Chanson, porque sí.

charles-aznavour-et-moi-dans-mon-coin-barclay
Publicado originalmente el
24 de mayo de 2013.

Alain Tchido viajó por muchos lugares del mundo para caer justamente en León. Tal vez esté de paso, tal vez se quede: con esta ciudad nunca se sabe. Pero, mientras Alain Tchido o el mundo o la vida o el destino o alguien más deciden, hay que disfrutar y aprovechar su presencia aquí.

Digamos que Alain Tchido, que nació en Costa de Marfil y viajó y vivió en (no en ese orden, mi memoria ya falla) China, Hong Kong, Nueva Zelanda y buena parte de los países que rodean su Norsunluurannikko añorada, es como esos extraterrestres que caen en el lugar adecuado en el momento adecuado. Y tal vez el momento y el adecuado es para nosotros y no para él, por más mesiánico que esto suene. Digamos que su manera de ver, asumir y hacer las cosas es tan dispar, tan de otro hemisferio, que resulta chocante en una ciudadanía tan asfixiante y obtusa como la nuestra. Chocante en el mejor de los sentidos, por supuesto. Lo chocante que puede resultar que un músico viajero africano que ha hecho de todo y visto de todo puede resultar ante un leonés. Me quedo corto, pero por ahora dejémoslo así.

Un sujeto que se llama Tchido tiene que venir a México a decirnos algo. Y lo seguimos descifrando. Y él a nosotros. Justo hace unos días decidimos que ya era necesaria una mini cogorza en la que se discutiera un poco de música. Para eso nos pintamos solos y un sábado noche estaba todo dispuesto: brebajes espirituosos, birra fría porque el clima apremia, piscolabis nada saludables, discos y una computadora (sólo por si acaso.) ¿Quién necesita salir de fiesta cuando la fiesta viene a casa?

Yo me disponía a una lección de músicas africanas y del mundo. Pero Tchido portaba un semblante melancólico y se dirigió al mueble de los discos. El primero que vio fue uno de Françoise Hardy y se volvió loco. Yo entendía poco. Ya en alguna ocasión criticó a los franceses y a su música (y no lo culpo) y que se haya puesto a dar saltitos tontos por un disco de la Hardy me pareció más efecto de la confusión o del mareo etílico, aunque era demasiado temprano para que los espíritus comenzaran con sus jugarretas. Pero no. La melancolía de Alain Tchido era tal que moría por escuchar Tous les garçons et les filles porque era una canción que le recordaba a casa. Y con casa me refiero a su juventud, sus calles, sus esquinas, sus primeras melopeas, sus bisoños tanteos al viejo arte de ayuntar, su soledad de corredor de fondo en el fondo de su habitación, su propia revolución que iba gestándose a la par que la de su país aunque en sentido contrario. Jamás le habría imaginado tocado por una chica francesa cuya cúspide artística sucedió veinte y más años antes de que él naciera; jamás le habría imaginado con la médula retorcida por ese lamento adolescente de amor hecho canción. Si Alain Tchido ya era un gran pana, en ese momento nos sentimos como si ambos nos hubiésemos tatuado Tres Puntos en la mano: nos convertimos en parte de una clica de códigos secretos, de lenguajes compartidos, de camaradería con pocos límites. Así funciona la música. Así funcionan nuestros cerebros y nuestras entrañas. Lo que hace una jodida canción.

Alain Tchido había detonado algo que iba más allá de nosotros. La noche se convirtió inexcusablemente en una celebración de la chanson française – que a mí me pone tonto y sigo sin saber por qué, pero que nunca sospeché que don Tchido conociese tan bien.

Con todo, estas eran las canciones de sus padres y sus hermanos en la vieja Côte d’Ivoire. Y me aproveché de mi colección para forzar recuerdos en la cabeza de Alain Tchido y él se aprovechó de la computadora para abrirme los oídos a canciones que había dejado pasar por ignorancia, negligencia, prejuicio o estupidez (todo lo demás junto, pues.)

Entre jarra y jarra, hora y hora, sonó une chanson après de l’autre. Ajumados y emocionados gritábamos ouais cuando comenzaba a sonar Johnny Hallyday y su rendición de Retiens la nuit o nos poníamos solemnes con el J’arrive de Jacques Brel. Nos desternillamos (gran palabra) con lo cutre de Le téléphone pleure de Claude François y nos acordamos de Québec con el Gens Du Pays de Gilles Vignault. Alain Tchido se bebió una jarra de un trago a la salud de su madre en Costa de Marfil cuando sonó J’entends siffler le train del egipcio Richard Anthony (la canción de cuna de mi amigo, según balbuceó en un francés cantadito como de leonés.) Yo hice lo propio con Et moi dans mon coin de Charles Aznavour, una de las canciones más tristes de mi universo (à vos souhaites, mademoiselle tu sais qui.) Tuvimos que admitir que Je l’aime a mourir de Francis Cabrel es un tema mayúsculo y escuchamos versiones yeyé de Sylvie Vartan. De Georges Brassens a Chantal Goya y su Tu m’as trop menti. Jarra y jarra. Hora y hora. Perdón, vecinos.

Nunca entenderé mi chansonfilia. Pero así está bien. Jamás creí vivir una camaradería a partir de vocecillas nasales, pronunciaciones imposibles y recitaciones afectadas. He hecho aliados gracias a un soul en una pista con talco espolvoreado, a la furia y el ruido en conciertos atestados, a himnos bedsit perfectos para las amistades virtuales tan de moda. Pero así es la música y así es la vida.

Seguimos descifrándonos. Vamos bien o eso creemos. No sabemos de qué se trata todo esto, pero mientras lo descubrimos (si lo descubrimos) hay que mantener cabeza y núcleo ocupados y contentos. Que esto se acaba. Y estas frases las hago mías aunque en realidad las dijo Alain Tchido. O eso fue lo que pude traducir de su francés ivre ya muy chispo. O eso escucharon mis oídos canecos. Como sea, funciona bien. Tan bien como una canción.

C/S.

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out / Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out / Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out / Change )

Google+ photo

You are commenting using your Google+ account. Log Out / Change )

Connecting to %s