Bull Tapp 2006: irse al cielo por vivir en México.

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Publicado originalmente el 26 de julio de 2013.

Hace unos meses me encontré a uno de mis héroes, Bull Tapp, en la calle. Rememoramos brevemente algunas cosas que pasaron entre los años 2003 y 2006, tres años en los que nos vimos una vez a la semana cada jueves. Huelga decir que Tapp es uno de mis héroes, como lo es para mucha gente en León. Incomprendido, idiosincrásico, paranoico, el guitarrista originario de Denver es un personajazo de esos que hacen falta en la ciudad. Revisando mis archivos me encontré con la transcripción (aunque lamentablemente no con el audio) de una conversación que grabé en la sala de vuestra humilde casa un día de febrero de 2006 – la transcripción no especifica en qué día ocurrió aquello. Tampoco recuerdo la intención de registrar la entrevista, pero siempre es bueno rescatar esos momentos. De aquellos tiempos recuerdo a un Tapp locuaz e impertinente y, aunque le he visto a intervalos desde entonces, creo que no ha cambiado. Mejor. El contexto de los primeros párrafos también data de la primera mitad de 2006.

Es tiempo de héroes. “Chicos en la calle, paleados como mierda, que encienden de fuego la noche”. Hace poco, valga la referencia, vi un capítulo de Los Padrinos Mágicos en el que, en un mundo de superhéroes y supervillanos, ganan la batalla seres comunes y corrientes con una peculiaridad: son héroes sencillos, como el conserje, que dan sentido a una vida que parece perderse en su misma cotidianidad.

Bull Tapp podría ser uno de ellos. Barba de tres días, lleno de canas, me visita cada jueves. Viene a tocar guitarra. Nacido en Colorado, EEUU, en la década de los 50 (o eso dice él, su edad permanece un misterio), pero que ha vivido en México más de la mitad de su vida. Y cada jueves, religiosamente, es día de Tapp, de historias de conspiraciones gubernamentales increíbles, de libros olvidados, de películas de serie Z y discos raros. De música. De guitarras. De su intolerancia por el piano y su amor por la música más elemental y rudimentaria.

¿Por qué hablar de este sujeto que pasa su vida de casa en casa, enseñando a pubertos a tocar sus primeros acordes en la guitarra o educando oídos en la música de compositores clásicos como Serge Gainsbourg? ¿Por qué hacerlo si él no ha fundado organizaciones de ayuda ni ha sido vocero de la Cruz Roja? ¿Por qué si él es un modesto (aunque enojado) bon vivant que gusta de mascar tabaco y beber litros y litros de café?

Precisamente por eso. Tal vez sea más heroico no renunciar a los principios vitales a pesar de todo (vivir en México, por ejemplo) y llevar la cotidianeidad con una visión distinta. La de este gamberro de la guitarra es la visión de un tipo que ha vivido cosas que pocos han hecho, que ha tenido la valentía de arrojarse a la Siguiente Gran Cosa, cuando esta significaba tal vez enfrentarse a un público que, hambriento de cosas más ligeras, le reclamaba que el jazz gitano que tocaba era bastante oscuro o simplemente lograr que un alumno pueda tocar, nota por nota, una canción de Albert King. Es lo que se llama extraordinario.

Tapp pudo haber sido un guitarrista célebre. No que no lo sea, porque al menos localmente es un hito. Pero él pudo haber sido un éxito internacional. Pero, para qué. A él le gusta apodarse, parafraseando a cierto sujeto híper-citado-y-casi-siempre-fuera-de-contexto, “un héroe de la clase trabajadora”. A working class Bull.

Con esto en mente me decidí a, con su anuencia, grabar una conversación en una laptop IBM ya algo vieja, a la que conecté un micrófono pequeño. La entrevista fue en inglés y la traducción, mía.

¿De dónde viene tu nombre?
Mi padre peleó en la Segunda Guerra Mundial. En una batalla estuvo a punto de morir. Estaba acorralado, con otros soldados de su tropa, cuando se apareció un sujeto irlandés que les dijo “¡por aquí!” Les enseñó un escondite y les salvó la vida. Cuando se separaron, mi padre le preguntó al irlandés cuál era su nombre. Era Bull, de ahí que mi nombre sea tan ridículo. Aunque mi padre nombró a toda su prole de modo extraño: mis hermanos se llaman Komac y Jegar, nombres que no tienen sentido.

¿Cómo comenzó la leyenda del Bull Tapp?
Mi padre era guitarrista y se interesó en la formación musical de sus hijos. Sólo Komac y yo lo seguimos, porque Jegar se hizo un empresario. Ahora tiene viñedos y es groseramente rico allá en Estados Unidos. Komac se fue a estudiar guitarra a Portugal con uno de los mejores maestros de guitarra del mundo, allá por los años 70. Creo que fui el menos afortunado porque mi única educación musical formal fueron los cinco dólares que mi padre me dio para un concierto de rock de una banda llamada Sugarloaf. Mi padre murió tiempo después.

