Mis discos de 2012.

Publicado originalmente el 4 de enero de 2013.

Ahí voy de nuevo. Y de memoria. La lista no pretende ser definitiva. Está, de hecho, inconclusa. Como todas las listas. Estoy seguro de que olvido discos, de que descubriré grandes álbumes de 2012 después de 2012 y que esto sólo es una manera de adaptarme para crear sentido.

Que sirva esta lista como un mapa. Un mapa hacia “algo.” No sé. Un plan de ruta de 2012, revisado por un capitán más viejo, aunque no estoy seguro que más sabio.

Un disco sí gana en este año que pasó. Lo amé más que a ninguno:

Dexys: One Day I’m Going to Soar.

El disco del año. Mi grupo favorito. Gracias, Kevin Rowland. Gracias, Dexys.

A partir de aquí, sin jerarquías:

Allah-Las, Allah Las.

Posiblemente mi grupo de guitarras favorito del año. Ya hacían ruido con sus primeros singles y el LP cumple con creces. Garaje californiano de calidad: no acepte imitaciones. Perfecto para road trips y tardes de birra. Una maldita pasada, caballeros. Una maldita fiesta, chicas. Estáis todos invitados.

Brian Jonestown Massacre, Aufheben.

Soy parcial, siempre, con Anton Newcombe y su BJM. Siguen haciendo el mismo disco desde no sé cuándo, pero funciona. Capas de ruido, psicodelia dura, punk con botas vaqueras; su filosofía anti-mainstream sigue funcionando y, la verdad, no les pido mucho más. Entiendo a sus detractores, pero más a sus incondicionales porque prefiero clavarme con algo. Si no, de qué sirve la vida. Un ábum más para el creciente catálogo de los BJM.

Deacon Blue, The Hipsters.

La canción titular fue banda sonora de muchas escenas personales en este año: noches eufóricas y mañanas lamentables, viajes excitantes y trayectos dolorosos. Debería ser un himno, no sé de qué, pero debería. De algo hermoso eso sí. Deacon Blue regresó de un larguísimo hiato del modo más triunfal: emocionando a sus seguidores siendo fieles a su estilo pero renovándose con elegancia. Uno de mis 5 del año.

Death by Chocolate, Bric-a-Brac.

Es difícil que un proyecto como Death by Chocolate alcance las masas. Devota de los desvaríos sydbarretianos, Angie Tillet lanzó nuevo disco, libre totalmente de ironía, abrazando sin ambages un estilo pasado, anti-modernillo y muy particular. No tiene que hacerse la interesante, porque ya lo es; Bric-a-Brac es la continuación de sus dos anteriores discos: teclados lisérgicos, rimas infantiles, Swinging London y buena onda. Una maravilla, pues. No hay que dejarlo pasar.

Bill Fay, Life is People.

Cántenos otra, Bill Fay. Regreso inesperado pero reconfortante, el suyo. Parecía que entraría al terreno de los Bartlebys de la música, que de él ya no habría más que silencio, pero no. Somos afortunados. Entre necios revivals y giras de nostalgia, llega un verdadero artista que (os voy a dar una pista) nos entrega verdaderamente un gran nuevo disco, cálido y con algo qué decir. Dylan, aprende. Gracias, señor Fay.

Lee Fields & The Expressions, Faithful Man.

La primera vez que escuché Faithful Man, la canción emblema de Lee Fields, me paralicé y casi me pongo a berrear como infante perdido en una multitud; casi se me caen los pantalones, el cabello y el corazón. Esto es soul, con la lección del pasado bien aprendida y la mirada en el futuro. Lee Fields es sinónimo de música con alma.

Jacco Gardner, Clear the Air.

Estoy hacienda trampa: este no es un LP, sino un 7”. Pero como si lo fuera. Si algo recordaré de 2012 es a Jacco Gardner, sicótico al teclado y háganse todos a un lado. Todo lo que amo de la música está en este disquito de dos temas. Todo. Si quiere usted música vibrante, no busque más.

Gentleman Jesse, Leaving Atlanta.

Si les digo que es un disco personalísimo sobre pérdidas, muerte y sobre tener que dejar atrás el lugar en que naciste, lleno de nostalgia, para buscar una vida mejor, seguro pensarán en música oscura y lánguida. Pero, hey, es Gentleman Jesse, el amo del powerpop: tranquilos. Leaving Atlanta va de perder, pero con estilo y ruido, con ritmo y precisión, con la puta cabeza en alto y gritando y bailando, que es lo que queda. Un álbum para los tiempos que corren.

