Discos que importan: The High Llamas, Hawaii.

Publicado originalmente el 15 de febrero de 2013.

Hawaii es un puto discazo.

Listo. Podría quedarse todo allí. Pero, la verdad, merece la pena explorar un poco el mundo de los High Llamas. Una anécdota en apariencia inconexa: de niño yo solía ver un par de películas una y otra vez. Una y otra vez. Una. Y. Otra. Vez. No sé por qué. Pero algo había allí que me hacía ir descubriendo cosas y aprendiendo y construyendo cosas en mi cabeza cada vez que las veía. Hoy no las recuerdo en absoluto, pero seguro que mucho de lo que yo soy salió de allí. Esas cosas que construí soy yo. Yo.

Ligo la anécdota al tema de hoy: cada vez que me pongo a pensar en The High Llamas me pasa algo similar. No sé qué está sucediendo, pero quiero repetir la experiencia. Una. Y. Otra. Vez. Claro. Hawaii es un disco de setentaypico minutos y veintitantas pistas; uno difícil, vaya. O al menos así suena si te lo cuento, pero en realidad no te lo puedo contar, chica, porque qué son las palabras al lado de sonidos como esos.

Un poco de contexto: The High Llamas son el grupo de Sean O’Hagan, un irlandés que vive en Londres y que sólo sabe hablar mediante notas musicales. Su universo es uno en el que yo querría vivir para siempre si fuese posible porque entre sus planetas, además de los Llamas, están Stereolab, los Boo Radleys y Super Furry Animals. Tocó con los Beach Boys en alguna gira, qué más da en cuál; fue parte del grupo que acompañó a Arthur Lee en los 90. Chica, si yo pudiera me cambiaría por Sean O’Hagan y dejaría esta ciudad y a esta gente, pero la cosa no funciona así. Pitchfork no logra entenderlos: qué mejores credenciales que esas.

Pero volvamos a Hawaii: tercer disco de los Llamas, su gran obra maestra (junto a Beet, Maize & Corn, grabado con Mary Hansen de Stereolab antes de su penosa y repentina muerte), anomalía total en tiempos en que el britpop comenzaba a tomarse en serio, álbum larguísimo y rarísimo, jamás editado en México (hasta donde yo sé, al menos), se escucha bien como música de fondo en cualquier situación pero se escucha mejor con audífonos, a alto volumen, en una tarde de esas que cada vez escasean más y en las que no hay nada mejor que hacer que lo mejor que hay en el mundo: tirarse a escuchar discos.

En una primera escucha, Hawaii suena a los Beach Boys: Pet Sounds y SMiLE y Friends y Smiley Smile y Wild Honey y todos esos discos que forman otro universo a donde yo me mudaría. En la segunda, ya suena a The High Llamas. Que sí, suenan a los Beach Boys inevitablemente, como muchos otros grupos suenan a otras cosas. Pero ese no es el punto aquí. El disco va creciendo y creciendo, como un jodido virus que va apoderándose de un cuerpo hasta que virus y cuerpo son ya uno mismo y no alcanza a distinguirse ya entre uno y otro.

No exagero, carajo. Así son los discos.

Hawaii es, sí, Brian Wilson. Pero también es Van Dyke Parks, el Song Cycle pero a lo Pollock. También es Burt Bacharach y Antonio Carlos Jobim en sus mejores tiempos, eufóricos en una fiesta de cócteles con todo el perifollo encima, corbata de pajarita, Martini en la mano y dandismo puro. Y es, también, dadaísmo y James Bond; concretismo y barroco; California y Londres; el mejor viaje psicotrópico y el peor; un cuadro de Shag y uno de Rauschenberg y uno del Bosco, todos juntos y bien revueltos; es puro sol en una tarde sajona y lluviosa. Es una colección maravillosa de canciones y las canciones son las obras maestras de nuestro tiempo.

Hawaii es una fiesta en la que las letras parecen hechas con la técnica cut-ups de Brion Gysin y la música, sacada de un futuro mejor que liga con un pasado idealizado por los que vivimos en un presente arisco y antipático: capas y capas de órganos y pianos y xilófonos; banjos bandidos, raros ruidos electrónicos, muros de sonido, violines, guitarras timidísimas como suele no pasar en el pop, partituras que parecen una action painting, melodías que parecen el electrocardiograma de un soulie en anfetaminas en medio de una pista de duela, armonías que de ser palabras serían un poema de Keats, voces que podríamos recortar si fuesen papel y pegar en Smiley Smile si fuese cartón y aun así todo tendría sentido.

Es el caos. Y el sentido en el caos. Y el caos en el sentido.

Todos estos son pensamientos de hoy, chica, de hoy que decidí que después de hacer por horas cosas que no necesariamente quería hacer lo que debía era llegar a casa y escuchar una vez más Hawaii, título que conecta por supuesto con Brian Wilson y con un montón de cosas más (idiomas extraños, bombas atómicas, lluvias a mares sobre la avenida y té con croissant, lejanía, exotismo, paraíso, desencanto), para ver si encontraba sentido, para ver si aprendía algo en el sentido menos académico y más vital, para ver si lograba desatar esa ola de preguntas que siempre me hacen sentir vivo.

Pasó, por supuesto. Como sucedía con aquellas películas que veía de niño. Y los High Llamas se convierten un poco en mí y yo un poco en ellos y qué más da, así es esto de amar la música. Es vivir. Y no mucho más.

C/S.

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