Jackson C. Frank: el blues rige el juego.

Publicado originalmente el 3 de mayo de 2013.

Jackson C. Frank nació en Nueva York en 1943. Como cualquier otro niño se dedicaba a ir a la escuela y a descubrir e inventar. Cuando tenía once años sobrevivió de milagro a un incendio en la Cleveland Elementary School de Cheektowaga. Quince de sus compañeros murieron. Él sufrió quemaduras bastante graves. Su estancia en el hospital fue larga y complicada. Una maestra le llevó una guitarra para que se distrajese. Fue lo mejor que pudo pasarle al pequeño Jackson C. Frank. Diez años después, en 1964, ya era mayor de edad y cobró un cheque del seguro. Cien mil dólares. Con su guitarra y no mucho más se embarcó y se fue a Inglaterra. La radio, la prensa y la televisión aseguraban que allá era donde las cosas sucedían. Él quería estar allí. Quién no.

La música vivía una gran revolución, pero no la de los melenudos. El circuito folk de Inglaterra revivía gracias a la música de los cantantes de protesta americanos y de los bluesmen originales que habían inspirado a todo el mundo. Jackson C. Frank aprovechó el estirón y se hizo de un nombre en los clubes y cafés codo a codo con Paul Simon (sí, ese Paul Simon.) Como era la costumbre, tras hacer callo entre humo y tarros de amarga, se metió al estudio para grabar un disco en una sesión de tres horas. Para poder grabar a gusto, pidió que se pusieran paneles de modo que nadie lo viese tocar. De otro modo no habría podido hacerlo. El álbum terminado llevó su nombre. Fue producido por Simon, Garfunkel y Al Stewart. Discazo por donde se le vea. Hizo poco ruido, aunque Blues Run The Game, la canción con que comienza la placa, es un clásico entre músicos.

En Inglaterra se hizo novio de Sandy Denny de Fairport Convention, aunque duró poco. Parecía que todo iba a mejorar. Pero su salud frágil se rompió al fin. En su cabeza el incendio seguía quemando. No pudo ya tocar. Regresó a Estados Unidos y estuvo viajando y descubriéndose por un par de años. Se fue de vuelta a Inglaterra en 1968 y las cosas habían cambiado demasiado. El sonido que dominaba el mundo ya era otro y del dinero de su seguro quedaba apenas algo. Su disco seguía sin vender bien. La gente que le conocía decía que el Jackson C. Frank que querían había sido cambiado por otro en el viaje de dos años. Iba por las calles y por la vida deprimido e incapaz de crear. Era un hombre acabado.

Voló a Woodstock en 1970 y se casó con una exmodelo. No fue mejor. Tuvo una hija y un hijo. El hijo murió. Jackson C. Frank terminó internado en un sanatorio, soñando con quemas y catástrofes. Pasó una década entera en la oscuridad. En 1984 reunió dinero y ganas para ir a Nueva York a buscar a su amigo Paul Simon, que ya era una superestrella, un dios, un extraño. No lo encontró. Dormía en las aceras y comía en los basureros. Ingresó a varias instituciones mentales; así como entró, salió. Se consiguió una guitarra que no podía afinar, pero que le servía para distraerse durante las horrorosas tardes amarillas. Padecía de la tiroides. Cuando unos entusiastas folk se enteraron de su situación y lo encontraron les costó bastante creer que era su héroe. Él aparecía en una portada de un disco del 65 vital y sonriente. Ahora era un vagabundo hinchado, maloliente, errático.

A los 50 años, Jackson C. Frank parecía un sujeto de 10o. El hombre que había escrito canciones folk como Yellow Walls, Milk and Honey, My Name is Carnival o I Want To Be Alone, era un hombre olvidado por el mundo y maltratado por la puta vida. Ya no podía ni cantar: su voz había huido en algún momento y él ni cuenta se había dado.

Pero el blues nunca acaba. A mediados de los 90, Jackson C. Frank estaba sentado en una banca en Queens. Y, de repente, algo pegó en su ojo. Una bala. Una bala de goma. Una bala de goma disparada por una pistola de aire que manipulaban unos niños estúpidos e irresponsables que jugaban cerca. De entre todos los blancos posibles (las paredes, los árboles, las ratas, las palomas, el viento) la bala fue a dar al ojo de Jackson C. Frank, cegándolo para siempre. Qué putada.

Antes del fin, pudo grabar algunas demos para nuevas canciones. Ideas sobraban. Pero nunca hubo otro disco. Jackson C. Frank murió en 1999 de un ataque cardíaco derivado de una gravísima neumonía. Al fin había descanso para un hombre maltratado. Quien haya dicho que las tragedias griegas son una fantasía está bastante equivocado. Nuestro Jackson C. Frank, al que hay que rescatar del olvido, vivió una. Y nos dejó un disco, uno, sí, pero repleto de canciones que es imperativo revisar. Porque estas son canciones que nacieron del alma. Y canciones con alma, canciones humanas, que hablan de nosotros. Canciones de verdad. Canciones necesarias.

Jackson C. Frank, gracias por la música.

C/S.

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