Hidrogenesse, Un dígito binario dudoso. Recital para Alan Turing.

Bellísimo por donde se le vea: la idea del homenaje a Turing ya es por sí importante, pero la música es portentosa. Gran electrónica española de uno de los grupos más relevantes del pop ibérico. Tremendo.

Jonston, Veo visones.

Psicodelia fina, ecos de The Kinks, letras chaladas, humor y pop. Un maldito discazo de este majara español que sigue haciendo de las suyas cada que quiere. Veo visones se convierte en un disco distinto con cada escucha con el común denominador de una euforia que pone la piel de gallina. Ah, carajo, me encantó.

Damien Jurado, Maraqopa.

No me vengas con el argumento de que “no es el mejor disco de Damien Jurado” porque enfurezco. Damien Jurado no se trata de eso. Lo de él son las canciones íntimas, los mundos interiores, las noches oscuras. La lógica Sgt. Pepper no funciona aquí. Y Maraqopa es uno de mis discos del año porque soy parcial ante Jurado y porque es una gran colección de temas. A mí me parece suficiente.

The Kik, Springlevend.

Está bien, no es un discazo. Es más un pastiche sixties que un disco serio pero, ¿sabes?, justo por eso está en mi lista. Humor, nostalgia, frenetismo, guitarras afiladas y melodías Merseybeat anacrónicas para el siglo XXI. Discos así nunca llegarán a las listas de la Rolling Stone y otras dudosas publicaciones. Para qué. Fuck art, let’s dance. Diversión garantizada con los Beatles holandeses: The Kik.

Michael Kiwanuka, Home Again.

No tenía idea de él hasta hace poco. Pero no ha dejado de sonar en su humilde casa. Soul con guitarras acústicas, con clara influencia de Bill Withers y Terry Callier. Michael Kiwanuka tiene mi dinero, seguro. Y el de mucha gente, ojalá. Me gusta que el soul esté reviviendo de este modo, discreto y genial. Ya le tocará tomar el mundo, de nuevo. Espero vivir para verlo.

Saint Etienne, Words and Music by Saint Etienne.

Llámame lo que quieras, pero este tiene que estar en mi lista. Es un disco sobre discos, sobre crecer, sobre música que define tu vida, sobre historias de calle y de habitación. Y es Saint Etienne, así que no me vas a convencer de lo contrario. Para mí, siguen tan finos como en 1991. Fascinante.

Tenniscoats, All Aboard!

Sacaron dos discos este año, pero elegí este porque fue el primero que escuché y porque me acompañó muchas veces mientras escribía. Son el cruce perfecto entre Japón y la música pop de guitarras de occidente. Muchas guitarras acústicas, estribillos pegadizos, dulces melodías. Un disco como para estar en casa.

Scott Walker, Bish Bosch.

Miren, si Scott Walker saca un disco va a estar en mi lista sea como sea. Punto. Bish Bosch es difícil. Llegará 2014 y seguiré intentando descifrarlo, si me atrevo. Hay que tomar en cuenta que Walker es un hombre del siglo 30, así que ha visto cosas que nadie de nosotros imagina. La pieza central del álbum se llama SDSS14+13B (Zercon, A Flagpole Sitter), dura 21 minutos y hay silencios raros, vocalizaciones infernales y un ambiente que da más miedo que pasar por un callejón oscuro en la madrugada. El disco se titula así opr Hyeronimous Bosch, pintor holandés de los 1400. Y podría seguir hablando de Bish Bosch, pero seguiré sin entenderlo.

Nick Waterhouse, Time’s All Gone.

Nick Waterhouse es el puto amo, he dicho. Finísimo R&B para una vida mejor. Este sujeto escuchó los discos adecuados, eligió a los músicos adecuados y firmó varias obras maestras: todas caben en un disco de dos caras. Lo clásico será siempre moderno. Time’s All Gone es de lo mejor de 2012. Historia pura.

Bobby Womack, The Bravest Man in the Universe.

2012 fue un año de regresos espectaculares, pero este le ganó a (casi) todos. El soulman grabó un impresionante disco con ayuda de Damon Albarn y Richard Russell; (casi) todas las canciones funcionan, emocionan, hacen mover los pies y latir las entrañas. Así suena un sobreviviente. Discazo.

¿Cuáles son tus discos de 2012?

C/S.

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