Maravillas del mundo moderno: BMX Bandits.

Publicado originalmente el 25 de enero de 2013.

He pasado años pensando y sintiendo y haciendo anotaciones y persiguiendo discos y canciones y siendo más fiel a mi obsesión que a nada más porque, hey, no puedo hacer ni ser de otra manera. He estado aquí y allá, me he hincado como un devoto en tiraderos y bazares y tiendas de discos buscando La Próxima Cosa Grande y encontrando muchas Próximas Cosas Grandes. He ganado (o, para muchos, perdido) vida desperdiciando tiempo en elucubraciones pop que van a ningún lado y a todos, carajo: a todos porque así lo decidí.

Amo el cine con una pasión distinta en forma, pero no en intensidad; si tuviese que narrar mi búsqueda en la pantalla de bronce habría un gravísimo problema con la banda sonora. Habría, eso sí, pocos grupos recurrentes en el tracklist. Uno de ellos, sin duda, sería BMX Bandits.

Amo las canciones y las historias y poca cosa hay para mí fuera de ellas. Y BMX Bandits (y en específico, su mente maestra, que responde al nombre de Duglas T. Stewart) tiene todo eso. De hecho BMX Bandits más que un grupo o un proyecto es una recopilación insana de obsesiones y referencias cruzadas y una colección formidable de canciones que podría nutrir de emociones a seiscientas cincuenta generaciones futuras si es que el futuro se decide a llegar algún día.

Un día intenté hacer un mapa del universo de Duglas T. Stewart y la cartulina me quedó demasiado pequeña (como, inevitablemente, resultará con este texto.) Recuerdo que, en un intento de aclararlo todo, escribí con letras grandes en marcador grueso la palabra Escocia y luego puse ‘Brian Wilson’ en letras más pequeñas y cursivas, como de primaria, porque el beach boy siempre me ha remitido a los episodios más felices de mi infancia (no preguntes) y es influencia directísima de todo lo que hace Stewart y tal vez sólo Serge Gainsbourg (nombre que escribí con tinta azul) es más importante en la historia de los Bandits que Wilson. Quién sabe.

En el mapa había nombres en letras grandes, nombres de grupos que yo amaba y que no pude haber amado sin haber amado antes a los Bandits o que me llevaron directamente a ellos, ya no recuerdo. Teenage Fanclub y The Soup Dragons eran dos nombres grandes de los que salían flechas que parecían el cabello de un joven Esteban Cisneros pelilargo recién levantado (a las 12 del día) y que apuntaban hacia cualquier parte. Seguían más nombres que podrían fácilmente hacer una Gran Enciclopedia del Pop: The Vaselines, The Primary 5, The Pearlfishers. Estaban los Gigolo Aunts porque hicieron una versión de la gigantesca Serious Drugs y Oasis porque fueron los abridores de aquella gira de los Bandits y por supuesto Alan McGee y había una lista gigantesca que bordeaba el firmamento pop: de Kurt Cobain a Michel Legrand, Duglas T. Stewart y los BMX Bandits lo abarcaban todo.

No sé si estoy perdiendo el punto, el centro, pero qué más da. Es que esto de intentar poner adjetivos a historias que se cuentan con acordes puede ser agotador e inútil y, a veces, vale más la pena contar lo que sucede alrededor de esos sonidos para no ahogar las referencias, señor Barnes. Muchas de mis historias suceden ahí en ese perímetro, dentro de ese mapa que intenté (torpe e ineptamente) en aquella cartulina. ¿Qué caso tendría ponerle cientos de adjetivos a la música de los Bandits o de cualquier otro cuando, tal vez, lo único que quiero es encontrar sentido y salvarme de la entropía universal, aunque sea por los breves minutos que dura una canción?

De eso se tratan los Bandits, carajo: dar play a Kylie’s Got A Crush On Us es salirse de este mundo tan jodido por unos segundos, que todo sea goce y candidez, que todo esté bien y que la añoranza del vientre materno se vaya un rato, aunque sea, y hasta este jodido frío (o este jodido calor, depende del hemisferio, somos especialistas en la insatisfacción) se convierta en la cosa más acogedora y sensata del mundo.

Duglas T. Stewart no es una superestrella ni debería serlo. Es un personaje tan vital que podríamos compararle con ese escritor que, sin conocer su cara, nos dijo verdades en la jeta y nos dejó plantados en una banqueta, noqueados y estúpidos, tras leer sus letras. Los artistas de verdad hablan con sus lienzos, los escritores con sus textos y ambos confían en materiales perecederos y frágiles; los músicos de verdad están en una posición dificilísima, porque dependen del  aire y de la memoria, de los oídos y corazones ajenos, y Duglas T. Stewart, con su voz que prescinde de exageraciones e inflexiones necesarias porque, carajo, para qué, ha logrado comunicarse con no tanta gente pero sí de un modo tan profundo que cala: se ha erigido en un Sujeto Que Tiene Cosas Que Decir. Tal vez si estuviésemos en otro siglo se le consideraría un profeta o algo así.

He pasado años buscando una respuesta. Sé que nunca llegaré a una que me deje tranquilo y, si soy sincero, no quiero que pase, porque el día que encuentre me muero y, la verdad, con tantos discos que escuchar y tantas películas que ver y tantos libros que hacer como que leo, necesito de tiempo. Tiempo. Pero la respuesta ha estado peligrosamente cerca con los BMX Bandits. Son sólo un grupo pop, dirá más de uno. Pues sí, ahí está el quid del asunto, mi amigo. Justo ahí.

La respuesta está en el aire, en forma de ondas electromagnéticas. Por suerte, nuestro cerebro y nuestro corazón puede decodificar ese tipo de mensajes. Hagámoslo. Yo ya estoy en eso. Llevo años de ventaja a unos, años de desventaja a otros. Pero estoy tranquilo porque ya estoy en eso. Voy en camino.

C/S.

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