Yo y mis discos.

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Publicado originalmente el
17 de mayo de 2013.

Yo y mis discos, porque así es.

Yo y mis discos, reordenándolos en las horas difíciles; recurriendo a ellos a la menor provocación; presumiendo de ellos en las horas fáciles. Sacándolos de fiesta, dándoles de beber cerveza y güisky y vermú y a veces, sólo a veces, tequila y casi siempre agua para que no se vomiten y duerman bien y puedan sonar igual de impolutos al día siguiente, en privado, para poder el disco y yo conversar y recordar acerca de la noche anterior en que ambos hicimos bailar a todas esas chicas de cabello ondulado, a todas esas chicas perfectas, a todas esas chicas con manos grandes y huesudas, a todas esas chicas amables, a todas esas chicas con las que habría que compartir más tiempo pero los discos no nos dejan…

Yo y mis discos sonando, ambos, en fiestas; cientos de personas bailando y bebiendo mientras nosotros sonamos. Luego la depresión post-fiesta, llena de hierba y lagunas y lamentos y nostalgias y moretones: pero la canción sigue allí. Y seguirá al día siguiente. Y  regresará a la menor provocación y la menor provocación podría ser el corte de pelo de una chica o sus manos o su mirada perdida o un aroma o una palabra o, carajo, un recuerdo UN RECUERDO un recuerdo, quién sabe, u otra canción o no sé. Cualquier cosa podría hacer que una canción regrese. Y cuando una canción regresa las palabras son poquísimas e inútiles, tanto que no podrían caber en la Biblia, en donde los regresos de Hijos-Pródigos-No-Tanto tienen cabida pero los regresos de tonadas escuchadas aquí y allá, pedazos de alma, de esos que le interesan a los hombres de blanco con vestidos imbéciles y gorros pendejos dicen que son lo que importan, no tienen espacio. Por eso ya no creemos. Por eso sólo creemos en cosas que no están en los libros. ¿Dije creemos? Creen. Yo ya estoy más allá que acá. Como decían los abuelos.

Yo y mis discos que son un resto y que tienen vida y que me hablan, por eso tengo miedo a entrar a ese cuarto a veces, el cuarto en el que reposan, engañosamente reposan, porque el día en que quieren te agarran por el cogote y no tienes opción, sólo dejarte llevar, dejarte caer, dejarte, arrodillarte, y además lo haces orgulloso, y crees en la música, pero (carajo) tienes que hacerlo, debes hacerlo, no queda más que hacerlo. Formatos qué más dan: de todas maneras te hacen recordar que tienes uñas, que tienes riñones (y los estás echando a perder con cada hora que pasa, salud, pero qué más da), que tienes pulmones, que tienes corazón. Y que a veces, a veces, hay que asignarle al corazón las funciones que le asignan las chicas de trece años que lo dibujan como un culo con un pico en la parte inferior en sus cuadernos de escuela, en sus cuadernos de Español al lado de poemas de Cardenal o, mejor aún, de Pitol o de Baudelaire y suspiran y te roban el alma y quiere irte con ellas del mundo. Puede que sea un sueño. Calderón, ayúdame. La vida tendría que ser así. Si no, ¿qué hago aquí?

Yo y mis discos, porque decidí que así fuese y es probable que haya sido mi primera decisión consciente. Y, quién sabe, capaz que la última también. ¿Quién le entiende a esta vida?

Yo y mis discos, una ecuación de primer grado, pésele a quien le pese. A quien le pesa es a mí, creo.

Yo y mis discos, un sujeto incompleto con una colección incompleta. Lo segundo nunca podrá arreglarse, porque hay tantas canciones como para llenar una vida, así que hay que elegirlas muy bien y al hacer eso uno tiene que dejar de lado casi todo lo demás. Lo primero tampoco tiene solución. O tal vez sí y se llama muerte. Porque, ¿a quién se le ocurrió hacernos venir aquí por tan poco tiempo, que además de poco está lleno de horas muertas, de horas de llorar, de horas de incertidumbre, de horas de cagar, de horas de follar que no queremos que vean los demás y de horas de caminar, de transportarse de un lado a otro, de autobuses, de autos, de barcos, de aviones, de pies; y además, el otro caminar: los pupitres, los escritorios, los pasillos, las horas frente a las máquinas, las horas obreras del no privilegiado que somos todos nosotros? Las horas que después compensamos los enfermos con un mucho de música ruidosa, música incomprensible, música complicada, música emocional, con El Ritmo.

