Play from your fucking heart!

Publicado originalmente el 1 de febrero de 2013.

Iba a comenzar este texto adjetivando a Bill Hicks, pero me di cuenta a tiempo de que el recurso no funcionaba. Es simple: no puedo. Si lo hiciese, parecería que exagero o quizás me quedaría corto. Para hablar de Bill Hicks hay que buscar decir las cosas de la manera más sencilla y más elocuente, aunque uno se pierda en el camino, porque es lo que hizo él mientras vivió. Y es que estamos discutiendo, posiblemente, al más grande humanista de ese extraño lapso histórico que implica la transición de siglo y milenio y a una de las mentes más lúcidas de la modernidad; podría denominársele iluminado y profeta sin reparos. De hecho, él se veía como precisamente eso: un agente progresivo, un detonador de cambios de consciencia y de acción, un siguiente paso hacia la bondad y la paz en esa serie de calamidades y torpezas que insiste en llamarse humanidad.

Hablar de Bill Hicks es buscar y rebuscar ideas y conceptos, hundirse en un piélago de preguntas que sólo llevan a más preguntas. Esa, justamente, era su intención. Pensar a Bill Hicks es toda una escuela que no da títulos pero sí conocimiento y profundidad.

Y Bill Hicks era divertido, por si algo faltase. El más. El Más.

¿O quién creías que era Bill Hicks? ¿Un filósofo? ¿Un gurú? ¿Un activista? ¿Un poeta?

Sí. En disfraz de comediante stand-up, claro.

Bill Hicks era una ecuación improbable pero perfecta en la que cabían (viene una lista) Richard Pryor, Woody Allen, George Carlin, Lenny Bruce, punk, teddy boys, rock and roll estridente, anarquía, ecología, lo mejor de los Beats, psicotrópicos a granel, V for Vendetta (el cómic, la película nunca), la lucha por los derechos civiles, Vonnegut, Wodehouse y mejor diré “un largo etcétera” para que este texto quepa en la página viernesina del Heraldo de León y para dejar de inventarme tantas cosas. Hicks es, hoy, lo que Hunter S. Thompson debió ser y nunca logró porque le ganó el cinismo y la cobardía. Hicks también lo probó todo y sus más hondas revelaciones llegaron en medio de una cogorza: vine, bebí, vencí. Él sí. Porque Bill Hicks amaba el mundo, la vida y hasta a sus congéneres, a pesar de todo. Por eso es que decidió explorar eso que algunos llaman naturaleza humana y llevar su búsqueda hasta las últimas consecuencias. ¿El mito de la caverna? Si quieres ponerlo así, va bien. Ahí está Bill Hicks como personaje, si lo quieres. No desentona.

Hicks era una máquina de escupir verdades. Eso hacía: las escupía. ¿Escribir un libro? ¿Grabar un disco? ¿Pintar un cuadro? Habría sido bueno pero, hey, esto era realmente urgente así que salió a la carretera a decir lo que tenía que decir. Se plantaba frente a cien tipos en la Universidad de Nosequé y luego ante tres en un club mugroso para tomar bus a Canadá y así, un libro itinerante de clarividencia y sabiduría vestida de negro como Johnny Cash. Y además, carajo, uno se reía al escucharlo. Vaya que se reía.

Conjugué mal: vaya que se ríe. Ahí tenemos, por ejemplo, Relentless, un vídeo que se grabó en Montreal en 1992 y que es tan vigente hoy como en aquella ya lejana fecha. Pasarán cientos de años y seguirá igual de vigente.

Ojalá que no fuese así, sin embargo. Por más que amo a Hicks, sería genial que pasara de moda, que lo que dijo ya no tuviese sentido, que sus palabras fuesen palabras y nada más, porque eso significaría que el mundo es ya un lugar mejor.

¿Y a qué viene a cuento un comediante que, además, ya está muerto? ¿Por qué hablar de un gringo chalado que vio más cosas que nadie en una columna sobre música? Porque entre  nuevos singles de los Strokes y un bombardeo nada sensible de información inútil sobre “eso que se supone que es música” conviene rescatar un pedazo de uno de los monólogos más brillantes de Hicks (y aquí un paréntesis: el “eso que se supone que es música” no lo digo –o al menos no intento decirlo– desde un plano dinosáurico; es, simplemente, que el círculo vicioso del “negocio musical” –ugh– está realmente mareando a más de uno y esos más de uno están, por fortuna, ya buscando una salida necesaria para, al menos, regresar a ese estado de la música en que la sorpresa genuina es posible.)

En este monólogo (que se puede encontrar en YouTube, por supuesto) Hicks habla del estado de la música a inicios de los 90. Las cosas no han cambiado tanto. Pero esa no es la cuestión. Ni siquiera la queja sobre lo nocivos que son los grupos blanditos, ni esa idea romántica e inapelable de que la música es lo máximo a lo que se puede aspirar como ser creativo, es tan esencial como eso que pide Bill Hicks a cualquiera que haga música o al menos lo intente: play from your fucking heart. Toca, canta, desde el jodido corazón. Si no, no vale. Todo lo demás es prostitución de la peor. ¿Cuándo la banalidad y la mediocridad se convirtieron en cosas aceptables (y, peor, deseadas)? No tiene caso hacer música –y cualquier otra cosa, si a esas vamos– si no lo haces desde el puto corazón. Mejor no hacerlo.

Mejor no hacerlo.

Play from your fucking heart. No hay otra manera. Y no lo dice cualquiera: lo dice Bill Hicks. ¡Es que, con un carajo, no hay caso en hacer algo si no lo vas a hacer con pasión, con las tripas, con amor! Con amor. Si la música ya te dio cosas, devuélveselas y multiplícalas. Play from your fucking heart. Honra este jodido suelo que te vio nacer. Olvídalo: no serás grande ni famoso ni carne de cartel; ni lo pienses; toca, canta, desde el maldito corazón.

De otro modo sólo estás chupándole el bálano al diablo.

C/S.

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