¿Cómo fue que terminaste en México?
Sucedió hace unos 30 años. No sé por qué lo hice, supongo que porque quería levantarme y desayunar chilaquiles todos los días. Eso. Primero, en la frontera, trabajé lavando platos. Luego dedicaba canciones a las novias de los traileros del norte mexicano porque trabajé en una estación de radio grupera. Ya entrando a México fui adoptado por unos leoneses que me trajeron acá porque sabía tocar la guitarra y podría dar clases de inglés. Comencé viviendo en la Miguel Alemán en un cuarto con una cama y una silla. Daba clases de inglés. Con los años impartí inglés en colegios de clase alta y particulares en casas de alumnos.

¿Nunca quisiste hacer música por tu cuenta o estar en un grupo?
Sí, lo hice. Viví en Guanajuato y ahí ensayaba con otra gente. La mayor parte del tiempo, desde hace años, he tocado sólo. En bares, restaurantes, cafés, plazas. En el transporte cuando hacía falta. De hecho estando en Guanajuato fue que me hice un guitarrista de verdad aunque ahí me cayó una maldición.

¿Una maldición?
A una maldición. Cosas de brujas. De bluseros, quiero decir. Fue hace más de veinte años, cuando vino B.B.King a tocar a Guanajuato. Fui al concierto y saliendo, esperé afuera del auditorio a B.B.King. Había mucha gente y me recargué en un auto o algo así. B.B.King salió y se agolpó la gente alrededor de él. Yo también fui. Él se enojó por el acoso de las personas y, sacudiéndose, comenzó a decir groserías. Pero de entre la multitud me miró a los ojos (¡a mí!) y me señaló. No sé exactamente qué dijo pero creo que me echó una maldición. Gritaba y se puso violento. Es la maldición de B.B.King. Desde entonces estoy jodido.

¿Qué tan jodido?
Nunca fui un músico importante. Aunque sí un maestro, el mejor. Soy una referencia obligada en cuanto a maestros de guitarra. Tengo alumnos que se han desempeñado profesionalmente. Algunos de mis alumnos ya han grabado discos y todo eso. Pero esto no deja mucho dinero y desde hace unos años tengo una familia y todo eso. Otra parte de la maldición fue quedarme en México. Aunque no sé qué es más insoportable: México y su aparente surrealismo o Estados Unidos y su fastidioso gobierno. Uno debería irse al cielo sólo por vivir en México.

¿La música no ha sido un factor satisfactorio entonces?
Lo ha sido. Es lo Único. Las clases de inglés uno las lleva fácilmente, pero las de guitarra son complejas. Ahora tengo alrededor de veinte alumnos. Y la mitad no tiene oído. Está mal que lo diga, pero odio ir a darles clase y que me pidan que les enseñe las canciones de moda, casi siempre son pésimas. No están mal pero los alumnos no se superan. No hay una cultura musical muy fuerte.

¿Cambiarías algo de tu vida?
Muchas cosas. No, no tantas. La guitarra, nunca. La guitarra siempre va, hasta con los mendigos de la calle. La guitarra te ayuda a sacar dinero si estás muy mal. Basta con que vayas a un lugar público. Por eso aconsejo que nunca se empeñe una guitarra en caso de dificultades económicas. Mejor hay que ponerse a tocar y ser muy simpático porque la gente también aprecia eso. Es por eso que sigo siendo el rey. Mira mis ropas: están sucias, viejas, yo huelo a tabaco, tengo las uñas largas y nunca dejo de quejarme. Pero soy el más simpático de todos. La personalidad gana.

¿Y qué sigue?
Sobrevivir este año. A este paso y con estos gobiernos nunca llegaremos. Tengo la teoría de que los gobernantes están acabando con el mundo y ellos lo saben, así que han confeccionado unas naves espaciales que tienen escondidas para que en el momento en que presionen el botón, salgan disparados al espacio, en donde se encontrarán una nueva casa en algún planeta. No creo que sean tan tontos como para terminar con el mundo con ellos dentro. Eso y comprarme un ajedrez nuevo. Los planes son mejores a corto plazo.

Bull termina de hablar y me pide que por favor desconecte el micrófono. Ha sido suficiente. “Y nunca me ha gustado mi voz, por eso nunca canto”, agrega. No es necesario. Basta con contar una historia, arrancarse con un blues muy rudo y terminar su día enseñando una escala pentatónica a un alumno imberbe. Al fin y al cabo es su trabajo. ¿Lo cambiaría? Decididamente sí. Pero mientras esto sigue, a rasgar la guitarra. No hay de otra. Ser un héroe cotidiano también cuesta.

C/S.

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