Maravillas del mundo moderno: Young Marble Giants.

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Publicado originalmente el 1 de marzo de 2013.

Comienzo con una lista:

Rickenbacker. Bajo. Funk. Cassette. Medianoche. Radio. Ruiditos. Alison. Cogorza. Juventud.

Comento la lista:

Rickenbackers nerviosas. Líneas de bajo tornadizas que suben y bajan, basura funky, puro encanto. Zumbidos de cassetes borrados, ese ruidillo casi imperceptible marca registrada del siglo XX: nosotros aún esperábamos hasta medianoche a ver si aquella canción que nos enloquecía salía por accidente en la frecuencia modulada. Ruiditos, ronroneos, suspiros. Una chica llamada Alison. Alison como el café aquel donde nos emborrachamos por primera vez, como la canción de Elvis Costello que nos hizo llorar aquella misma noche. Alison como el nombre que, dijiste, le pondrías a tu hija si tenías una algún día y, si no, a tu guitarra cuando te compraras una (zurda, como todas aquellas vacas sagradas, porque la naturaleza te hizo así y qué más da si no te vas al cielo, es aquí donde hay que pasarlo bien.)

Y lo que sigue:

Han pasado varios años y muchas cosas han cambiado, menos lo esencial. Las canciones de aquellos veranos adolescentes y obscenos se han quedado para siempre. Lo mismo las películas (daban El Resplandor en la tele y te agazapaste detrás del sofá porque te cagabas de miedo) y los libros (tú Allan Poe y alardeabas, yo Salinger y me confundía aún más.) Muchas de esas personas se han ido, para bien y para mal, física y moralmente. Y aquí se ha quedado Final Day, incrustada en el cerebro y en el corazón y ya jamás se irá. Ya. Jamás. Se. Irá.

Vamos al grano:

Young Marble Giants. Nacieron a finales de los 70 en Cardiff, Gales. Tres sujetos, dos hermanos y Alison. Nombres: Philip Moxham, Stuart Moxham, Alison Statton. En algún momento de la vida Peter Joyce fue un Young Marble Giant y sentó las bases para el ruidito: ingeniero telefónico, construyó un aparato más steampunk que futurista que hacía bips y tut-tut-tús parecidos a los que hacía Brian Eno en el primer LP de Roxy Music. Pero él se fue y se quedaron los tres y se pusieron un nombre precioso que lo mismo hablaba de ellos (la juventud colosal) que de la Historia: estatuas griegas de hombres bien formados, forever youngs, marmóreos y eternos, inmortales y hermosos. Kouroi. Jóvenes gigantes de mármol. Carajo.

Young Marble Giants. Llamarles minimalismo, post-punk o lo que sea es minimizarles. Encerrarlos. Cuando nosotros les escuchamos por primera vez ya hacía dieciocho años que habían grabado lo que tenían que grabar y cada uno de ellos había partido por su lado. Nosotros no teníamos ni idea ni nos importaba: esa música que salía de aquel cassette era tan importante como la música que llegaría en quince años, como la que había pasado hace cuarenta y como la que llegaría en cien. Y, ¿sabes?, estábamos en lo correcto: han pasado quince años y Young Marble Giants sigue siendo esa cosa importante y no sólo por nostalgia: les escucho cuando quiero recordar, sí, pero también cuando quiero encontrar preguntas para las respuestas de la cotidianeidad.

Un poco de contexto:

Acerca de los YMG: dicen, he leído, que son muy importantes por esto y aquello. La verdad, no lo recuerdo. La verdad, no lo creo.

Acerca de mí, de nosotros, de mis panas y de nuestra vida: decimos que si tuviésemos que elegir canciones para morir con ellas y para con ellas ahí estarían, sin duda, Music for Evenings y Brand-New-Life y N.I.T.A. Y Choci Loni y Findal Day y Mr. Right y The Man Amplifier y Wurlitzer Jukebox y Colossal Youth. Que la voz de Alison Statton sigue poniéndome la piel de gallina como aquella primera vez que ya casi ni recuerdo pero que aún siento. Memoria de sangre: sentir, vivir.

Y para terminar la perorata:

Hay grupos más importantes, discos más vistosos, grupos fotogénicos. Qué bueno. Que lo sean. Total, cada quien construye una historia nueva y va siendo hora de llevar los fósiles a los museos, donde pertenecen: la calle es nuestra. Young Marble Giants, con sus Rickenbackers nerviosas, sus líneas de bajo tornadizas que suben y bajan, sus zumbidos de cassettes borrados, sus ruiditos y ronroneos y suspiros y Alison Statton, Alison Alison Alison, son mi música, nuestra música y nadie nos la va a quitar. Jamás. Carajo, jamás.

Un día aparecerá el nombre Young Marble Giants en las paredes de la ciudad. Y no seré yo, porque seré demasiado viejo para ello o estaré muerto. Pero sucederá. Y entonces todo irá mejor.

Exagero, tal vez. Exagero, no.

Sólo mira al horizonte. ¿Ves lo que yo veo? ¿No es sensacional lo que se ve a lo lejos? Ya no está tan lejos. Nos acercamos. No sé ni cómo, pero lo hacemos. Hay que estar listos.

Una para José Covarrubias.

Un gigante. Durante los meses que conviví con él a diario le daba un aire a David Crosby en su etapa más jipi y creadora. Así le decíamos: David Crosby esto, David Crosby aquello. Mi amigo Ulises le llamó héroe y nos recordó que a los héroes hay que atesorarlos, porque tenemos muy pocos. Mi amigo Don Camisa recordó aquella vez en que le mostró una hoja pautada llena de garabatos y José Covarrubias la convirtió en música. Mi amigo El Pablo mencionó la ocasión en que comparó a The Fall con Aranjuez sin problema ni complejo. Anaceci no puede evitar mencionar que descubrió que era una pequeña genio musical cuando él se dio cuenta de ello. Y yo, carajo, todo lo que sé técnicamente de música es gracias a él. José Covarrubias, músico entrenado, músico de veras, músico de los grandes, músico de esos que (puta madre) León sabe apreciar muy poco, se fue. Y es él quien me dijo alguna vez que no importaba que tomara tres acordes y le pusiera encima las palabras más burdas: lo importante era que todo saliera de las tripas y del corazón. Le hice caso. Le haré caso. José Covarrubias, chelista de conservatorio, sabía que lo que importaba no era llenar la hoja pautada de hormiguitas: con que hubiese cuatro o cinco puntitos, pero estuvieran en el orden adecuado, bastaba. Y si en lugar de moderatto, stacatto, presto o todas esas palabras italianas dijese algo como con huevos o con el alma, cagón hijo de puta en la esquina superior siniestra de una hoja musical, todo estaría bien. Él entendía eso. Han pasado varios años y ahora yo también lo entiendo. Y, carajo, la última vez que lo vi fue en un Sanborn’s (of all places) y cuando nos saludamos le avergonzó sobremanera que él sostenía en sus manos una Rolling Stone pero él no sabía que yo le iba a perdonar cualquier cosa por lo que había hecho en mi vida. Porque a mí, como a él (o a él, como a mí, quién sabe) lo que me importaba era La Música y todo lo demás podía (puede) irse al carajo. Te extrañaremos, José Covarrubias. David Crosby. Tipazo.

C/S.

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