El efecto (Fats) Domino.

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Publicado originalmente el 18 de enero de 2013.

Esta generación impresionable está malacostumbrada; no sabe que hay cosas que no son efímeras, que no son inmediatas, que los tatuajes también van en el alma, que tenemos todo el derecho a emocionarnos y a emocionar: no se trata de tener quinientos cuarenta y dos mil trescientas setenta y seis canciones fantasma en un reproductor de mp3, tal vez sólo se trata de tener un himno vital. Uno.

Esta generación se muere de nada y se cree que realmente está cambiando algo en el mundo pero se queda estática pensando que el mundo está afuera y no adentro de todos; de cualquier modo para cambios dramáticos, Sr. Chomsky, ahí tenemos la Historia: la introducción de desagües o las migraciones (invasiones) europeas de hace cinco siglos son cuentos más profundos. Esta generación necesita héroes y ha encontrado algunos falsos en la ironía y en el desarraigo, pero no son de verdad. Que, por favor, se haga a un lado Chuck Norris y cualquier otro personaje carne de meme que hoy le toca pasar por estas letras a Fats Domino, un héroe de verdad, un tipo duro, un sobreviviente; que se haga a un lado todo el mundo porque –además– Fats Domino necesita de un buen espacio para caber: un hombre grande y un gran hombre.

Sin Fats Domino la música que conocemos (es decir, el mundo que conocemos) no sería igual. Uno lo ve y no se lo cree: este ser humano de ciento y no sé cuántos kilogramos, bigote chulesco y peinado improbable es, de verdad, una piedra angular de la música popular. Sus canciones trastornaron al universo y lo pusieron a menear el culo desde 1949, año en que salió su primer single, el imprescindible The Fat Man, para Imperial Records, casa disquera en la que grabó obras maestras que durarán para siempre. Todos y cada uno de los músicos relevantes (que no famosos) que le siguieron fue porque sus huellas eran gigantescas. Y, mejor aún, iban por el camino adecuado: el efecto Domino.

Nació en Nueva Orleans, otra de las Grandes Ciudades de la Música. Su lengua nativa era el francés criollo, aunque siempre se expresó mejor con música. Su padre era violinista y su tío un competente ejecutante del naciente jazz; Fats sucumbió inevitablemente al ritmo de la síncopa y a los sonidos del Lower Ninth Ward en el que creció y vivió. Aprendió a tocar el piano aprovechando sus dedos regordetes para deslizarlos como nadie podía: para qué ser un finolis del teclado cuando aporrearlo y tocarlo al estilo boogie-woogie era más divertido y volvía locas a las chicas que se aventuraban a salir de sus casas para ir a los sudorosos clubes a escuchar esa nueva música del diablo y a bailar.

Con su compinche y socio Dave Bartholomew, otro criollo de Louisiana que se mantenía en pie a base de boogie y comida cajún, compuso grandísimas canciones que llegaron a lo alto de las listas y que, más importante aún, moldearon al Nuevo Mundo (uno que, por cierto, aún no se ha logrado, porque hay demasiados retrógradas trabajando) con tres, cuatro o cinco acordes y no mucho más. ¿Se necesita otra cosa para hacer una gran canción?

El trabajo rinde frutos casi siempre (esta maldita ciudad tiene un lema acerca de ello, carajo, la cosa es que no nos la creemos) y en 1955 logró ingresar a las listas pop con Ain’t That A Shame, una de las canciones que representarán a la Humanidad cuando todo esto acabe o comience, a estas alturas ya nadie sabe. A partir de ahí la leyenda que se había construido en oscuras y grasosas esquinas pasó a ser de dominio popular. Nadie la iba a detener. Nadie la ha detenido incluso hoy, porque aunque parece que nadie habla de Fats Domino hoy, los subterráneos, las cloacas y las esquinas oscuras de hoy lo evocan en cada enunciado que se pronuncia, en cada golpe que se lanza y en cada canción de batalla que se canta: no habría canciones de batalla para el siglo XXI sin él y otro puñado de lobos que regresaron del futuro sólo para advertirnos qué había allí. Les hemos hecho un caso nulo y estamos pagando las consecuencias; más nos valdría escuchar.

