Kino pop: entendiéndome a través del cine.

Publicado originalmente el 9 de agosto de 2013.

No es un secreto que al mismo tiempo de musicópata soy cinéfago. No es un secreto que cualquiera que es una cosa es la otra, por lo que soy parte de una especie no tan difundida pero sí bien consolidada en la fauna humana post-1880. Aquí una serie de películas cuya clasificación genérica me importa poco y que duran entre 1 y 1,000 minutos y que me han hecho pedazos en los últimos años. Como buen obsesivo, llevo un registro más exhaustivo que el de una cárcel acerca de lo que veo, escucho y leo, mis verbos favoritos. Hoy presentamos un pequeño recuento extraído de los cuadernos actuales de su servidor y pana:

The Blues Accordin’ to Lightnin’ Hopkins (1970) de Les Blank.
Era 1967 y el mundo estaba sumergido de lleno en una espiral de psicodelia y tonterías. No Lightnin’ Hopkins, que regresaba a Tejas, a su terruño aún rural, a visitar familia y amigos. Tampoco Les Blank, cineasta lúcido surgido de Ash Grove, quien buscando las raíces de la música que amaba encontró las suyas. Llegó a Tejas armado de cámara y micrófono y se dedicó a grabar a su héroe, Lightnin’ Hopkins, uno de los padres del blues, yendo y viniendo y haciendo música y comiendo polvo en los viejos caminos agrestes del sur de la Unión. Hopkins pronto se hartó e invitó nada cortésmente a Blank y a su equipo a irse al carajo. Pero esa misma noche perdió mucho dinero en las cartas y retuvo al joven cineasta porque, mierda, sólo así podría pagar algunas de sus deudas. El resultado es un registro impecable, realista y puro de la vida de Hopkins, su familia, sus amigos, su tierra y su pensamiento y corazón. Invaluable. Esto sí que es el blues según uno de los sujetos que realmente lo entendieron. A partir de esta filmación, Les Blank se convertiría en un documentalista gigantesco. Y Hopkins… Hopkins está más allá del bien y del mal.

Can (1972) de Peter Przygodda.
Can no necesita presentación: no hay mejor cosa que Can y menos en la época Tago Mago, uno de los más grandes discos de Toda La Música y si alguien va a discutírmelo que sea frente a unas birras en una barra (siempre me ha gustado esa aliteración) o, ya si la cosa no funciona, a catorrazos (de nuevo erre.) Peter Przygodda sí la necesita, aunque no debería: cineasta y editor, trabajó con Wim “Duermes” Wenders, Peter Handke y Volker Schlöndorff. Fue jefe de montaje en más de 100 películas y, además de saber más de teoría arquitectónica que cualquier edificador con documentos, en ocasiones tomaba su equipo de filmación y salía a la vida y la veía a través de una lente. Por eso grabó al grupo de su amigo Irmin Schmidt aquella tarde que tocaron gratis en el Sporthalle de Colonia el 3 de febrero de 1972. El resultado es un filme épico y errático llamado Can. Damo Suzuki nunca se vio mejor. Can nunca estuvo mejor. Entre los grandes registros cinematográficos de conciertos que hay, el de Przygodda tiene un lugar privilegiado.

Harmonium in California (1979) de Robert Fortier.
A nadie le importa, pero en mi cosmovisión Quebec tiene un lugar central, privilegiado y fuerte, casi inmortal. Harmonium, también. Cuando ambas se juntan, Harmonium en Quebec, Quebec y Harmonium todo tiene sentido por un momento y los recuerdos reales comienzan a fusionarse atómicamente con las fantasías y la lógica es perversa y deliciosa y explosiva y deténganme porque en realidad me molesta usar tantos adjetivos pero es su culpa. Los paganos dicen que Harmonium es rock progresivo. Déjenlos ser. Los paganos dicen de Quebec algo que no me atrevo ni a mencionar. Déjenlos ser también, qué más da. Harmonium aquí está en su mejor momento, hacen música impresionante y el mundo les importa un carajo, porque cuando quieran es suyo. El documental sigue las cuestiones de rigor: viajes, conciertos, comparecencias ante prensa, declaraciones cansadas de sujetos que sólo quieren pensar en Do-Re-Mi pero que son grandes tipos y quieren desairar a la menor cantidad de gente posible porque ellos mismos saben bien lo que es vivir desairado, contrariado, decepcionado. Un documentazo de la gran música rara no-punk de finales de los 70.