Yo y mis discos, porque soy tan poco sofisticado que tengo los sentimientos a flor de piel, porque es una tradición familiar, local, nacional; porque es lo único real que tengo o ya no sé; porque sí. Porque sí. Porque sí y qué. Mi abuelo se embriagaba cada fin de semana y no lo hacía con los amigos en la taberna, sino en la casa, con sus hijos, descorchando botellas y poniendo discos. Al final de la noche, al inicio de la mañana, ponía sus discos de la Sonora Santanera y de Javier Solís, discos de canciones tristes, discos de La Vida, de la Puta Vida, y se ponía a llorar mientras sus hijos de iban a dormir uno por uno, sobre todo los que no estaban casados y no vivían allí, pero siempre quedaban las dos últimas hijas (porque eran diez hijos), las de ojos grandes y corazones pesados que bailaban una última antes de dormir con él, que se quedaban levantadas porque aún podían y que le decían al oído todas las cosas que los de más edad, los que ya roncaban, los que tenían responsabilidades iguales o peores a las suyas, no se atrevían a decirle. Abueleé, que dice el verbo mexicano, porque hago lo mismo, calco sus pasos cuarenta o cincuenta años después, aunque sin hijos pero con una nostalgia rara y posiblemente inventada calcada del abuelo. En otra ciudad. En otro mundo. Le conocí por apenas cuatro años, pero lo recuerdo. Esa imagen podría dibujarla en una playera, portarlo de un lado a otro como un Kirk O’Bein de pacotilla, pero él merece respeto. No pregunten más. Los sábados son de remojar el cogote y poner discos. Tal vez sea cosa mía. Tal vez sea cosa del abuelo.

Yo y mis discos, el burro por delante.

Yo y mis discos, la relación más larga que he tenido en la vida. Y la más larga que tendré. Algunos modernos se enorgullecen de cosas así. Yo no sé si hacerlo. Creo que no debo. Pero qué puedo hacer ya a estas alturas. La vida es breve, brevísima, o tal vez larga, larguísima, pero qué digo ísima en una y otra: érrima en una y otra. Y he perdido el tiempo en muchas, demasiadas, copiosas ocasiones. Si graficásemos mi vida (y cualquier otra, trasnanutas, que sí) o mejor dicho el tiempo de mi vida habría una gráfica de pastel muy lamentable en el que el tiempo perdido que buscaba Proust, a quien siempre he podido empezar y nunca terminar (y que de hecho es de los pocos libros que he robado o que he logrado robar) porque por una o por otra prefiero a Ratatouille, fuese amarillo, el dibujo sería muy, muy, muy amarillo, y si cualquier otra cosa importante fuese roja, habría todo lo demás de rojo porque, la verdad, tampoco he vivido tan mal porque, hey, somos yo y mis discos.

Yo y mis discos, la relación más inútil de la vida. Podría acostumbrarme a estar sin ellos, pero no me da la puta gana. Como Julian Cope o quien carajos sea el que lo dijo, me quemaría con mis discos si se quemase mi casa. Pero no sólo con ellos: también con mis libros. Tal vez, justo ahora, sobre todo con mis libros. Pero siempre, siempre, SIEMPRE con mis discos. Lo siento. Au revoir. Adiósputomundocruel.

Yo y mis discos, aquí, bebiéndome una Saison IV yo solo, porque sí, porque hoy puedo.

Yo y mis discos, porque no hay de otra.

Yo y mis discos, porque quiero. Pero, en realidad, no fui yo quien tomó la decisión. Fueron ellos. Fue la vida. Fui yo. Carajo, déjalo en paz: fueron ellos.

Yo y mis discos, porque así quiero seguir.

Yo y mis discos. Así está bien.

Yo. Mis discos. Digamos güisky. A ver qué tal salimos en la foto.

C/S.

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