Fats Domino hizo bailar a más gente que cualquier insulso dejota actual. De veras. Y ahí va un argumento para las chicas obnubiladas que esgrimen este tipo de argumentos: este tipo gordo y maltrecho tiene más hits en la historia del Top 40 que [casi] nadie, incluso más que tu artista favorito; como solista sólo Elvis le supera y algunos de los discos de Elvis eran lamentables y aunque Fats Domino grabó algunos desastres, siempre había algo que rescatar de ellos: pasión, furia, libido, euforia, llámalo como quieras. Fats Domino podía cantar una canción sobre arroz con mariscos, pimienta y carne y convertirla en uno de los grandes hits del mundo que conocemos; Fats Domino podía tocar la misma canción con distinto nombre y se la comprábamos aún antes que los Ramones hicieran carrera con la fórmula; Fats Domino podía hacer lo que quisiera porque era un puto genio. Transformó la música entera con sus grabaciones para Imperial. Cuando esta quebró, pasó por ABC, Paramount, Mercury, Broadmoor y Reprise. En todas dejó canciones brillantes, propias o ajenas. Y entre canción y canción, historias: una reyerta aquí, una negativa para moverse de su barrio allá, ron y pastel de riñones, una garganta privilegiada y diez dedos carnosos sobre unas teclas de ébano y marfil. Fats Domino, damas y caballeros.

El gran creador hizo su carrera y desapareció por muchos años. Quién no lo haría. Total, en su catálogo (y en el de nadie más) hay títulos como Jambalaya, I’m Walkin’, I Hear You Knocking, Blueberry Hill, Blue Monday, My Girl Josephine, Be My Guest, Walkin’ To New Orleans, su personal versión a When the Saints Go Marchin’ In, There Goes My Heart Again y, carajo, si siguiese llenaría todas las páginas que usted sostiene en este momento y posiblemente sufriría usted un vahído de muerte. Por eso me detengo, sólo por eso.

Sus historias no terminan (ni terminarán) allí. De hecho, hay una que en 2005 me hizo llorar como ninguna plañidera ha podido hacer en funerales forasteros. Fats Domino siempre renegó de otros lugares que no comenzaran con New y terminaran con Orleans porque allí estaba su gente y en ningún otro lado preparaban la comida como en su pueblo y salir de gira era un gran dolor de cabeza y de panza entonces para qué salir siquiera de casa. Su esposa Rosemary era de la misma idea y, por si fuese poco, estaba muy enferma cuando el pinche huracán Katrina tocó tierra. Domino decidió quedarse en casa (con su chica, septuagenaria pero eterna jovenzuela.) La catástrofe en su barrio fue tal que cuando bajaron las aguas alguien pintó un grafiti en su casa extrañamente vacía: descansa en paz, Fats; te extrañaremos. Pasaron días y días y las autoridades de Nueva Orleans lo daban por muerto. Cuando escuché la noticia fue como si me hubiesen dicho que había fallecido (de nuevo) mi abuelo. Pero dos o tres días después fue rescatado flotando en una tabla. Su familia sobrevivió. Aunque perdieron todas sus pertenencias, fueron llevados a un refugio. Ha, desde entonces, actuado algunas veces más en vivo y sigue tan lúcido como siempre. Su música vieja sigue regresando al primer plano del pop una y otra vez con un pretexto u otro. El efecto Domino es perpetuo. Qué bueno.

Esta generación impresionable está malacostumbrada, pero no está perdida. No ha encontrado a sus héroes, pero no están tan lejos de lograrlo. Hace falta, tal vez, girar la mirada a un pasado que nos han hecho creer que es lejanísimo, pero en un mundo civilizado de cientos de miles de años, un pasado de siglo XX es absolutamente nada. Hay que voltear hacia allá porque, en realidad, los grandes héroes del XX eran (son) lobos que vieron el futuro (nuestro presente) y gritaban señales para que encontrásemos caminos. Sólo hace falta escucharlos, aunque Ellos, los de arriba, los cerdos, los que llevan una corbata que les irrita el cuello, no quieran que lo hagamos. Con más razón, hay que aguzar el oído y abrir el corazón. Corazón, carajo. No es una palabra tabú, créanme. Corazón, que hace falta.

C/S.

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