuales de su servidor y pana. No siguen un orden específico:

½ Mensch (1986) de Sogo Ishii.
Mi hermano es un loco de la música de Einstürzende Neubaten. Que su único tatuaje sea el emblema del grupo es muy poca cosa. Lo importante es que puede pronunciar ese nombre bien y de un solo golpe y se encierra por horas con sus discos y no le da jaqueca. A mí esa música de ruidos, porrazos y fierros chirriantes me movió el suelo por tal vez un año cuando era un adolescente rijoso y sigo encontrando belleza y mucha poesía en ella, aunque como soy un vejete decrépito, la escucho poco ahora. Por eso cuando el hermano me ordenó que viese ½ Mensch, el documental sobre Einstürzende Neubaten (juro que no hice copy/paste) en su gira en Japón en 1985, obedecí como un soldado a un general. Confío en él, vamos, y sabía que estaba en terreno seguro. Me encerré, apagué las luces, puse el vídeo y, sí, terminé con jaqueca. Pero me gustó. Sogo Ishii es otro loco, por supuesto, y puso al grupo a hacer ruido en una fábrica abandonada y a punto de ser derrumbada. Hay muchos gritos, muchos porrazos, muchos chirridos y guitarrazos y me gusta, carajo, me gusta. No entiendo absolutamente nada, pero ahí estoy. No terminaré tatuándome a Einstürzende Neubaten (lo logré de nuevo), pero sí recomendando que ustedes, allá afuera, se den el tiempo para un buen dolor de cabeza.

Stations of the Elevated (1979) de Manny Kirchheimer.
Si un yo del futuro llegase a advertirle a un yo del pasado que estaría escribiendo con entusiasmo febril acerca de una película en la que durante cuarenta minutos se ven vagones de metro neoyorquinos, uno tras otro, me mearía de risa y me mandaría muy lejos. Qué equivocado estaría. Porque hoy estoy escribiendo con entusiasmo febril acerca de una película en la que durante cuarenta minutos se ven vagones de metro neoyorquinos, uno tras otro, porque es 1978 y la cultura del hip-hop comienza a consolidarse. Los vagones van llenos de pintas de graffiti, de inocentes marcas estilo Walrus Was Here y de verdaderas obras de arte moderno. Y es como una visita a un museo, pero sin formalidades ni cejas alzadas, en video y con música de Charlie Mingus como fondo. Stations of the Elevated salió incluso antes que Style Wars, que se consideraba el primer documental sobre el graffiti en la cultura hip-hop. Manny Kirchheimer fue protagonista y documentalista de esta historia que hoy es vox populi, pero que entonces era un desafío y no apto para cualquiera. Una maldita maravilla. En la red circula una versión de veintitantos minutos, ripeada de un viejo VHS.

We Jam Econo: The Story of the Minutemen (2005) de Tim Irwin.
Amo a los Minutemen y lo he dicho muchas veces. Y hace poco en medio de una Gran Confusión, me puse a ver el documental de Tim Irwin sobre estos brutos de Califas. Y vaya que me gusta. Es íntimo, es emocionante, es econo. Hace justicia a D. Boone y sus amigos, que son entrevistados con tino y calidez. Mike Watt está especialmente lúcido y nostálgico, ora conduciendo una van, ora mostrando su colección de cedés; George Hurley sale mucho menos, como los bateristas, pero cuando habla es como escuchar a un viejo amigo al que no se ha visto en mucho tiempo. Hablan también Henry Rollins, Ian MacKaye, Jello Biafra, Joe Baiza, Thurston Moore, Kevin Barrett, Milo Aukerman, Richard Hell y un largo etcétera que incluye a un erratiquísimo J Macsis. El material de archivo de rigor es buenísimo, con entrevistas a D. Boone, sesiones en vivo y acústicas de alto poder y muchas fotos que permanecían inéditas hasta entonces. A pesar de todo, Minutemen sigue siendo un grupo sorprendente en todo aspecto. Tres garrulos que hicieron demasiado con muy poco.

The Man Upstairs (1978).
Pedazo de documento. John Martyn en su mejor época, 1978, tocando en Hamburgo, Alemania, para el show de TV de WDR Rockpalast. Él y su guitarra y un amplificador y su Echoplex y su voz. Es difícil describirlo, porque no tengo ganas de arruinar la experiencia propia y ajena de ver el concierto con adjetivos que no le quedan. Algunos highlights: John Martyn desgarrándose la garganta en cada canción, John Martyn intentando afinaciones raras y rompiendo las cuerdas de su guitarra y chillando y luego reponiéndose y poniendo una nueva cuerda, John Martyn con su ridiculísimo pero genial Echoplex, John Martyn tocando Solid Air para su amigo Nick Drake, John Martyn siendo el John Martyn que grabó su primer disco en 1967 y que pudo haber sido tan grande como sus amigos de The Band y que nunca tuvo un no. 1 porque, carajo, no le interesaba y listo. No sé quién estuvo detrás de las cámaras en The Man Upstairs, de los pocos documentos de John Martyn que se conservan con tal calidad. Quien haya sido, gracias, qué genial.

Melody (1971) de Jean-Christophe Averty.
Escuchar a Serge Gainsbourg y ver a Jane Birkin es a lo que aspira cualquier esteta o, al menos, un servidor. Es una ecuación perfecta. Un afiche con ambos adornó mi habitación en aquellos tiempos brillantes y Histoire de Melody Nelson es parte esencial de mi canon de Lo Grande. El álbum dura apenas media hora pero, uy, estuve a punto de usar el cliché aquel de hay más ideas que en toda la carrera de otros músicos pero es que es cierto. Jean-Christophe Averty, cineasta responsable de la mejor adaptación del Ubu Roi de Alfred Jarry a la pantalla, realizó en 1971 un programa de televisión muy revolucionario basado en el disco de Gainsbourg. No hay voces, ni diálogos más allá de los del disco; Melody es un montaje de imágenes que cuentan la historia de la lolita atropellada por el dandi que sólo pudo gestarse en una mente tan llena de cochambre como la de Serge, el Gran Serge. Jane Birkin está espectacular, la música está justo en su lugar y Gainsbourg se ve en su elemento. Un clásico.

Exploding Plastic Inevitable (1967) de Ronald Nameth.
El lugar por el que Andy Warhol será recordado siempre es la Factory, su caprichoso taller de arte. Pero tal vez su gran revolución no estuvo allí, sino en Exploding Plastic Inevitable, el sensorium que fundó y que era a la vez discoteca, cine, sala de conciertos y lugar para happenings drogotas antes de los happenings drogotas post-Fillmore de los que todos hemos escuchado. Era un estado mental más que un lugar (pues además, siendo estrictos, la sede era cambiante) y allí comenzó el mito de la Velvet Underground y Nico. El cineasta Ronald Nameth llevó sus cámaras a una serie de conciertos llevados a cabo en Chicago y montó un pequeño documental de 18 minutos de puro pop en movimiento. Ahí está la Velvet, Nico, la reina cult Mary Woronov, el siempre presente Gerard Malanga, Andy y su séquito de zombies nocturnos, las luces estroboscópicas, la droga, el color. Los que estudien historia del arte en el siglo XXIII verán este documental como una pieza de museo. O algo así.

C/S.

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out / Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out / Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out / Change )

Google+ photo

You are commenting using your Google+ account. Log Out / Change )

Connecting to %s