Mingus: Charlie Mingus 1968 (1968) de Thomas Reichman.
El más atípico y honesto de los documentales jazz que hay es éste. Es puro Charles Mingus puro. Claro, hay secuencias del gran rey improvisando y haciendo lo suyo en un escenario, pero lo mejor es que hay mucho Mingus fuera del escenario. Y no es una cuestión de entrevista condescendiente o aduladora como suele suceder en los documentales sobre figuras tan gigantescas como él (que, por otro lado, hay pocas poquísimas.) La situación es esta: Mingus habla con Reichman y su cámara en su apartamento tras recibir una orden de desalojo. Por tanto no hay recuerdos de viajes ni de carrera: el filme va sobre lo que piensa Mingus acerca de la lucha racial, la política, la revolución, las armas, el arte y este mundo enfermo y triste. Escuchar su música hincha el corazón; escucharlo hablar (elocuente, lúcido e idiosincrásico, como los grandes, defendiendo lo suyo) lo hace explotar. El final es uno de los más terribles de Todo el Cine: la policía llega a desalojar a Mingus y, al encontrar unas jeringas que tenía con prescripción médica, lo llevan arrestado bajo sospecha de posesión de drogas sin importar que su hija de cinco años está presente. Puto mundo. Pero siempre tendremos a Mingus. San Mingus, dirían algunos. Que sí.

Nina Simone: Live at Ronnie Scott’s (1985) de Rob Lemkin.
Me fascina ver a Nina Simone en vivo en vídeo. Y cada que lo hago se me retuercen las tripas pensando en que nunca la vi y nunca la veré en vivo de carne y hueso. Tal vez no lo merezco. Este vídeo, de mediados de los ochenta, muestra a una Nina cansada al inicio, pero ya que calienta motores vuelve a ser la Nina pendenciera de siempre. Un puto deleite, si usted me permite, acompañada de Paul Robinson, un baterista al que ella describe como un tipo que lo vale porque entiende y siente la música. El resultado es una hora intensísima de música. No podía ser menos. Porque a ella le traía floja que estuviese en el Ronnie Scott’s (el tugurio jazz más prestigioso de todo el Reino Unido, abierto desde 1959 en las entrañas del Soho, mudado en 1965 a Frith Street, apenas a unos metros del sitio original y muerto por mercenarios en 2005, pero bien vivido como pocos locales en el mundo) porque ella era Lady Simone y nada la intimidaba. Nada. Se nota en su interpretación. Entre canción y canción, Nina habla de música, de Dios y de ella misma, las únicas cosas que le importaban en el mundo. Porque, en realidad, esa santísima trinidad estaba en sus pulmones, en sus dedos, en sus ojos. Ella encarna el misterio y nosotros… nosotros somos unos simples mortales.

Sean (1970) de Ralph Arlyck.
Los niños son más lúcidos, incluso, que los artistas. Ralph Arlyck fue a entrevistar a uno que vivía con sus padres jipitecas en Haight-Ashbury. El resultado es un testimonio brillante, honesto y preciso de la época, mucho mejor que cualquier documental sesudo. Con la lucidez de un científico y el vocabulario de un sociólogo, el pequeño Sean habla de sus padres, los adultos, la vida en comunidad, su barrio (un hito en Frisco), la música, el cabello largo, la niñez, los adultos, la calle y la policía (a quien odia, claro, y con buenos motivos.) No sé en qué se haya convertido este Sean, pero ojalá que haya convertido a algunos incrédulos y haya vivido bien. Es lo menos que cualquiera merece. Hay que buscar el filme para entendernos un poco más. Dicen los libros de Historia y los que la estudian que entender ciertos hitos es entender nuestro devenir (palabra odiosa pero, hay que afrontarlo, elocuente en cierta manera.) Pues los libros de Historia están tardándose en entender hitos recientes por seguir clavados en el jarrón sumerio de no sé qué. Aquí y ahora, hermanos.

The Sound of Miles Davis (1959) de Jack Smight.
2 de abril de 1959. Recién se ha lanzado Kind of Blue y pocos sospechan lo que este disco desencadenará (ni siquiera Miles Davis, su artífice.) Aun así se presenta con su grupo (menos “Cannonball” Adderley, enfermo) al programa The Robert Herridge Theater de la CBS. Es Nueva York, es el Estudio 61, es 1959 y cualquier cosa puede pasar. Y pasa. En escena están Davis y John Coltrane (suficiente como para acabar con el mundo) y Wynton Kelly y Paul Chambers y Jimmy Cobb y también la Gil Evans Orchestra dispuesta a tocar estándares jazz o a cortar algunas gargantas. Herridge introduce el programa ante las cámaras sobriamente: “hay muchas maneras de contar una historia”, dice, pero lo que van a contarnos Miles Davis y los demás no es sólo una historia, es algo que no tiene nombre. Es Homero y Heródoto juntos, Da Vinci y todos los demás: es la humanidad alcanzando un punto más alto que la Luna, que el espacio, que la guerra. Es la humanidad en su estado más limpio, creando para los demás algo que no pueden usar pero que pueden sentir y pensar: música. Y qué música. Jack Smight, director, sólo da órdenes a la cámara. Más no puede hacer. Ha filmado, sin querer queriendo, una parte esencial de la historia de la Humanidad. Ojalá el futuro logre entenderla, porque nosotros seguimos siendo unos estúpidos.

C/S.

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