Yonquis polifónicos.

kct

Publicado originalmente el 7 de junio de 2013.

Cuando éramos muy jóvenes, Eduardo Celaya y yo solíamos intercambiar cassettes. Porque en nuestra juventud, carajo, aún se podía regalar o recibir un cassette, una cinta que para más de un cateto contemporáneo es sinónimo de vintage o de cool o de alguna de esas horrorosas palabras modernillas, no sé, porque no me llevo con ellos pero de repente veo cosas que suben a la red porque así es la red, maldita sea. Pues no, los cassettes ni eran cool ni son tan viejos.  Pero qué prácticos eran.

Sé que dije “Eduardo Celaya y yo” porque el cofrade en cuestión y un servidor solían intercambiar más cintas por semana que otros. Y porque si me pongo a enlistar los nombres de la red de tráfico de música rara y bonita de finales de los 90 haría otro ejercicio de memoria que, aunque siempre me apetece hacer, hoy no toca. De cualquier modo irán apareciendo más personajes. Eso es inevitable.

León en los noventa vivía un letargo que muchos asumíamos como normal, hasta que alguien descubría la música. Como en Amigo Rock’n’roll de Espanto o en My Little Brother de Art Brut: cambiaba todo a partir de un guitarrazo. Y entonces el mundo se abría. Sé que así ha sucedido en todas las épocas y que esta historia no es nueva. Pero, hey, precisamente por eso es importante. León siempre ha vivido en un letargo provinciano (las cosas nuevas que suceden tienen poco de nuevas y mucho de más de lo mismo, pero esa es otra historia) y siempre hay alguien que descubre la música y su mundo se abre.

Eduardo Celaya y yo nos afiliamos a la cofradía del Ritmo al mismo tiempo y con las mismas ganas. Todo comenzó con una sorpresa eléctrica y lo siguiente es que estábamos buscando todo el día la Próxima Gran Canción, como Pete pequeño en ese episodio de Pete y Pete en que busca desesperado su canción favorita por toda la ciudad. Comenzamos a rebuscar entre los discos paternos, en casas ajenas, en la radio de medianoche. No había mucho más: la world wide web no era opción aún.

Pero había cassettes, el método de tráfico perfecto para dos sujetos perdidos en la ciudad buscando nuevas conmociones: era una de las pocas armas que teníamos para mantener nuestra pequeña facción esteta subterránea. Gracias a las cintas se sumaron más vesánicos ansiosos por más música. Trainspotting con canciones, discos, grupos. No eran buenos tiempos, pero sí estaban llenos de sorpresas que, aunque minúsculas, eran al mismo tiempo analgésico y estimulante; sorpresas sin las que habría sido imposible sobrevivir a la mezquindad, a la hartura y a la sandez.

Me veo en una postal medio cutre pero cierta (y cotidiana, entonces): Eduardo Celaya y El Chibuya y yo con una radio y un primer cigarrillo al que nunca pude darle el golpe esperando a que sonara una canción que alguien de nosotros había escuchado y había insistido en que los demás debían conocer. Así funcionaba la vida. Dentro en la grabadora había un cassette. Los botones de play y rec permanecían apretados, controlados por el también presionado botón de pausa. A veces la canción nunca llegaba. Pero cuando lo hacía había que ser muy hábil con el botón de pausa. Con suerte, atrapábamos la canción. Ya era nuestra. Fieras sobre una presa. Pero el hambre no se acababa, sólo aumentaba. Éramos (¿somos?) yonquis polifónicos.  Éramos feos, pero teníamos la música.

Y así libramos nuestras batallas. Los moretones y las quemaduras de cigarrillo al que jamás pude darle el golpe se convirtieron únicamente en puntos de referencia de un mapa que ya tenía lugares fijos; semana con semana íbamos conquistando más esquinas, delimitábamos nuestro territorio y nos exiliábamos de la mugre citadina. Y nuestro activo más importante viajaba en cassettes. Éramos como mosquitos que succionaban sangre: grabábamos cassettes de la radio, grabábamos cassettes de discos ajenos, grabábamos cassettes de otros cassettes. Conocimos más canciones que la generación iTunes gracias a, carajo, las cintas.

Nuestras colecciones de discos crecieron. Lo mismo nuestras bibliotecas y nuestros cuadernos de recortes. Nuestros huesos también, un poco. Nuestras barrigas definitivamente lo hicieron. Nuestros corazones, ojalá. Bebimos y vivimos, que dice esa canción que escuchábamos tanto. Hicimos, deshicimos, nos equivocamos. Crecimos, ay, crecimos. Algo, al menos. Un poquito.  Y nada de esto habría pasado sin ese feo y frágil artefacto cuadrado y deforme: no tenía la belleza de un disco de vinilo, aunque para ser justos tiene más carisma que un posavasos. Al menos era una cosa, algo tangible, y eso nos importaba de verdad. Ya nos olíamos que venía la era de los fantasmas, por eso nos llenamos de objetos, para no olvidarnos de lo importante. Porque sabíamos que conseguiríamos trabajos (o no), que conoceríamos nueva gente, que vendrían más canciones y que, tal vez, renegaríamos de lo contemporáneo como los adultos de nuestro tiempo. Sabíamos, sentíamos, vibrábamos de instinto, que lo más complicado estaba por llegar y nos hicimos de una armadura de discos, libros, películas, historias. Lo logramos.

Cuando éramos jóvenes, Eduardo Celaya y yo solíamos intercambiar cassettes. Y el Chibuya y Karen y Felicia y Hoja de Otoño y Álex y el Migues y Crucito el Suave y Mockertino (que entonces se hacía llamar Rtedxe) y muchos otros; algunos siguen ahí, en lo suyo, aguantando; a otros nunca los volvimos a ver. Pero así es la cosa. Somos feos, pero tenemos la música.

C/S.

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