Maravillas del mundo moderno: Minutemen.

Publicado originalmente el 29 de agosto de 2013.

El ruido más impresionante, pendenciero, versado, fino, militante, proletario y fulgurante jamás creado fue concebido y llevado a cabo por tres tunantes llamados Minutemen. Hacían una música bellísima, peligrosa, estrepitosa, brutal. Eran punk y más que eso; eran unos citanos salidos de la nada que se convirtieron en héroes de verdad, empuñando guitarras y tambores. Su música es fragor y follón, inteligencia, Verdad. Su música es extraña y vibra. Su música es una maldita maravilla esquiva que puede derribar al más pintado y dejarle viendo visiones. Minutemen, dije.

1971. San Pedro, California. No hay mucho qué hacer. Afuera pasarán cosas pero aquí dentro, como siempre. Es lo que hay. Y entonces, un juego de niños se convirtió en una de las empresas más emocionantes y belicosas de Toda La Música. Un tal D. Boone y otro tal Mike Watt, de 13 años, se encuentran en un parque en medio de un rato de hacer nada/dominar al universo como sólo se puede hacer a esa edad. Se hacen amigos. Los mejores. Tienen las mejores ideas, juntos nadie los para y, carajo, son muy distintos a todos los otros plebes. Y lo saben.

D. Boone comienza un buen día a tocar la guitarra. Su madre, personajazo, le había animado a hacerlo porque ya intuía que su mofletudo retoño tenía cosas qué decir. Y Boone convence a su amigo para que toque el bajo. Mike Watt está perplejo: ¿por qué esa guitarra tiene cuerdas tan gruesas? No tiene ni idea de cómo pulsar notas. No tiene ni idea de las notas. Pero dice sí y forman un primer grupo de secundaria, la Bright Orange Band.

Y en 1976, el punk. El punk. El punk, carajo. Hay nuevas maneras de decir lo que quieres decir. Y es divertido. Y es fácil. Hasta aquí, la historia suena parecida, un déja-vu que nos lleva al mismo lugar. Pero no te olvides que estamos hablando de Minutemen, de D. Boone y Mike Watt y George Hurley que se les une un tiempo después de descubrir a los Ramones y que es un baterista imponente y alucinante. Son los jodidos Minutemen, te digo, y el ethos punk es para ellos –cómo no– pero ellos son más listos que todos y Bright Orange Band se convierte en The Reactionaries. Para ellos el punk no es solamente un pretexto para romper cosas; para ellos el punk es el nuevo dadaísmo, la nueva Gran Posibilidad, la apertura de un portal en el espacio/tiempo para dar el Salto Colosal y sacudirse este aburrimiento y esta idiotez y esta porquería de televisión gorrina y música eunuca. Tres acordes, sí, pero encontremos el cuatro y si suena raro, mejor. Invoquemos al Captain Beefheart y a Kurt Schwitters, sorprendámonos de lo que podemos hacer y pasémoslo bien. Creación. Caos. Creación. Creación. Caos. Surgen los Minutemen, ¡BUM!, una explosión, un golpe, un momento de lucidez. Es enero de 1980. La década inmunda está por comenzar y el ejército de dandis, pirados, visionarios y adolescentes inquietos está listo para resistir.

Minutemen. Canciones rápidas, estridentes, un minuto y se acabó. We jam econo. No hay tiempo para más. El mensaje está claro. El punk llevado al extremo del extremo: es la música donde la dejaron Wire, The Pop Group, Gang of Four, Beefheart, Wild Man Fischer, Richard Hell. Es cacofonía. Es como si el Miles Davis de Bitchew Brew tuviese una guitarra eléctrica y se volviese loco y tuviese sólo un minuto y medio antes de morir y debe decirlo todo. Es un bajo que viene y va y se mueve entre el rock clásico y el surrealismo más excesivo. Es una batería que suena como a una batalla campal, una turbina de avión, un club de jazz lleno de humo, un elefante en una cristalería. Son gritos, melodías apenas discernibles, poesía, el humor de cuello azul del que sabe que está jodido pero no todo está perdido. Su primer disco, un EP 7”, Paranoid Time, dura seis minutos y medio y tiene siete canciones. Va de nuevo: dura seis minutos y medio y tiene siete canciones. Genios. Fue lanzado por SST Records, el sello hardcore de Greg Ginn de Black Flag. Fue un hito para los trescientos avispados que ya notaban que esos tres habían visto algo que ellos no y que venían o del futuro o del espacio exterior. Y era el inicio.

Siguieron LP’s de vértigo y estruendo (The Punch Line, What Makes a Man Start Fires?, Double Nickels on the Dime y 3-Way Tie [For Last]) y un puñado de grandiosos EPs, todos con temas cortísimos, títulos largos, manifiestos que se consumen a sí mismos, perfectas canciones para brincar y gritar y trascender el ritual de lo habitual del café/el transporte/el trabajo/el transporte/la pastilla para dormir. Los de cuello blanco, los alzados que laboran en penthouses con aire acondicionado, los dueños nunca entenderán esta vehemencia; siempre se burlarán de este arrebato de furia y música, de color, de Verdad. Las letras de Boone, Watt y Hurley son más poesía que lo que hacen nuestros púberes en los lamentables talleres de café y ceja alzada. Porque son verdad. Porque hablan de ellos y de los suyos. Porque no están comprometidas con otra cosa que ellos. Que Van Halen y esos esperpentos hagan su rock and roll y se compren autos. Son falsos. Son basura. Son parte del problema.

Minutemen. Breves. Incluso su historia es así. Cinco años. BUM. Y el final, carajo, ¿por qué ese final? D. Boone viaja en una van. Se siente mal. Se recuesta en el asiento trasero. Viajan por la Interstate 10 por Arizona. La van colapsa. D. Boone vuela y se rompe el cuello. Silencio.

Y tras el silencio, el zumbido de oídos. Uno que, como ciertas resacas, indica que lo que ha pasado antes ha podido ser violento pero fascinante. Tristeza, claro. Pero el ruido se queda. El ruido seguirá allí mientras sea necesario. El ruido revivirá cada que alguien necesite una inyección de euforia para seguir vivo. El ruido seguirá allí para los jóvenes inquietos, los que no están satisfechos, los que buscan la Verdad. El ruido es energía y está esperando salir a la superficie de nuevo.

El ruido es vida.  Y es impresionante, pendenciero, versado, fino, militante, proletario y fulgurante, bellísimo, peligroso, estrepitoso, brutal. Minutemen, dije.

C/S.

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