Sibylle Baier: el discreto encanto del oscurantismo pop.

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Publicado originalmente el 14 de junio de 2013.

Me gusta Alicia en las ciudades. No sé, siempre me ha gustado. Siempre como figura retórica –es patente– porque en realidad vi esa película en un verano del 99. Lo recuerdo con mucho apego. Ese verano, digo: fue una temporada de pasmo y hallazgo. Tenía tiempo en mis manos y procuré ver una película al día (muchas de ellas en VHS), escuchar un disco nuevo al día y leer al menos un capítulo de cualquier libro al día. Contado así suena pusilánime. Lo fue, en realidad. Todo empeora cuando admito que esto que refiero no lo hago todo de memoria: hay un par de cuadernos que conservo desde ese otoño que dan parte de lo visto, escuchado y leído. Una bitácora sensiblera y anómala, para qué me hago, llena de listas y dibujos y títulos y nombres. Muchos nombres. Damas y caballeros, este soy yo y lo siento mucho, pero encantado de conocerme.

Disculpa la digresión, chica. Alicia en las ciudades. De Wim Duermes, que le dice Gómez Vargas. Me gustó mucho. Yo era un veco impresionable, tal vez. Yo era un veco sensible, tal vez. Tenía años sin verla de nuevo. Y uno de estos sábados cascados la visité de nuevo, con menos avidez que resignación. Pero la sensación seguía allí. Y la dejé ser.

Hay una escena, casi al final, en un ferry. Y hay una mujer cantando. Y Alicia se acerca a ella. Muchas cosas suceden al mismo tiempo, pero la canción se roba toda mi atención. Toda. Si acaso es un minuto de tiempo-cine, tiempo vídeo. Y caigo en la cuenta (o tal vez no caigo en la cuenta sino recuerdo) que esa mujer no es otra que Sibylle Baier.

A Sibylle Baier no la descubrí en un verano de 99. La conozco apenas. Pero siento como si la hubiese conocido de siempre. Siempre en su amplio significado, no sólo una figura retórica. Perpetuo, continuo, invariable. Siempre. No sé qué tanto he escuchado su único disco a la fecha, Colour Green, pero cada vez, qué predecible soy, hay piel de gallina e hipos.

Y ahí voy de nuevo, chica. Coulour Green es uno más en mi lista de discos perdidos a los que se les ha hecho justicia por circunstancias extrañas diagonal fortuitas diagonal ajenas. Ahí voy de nuevo.

Finales de los 60. Alemania. La era pop se niega a morir. Una chica (otra.) Guapa. Inteligente. Hiperestésica. Huye de un pasado que le persigue aunque ella tenga apenas culpa. Construye su mundo alrededor de discos de Dylan y Baez y Cohen y Nico. Hace teatro. Cree en ello. Pinta. Lee a Rimbaud, mucho. A Goethe. A oscuros autores alemanes. Fuma, folla, bebe, porque lo vio en una pintada de un baño. Toca el piano y la guitarra porque ya lo hacía desde pequeña y no hay mejor cosa para hacer. Viaja. Destino Genoa, vía Estrasburgo, recorre los Alpes dejando en el mapa la estela que dejaría un mosquito groggy. En alguna parada toma la guitarra y escribe una canción. Al regresar a casa la termina.

Es 1970. Registra su melodía en una grabadora de cinta para no olvidarla. Pero luego hay otra idea. Y otra. Al final, en tres años, ha grabado bastantes canciones. Suficientes como para hacer un disco folk, lanzar singles. Pero a Sibylle Baier eso ya no le interesa. Ha decidido mudarse a los Estados Unidos y criar a su familia. Además, para qué. Ya hay suficientes personas haciendo lo mismo, dándose codazos para tener un lugar en las listas, en las revistas, en la televisión. No tiene sentido.

Antes, filmó su aparición en el ferry para Wim Duermes. Su música apareció brevemente en una película llamada Umarmungen und andere Sachen de 1975. Y luego, nada.

Na. Da. Nada.

Bueno, sí, Sibylle Baier vive. Vive. Canta para sus hijos. Pinta. Es madre. Hace amigos. Y no se detiene ni un segundo a preguntarse cómo habría sido su vida como estrella pop – o tal vez como icono folk. No hace falta. El mundo está muy bien así; ella aún más.

Pero viene el giro de la historia, chica: un hijo, su hijo, Robby, descubre ya en la década de 2000 unas grabaciones que hizo Baier treinta años atrás en Alemania. Conmoción mayúscula. El sonido es nítido, las canciones son espléndidas. Robby habla con su madre. La madre se ve obligada a regresar a una historia que había abandonado hace años y que ella creía descuidada para siempre. Siempre absoluto, no como figura retórica; siempre a lo melancolía de Ozymandias; siempre como se lee: SIEMPRE. Pero los recuerdos no la aturden. No a Sibylle Baier. Pero sí a Robby, quien decide pasar las grabaciones a digital y regalarlas a la familia en alguna festividad.

En estos relatos alguien siempre conoce a otro alguien. El primero es Robby y el segundo, J Macsis, el sujeto de pelo blanco de Dinosaur Jr. Hay un tercer alguien: un ejecutivo de Orange Twin Records. Elipsis: las grabaciones de Sibylle Baier son lanzadas en 2006, treinta y tres años después de su primer registro. No van a cambiar al mundo. Ella no se convertirá en una estrella pop o en un icono folk. Pero algunos avispados se harán de una copia y sentirán que la han conocido de siempre. Así pasa con quien canta para sí mismo: lo más particular es siempre lo más universal.

Sibylle Baier es, hoy, consciente de ello. Pero, según Robby, la Internet la marea y no se ha ni molestado en leer los numerosos artículos sobre ella que gente alrededor del mundo ha escrito. Así está bien. Ella, a lo suyo.

Muchos discos se parecen a Colour Green, como se llamó la colección de canciones recopilada por Robby. Pero pocos me emocionan tanto. Si un día mi memoria decide jugármela y hacerme creer que conocí a Sibylle Baier en el verano de 99, se la compraría sin preguntar; si un día decide atrofiarse y asegurarme que conozco a Sibylle Baier de siempre-siempre, no repelaría. Porque sus catorce canciones ya son parte de mí, de mi vida, de la vida de los míos. Y ya. Ningún fandom es necesario, ningún aspaviento innecesario. Esos, tal vez, son los discos que importan. Esa, tal vez, es la gente que importa.

C/S.

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