Dos joyas en 2013: Molly Drake y Piano Van.

Publicado originalmente el 15 de marzo de 2013.

Posiblemente estés muy ocupada, chica, con todo lo que está sucediendo allá afuera en la música. No te culpo. Pero en cuanto te tomes un tiempo para respirar, aquí hay dos mundos que debes visitar, verdaderos oasis, pequeños huecos en la Realidad. Mira aquí, chica.

Molly Drake, madre de la música y la poesía.

Nick Drake es poesía acendrada, pura. Su música y sus palabras pueden perforar cualquier espíritu. Su vida está tan rodeada de fábula y rumor que parece la historia de un viejo libro en la vena de De Quincey o Shelley encontrado en el rincón de una arcaica biblioteca: las anécdotas principales ocurren en una casa de Tanworth-in-Arden y todo empieza con una canción y termina con una muerte wertheriana.

Pero ese era sólo un tomo de la historia; el tiempo y el huroneo, compañeros tan fieles como eficientes, terminaron descubriendo otros pedazos de la historia de la familia Drake que, de un modo u otro, explican por qué Five Leaves Left o Pink Moon son obras maestras de eufonía y humanidad.

Ya el documental A Skin Too Few: The Days of Nick Drake (2000) de Jeroen Berkvens daba alguna luz sobre el asunto: tanto la Hermana, Gabrielle, como la madre de Nick, Molly, escribían poesía y hacían música. Lo que se alcanza a escuchar es sobrecogedor. En 2007 se recopilaron varias de estas canciones en un álbum, Family Tree (Island Records), que incluía algunas demos del cantautor.

Pero aún hay más: Squirrel Thing Records anunció (marzo de 2013) el lanzamiento de una recopilación de las grabaciones caseras de Molly Drake (o re-lanzamiento, siendo ortodoxos: ya en 2011 Bryter Music había vendido el CD con idéntico tracklist) y se anuncia como una adquisición obligatoria. No es para menos. A pesar de ser canciones registradas durante los años 50 cuando Nick era un crío y los equipos de grabación portátil no eran los más sofisticados, el disco suena impresionante (y el ingeniero de sonido amigo de la familia, John Wood, hizo un trabajo magnífico.) La sensibilidad agudísima del hijo está ya ahí en la madre, a la que sólo puedo imaginar sentada al piano en la sala, dejándose el alma en cada nota: el tipo de belleza que está extinguiéndose en el mundo.

Molly Drake es poesía acendrada, pura: música y palabras que pueden perforar cualquier espíritu.

Aun si Molly Drake no fuese sino Molly Smith o Jones o Jeeves y tuviese un hijo Don Nadie nos encontraríamos ante una serie de canciones espléndidas, resplandecientes. Pero como su hijo es el protagonista de una de las historias más tristes de la música, este disco tiene el encanto añadido de ser uno de los tomos que faltaban en esa novela byronesca.

Indispensable, musicómanos. Indispensable, gente con oídos y corazón.

(Gracias a Dante A. Saucedo por avisarnos del lanzamiento del disco. Saludos, menda.)

* * *

Piano Van: música y redención.

Todo comienza como en una historia de Bukowski: un accidente raro en bicicleta, confusión y alcohol, una huida intempestiva de San Francisco a Los Ángeles, dejando atrás una mujer, un empleo, una vida. Luego, callejeo, merodear por callejones secundarios, dormir en basureros. Nuestro personaje tiene un título académico, libros publicados, ha sido miembro de Silver Jews (ese legendario grupo indie) y, sin embargo, ahí está, con su bastón y no mucho más, buscando La Próxima Cosa Grande.

Después es como si Jim Dodge tomase el relevo de la pluma y le escribe un argumento de redención a esta historia. Hay dos elementos, además de nuestro hombre y su báculo: una Ford Econoline 1980 y un piano rehabilitado. Y nace el segundo personaje, un mutante amigable llamado Piano Van, parte vehículo (y casa), parte instrumento musical (y casa.)

Aquí se revela el nombre del sujeto del bastón: Chris Stroffolino. Y la historia ahora parece narrada por Tibor Fischer: Stroffolino y Piano Van merodean por Los Ángeles aceptando propinas a cambio de canciones. La portezuela de la Econoline anuncia con orgullo: Indie, Punk, Motown, Brill Building, and Velvets. El sonido errabundo de hombre y mutante calmaba bestias en una ciudad llena de bestias: demonios propios y ajenos sólo pueden ser apaciguados por los acordes y las palabras de Lisa Says, los Kinks, Burt Bacharach. El mundo vuelve a tener sentido.

Pero estamos en el siglo XXI y la historia, inevitablemente, se tuerce de este modo: un buen día Stroffolino y Piano Van son descubiertos por un sujeto que porta un iPhone. Les graba. Les sube a la red. Se enamora por completo del sonido y la historia del tipo del bastón y cómo no. Resulta que el Fulano del iPhone es –de todos los fulanos en el mundo– Jeff Feuerzeig, director de The Devil and Daniel Johnston, ese grandísimo documental sobre el músico más extraño del mundo. El mundo es raro.

Por lo pronto, Stroffolino y Piano Van siguen yendo y viniendo en Eléi. Aunque sus vídeos de YouTube no amenazan con convertirse en fenómeno viral, serán un hallazgo para las almas curiosas. Ya se cocina un álbum completo (cuyo título sería The Piano Van Sessions) y algunos adelantos pueden escucharse en la red. La historia no ha terminado, así que hay que seguirles la pista a nuestros personajes. El relevo de pluma lo podría tomar cualquiera. Esto puede ponerse mejor.

El texto sobre Molly Drake fue originalmente publicado por LaPopLife.com el 25 de febrero de 2013. El texto sobre Piano Van fue originalmente escrito para el mismo sitio, pero publicado originalmente en El Heraldo.

C/S.

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