Canciones de crecer.

Publicado originalmente el 16 de noviembre de 2012.

Soy viejo pero, por suerte, no tanto. Tuve que soportar algunas tonterías de fin de siglo pero, a la vez, pude vivir a The Libertines y a The Streets en pleno. Me enamoré, desenamoré y lloré con sus canciones y gracias a ellas. No pido más. No puedo pedir más.

Pero hoy, en medio de una convulsa sucesión de hechos que, a lo Pànic Orfila, a lo Jimmy Cooper, me tienen al borde del acantilado y sin más que el instinto y lo (bien o mal) aprendido, recuerdo. Recordar es inevitable. Y, diría Héctor Gómez Vargas, sensei, necesario.

Y mis recuerdos con los míos, con mis panas, con la gente que me importa tienen que ver siempre con música y canciones. Lo siento. Así soy de predecible.

Ya deberías de conocerme a estas alturas.

En los tiempos difíciles, hay que recordar. No puede evitarse, por tanto, hay que traer esas memorias de regreso, para que –al menos– uno pueda adaptarse para crear sentido en un  mundo insensato.

Por suerte, mis remembranzas están llenas de canciones. Y, como un portal temporal (y que se joda el Doc Brown), sólo debo ponerlas a sonar para ser un tiemponauta.

The Libertines, I Get Along.

Cualquier canción de estos cuatro lelos me vuelve loco incluso hoy. Pero si regreso unos años y recuerdo Las Grandes Épocas (la Banca, el Subsistema, la mafia italiana) es imposible no pensar en mis mendas y yo, todos lelos y huyendo de patrullas de tránsito porque llevábamos material comprometedor en la guantera del auto mientras escuchábamos a los Byrds o a los Gin Blossoms en cassette (era el único modo) y viviendo y follando y siendo todo lo que nacimos para ser: jóvenes impecables, trajeados, con pulcros peinados e ideas de revolución. ¿Lo mejor? Nuestra revolución a pequeña escala funcionó y aún hoy veo vidas que fueron cambiadas por esas grandes épocas convulsas llenas de ¡epas! y de escupitajos en la pared y de monedas de diez con nombres propios lanzadas a una banca de madera (que se joda la rayuela) cuyas tablas decían dos palabras: el zurdo, así, sin mayúsculas ni agregados inútiles. El juego estaba instaurado y lo mejor era jugar lo más posible mientras hablábamos de discos de los Buzzcocks y de Peter Sellers. De eso se trataban nuestras tardes. Cuatro o cinco amigos sobreviven. Beberse decenas de amargas con ellos debería considerarse un ritual. Kirie eleison o como se diga eso. Esta es mi religión: la música, la Banca, los grandes recuerdos. Tres acordes, tócalos bien, a buen volumen. Diviértete. Por cierto, cuando poníamos ese EP de los Libertines y chocábamos unos con otros, cabeza con cabeza, hombro con hombro, y nos llenábamos de moretones, cantábamos nuestra propia versión del coro. ¿I get along? ¡Para nada! El coro verdadero, para nosotros, decía “ay, qué calor.”

Chas’n’Dave, Harry Was a Champion.

Había un montaje musical más complicado y sentimental que uno de Bob Fosse y éramos mis panas y yo haciendo de Chas’n’Dave como lelos. Tirantes, sombreros, pantalones a los tobillos y barbas que aún no salían pero que dejábamos crecer para parecernos a los cockneys rebeldes. El montaje tenía su dedicatoria y todo. Una vez lo intentamos ante una chica que era todo para nosotros. ¿El resultado? Nos aplaudió. Salió conmigo. A la fecha me escribe cartas desde el otro lado del mundo. Todo gracias a Chas’n’Dave, cracks.

La Mode, Mi dulce geisha.

Por azares del destino (jamás creí que diría esa frase) una japonesa entró en nuestras vidas y, más allá de dedicarle e Turning Japanese, nos poníamos a bailar vals con ella en borracheras sureñas. Un buen día (noche, en realidad) me topé con ella en mis brazos, ambos con ganas de bailar hasta morir y, de repente, sonó La Mode. Mi dulce geisha fue sumamente amable. Tenía los ojos oblicuos y sonreía cuando miraba. Me hablaba de paseos bajo el Fujiyama, sobre su hermano amante de Mishima y sobre su conducta amorosa.

The Beatles, Let It Be.

De guasa, claro. La peor canción de los Beatles. La cantábamos ya demasiado beodos y sardónicos. La menciono sólo porque era recurrente.

Toots & the Maytals, 54-45 was my Number.

La mejor fiesta de nuestra vida culminó con esta canción. La sensación al oírla de nuevo debe ser la misma que los que estuvieron en la última noche del Wigan Casino y escucharon Long After Tonight is Over. Vértigo.

Thee Unstrung, Contrary Mary.

Poptones, guitarras, underground. Si no terminábamos todos abrazados cantando el coro (“meeeeeerri, meeeeerri, yugüeról güeys cuancon trarimérri, uo, ooooh”) entonces no había fiesta. Qué importa que no tuviese armonías complejas ni temas superiores como los lerdos de Pink Floyd. Callejear, follar, andar curdo por allí, eso era lo que importaba.

Continuará, supongo.

C/S.

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