Gente que me gusta más que Dylan.

Publicado originalmente el 23 de noviembre de 2012.

Dylan está muy bien, supongo. Pero hay gente que me gusta más. Es así de simple, no hay más follón. ¿Continúo?

Tim Hardin.

Si Dylan es relevante, Tim Hardin qué será. Artista del top 40, compositor de standards incuestionables, sensible, sufrido, de biografía interesante y sórdida como para lectores de obras finas y lectores de tabloides sin distinción. Canciones emocionantes por doquier. Su catálogo ha sido gritado por laringes impresionantes (The Four Tops, Small Faces, The Carpen), nombres que pesan (Johnny Cash, Joan Baez, Paul Weller, Echo & the Bunnymen), artistas de tradición y masiva exposición (Bobby Darin, Rod Stewarerst, Astrud Gilberto, Robert Plant), hit-makers (Helen Reddy, Bob Seeger, Ricky Nelson), arriesgados (The Dream Academy, Lloyd Cole, The Nice, Gandalf) y auténticos genios (Scott Walker, Nico, Leon Russell, The Byrds.) Me he cansado de tanto enlistar. Como sea, Tim Hardin es uno de los grandes compositores de todos los jodidos tiempos. Incluso si sus canciones no hubieran sido tan versionadas. Basta poner un disco de él, casi (casi) el que sea, pero en especial sus primeros cuatro o cinco, y todo en el mundo está bien. Todo en el mundo está bien.

Rodriguez.

No puedo decir mucho más de Sixto Rodriguez. Cambió mi puta vida desde siempre y, ya, es como irle a un equipo de pelota: es una obsesión que dura para siempre, que uno asume y listo, se queda. Lo que sigue es rendir culto pase lo que pase: descensos, juegos importantes tirados al cesto al minuto 2, glorias gigantescas. Soy Team Rodriguez, pues. Pocas personas han hecho tanto con tan poco: dos discos que salieron hace cuarenta años, que fueron olvidados e ignorados por treinta, y que han surgido de las profundidades cual Cthulhu para reclamar lo que es suyo. Es que no sólo ha escrito las canciones más bonitas del mundo, también tiene una historia que retuerce las tripas y que hace creer al más escéptico. Si me lo vendiesen como el profeta de una nueva religión, me unía sin pensarlo.

P.F. Sloan.

Otro caso del tipo que ha vivido a la sombra de sus intérpretes. Mejor. Así ha podido hacer lo que le place. Los años 60 que entendemos como maravillosos y casi utópicos no habrían sucedido sin él. Deja de lado los greñudos de siempre, que a P.F. Sloan le cantaron (además de él mismo, claro) los Grass Roots, los Turtles, Herman’s Hermits, the Rokes, Mamas & the Papas, Jan & Dean, Johnny Rivers, Fifth Dimension, los gafapastas The Searchers y Barry McGuire, que logró el mayor éxito de su carrera con Eve of Destruction, un obligado en cualquier recopilación cutre de los grandiosos 60. Él mismo se hizo una carrera como intérprete y productor y, vamos, pocas veces fallaba. ¿Un gran recuerdo con una canción de P.F. Sloan? Uno que ya nadie me arrebata: bailarlo, totalmente ido, aquella noche en que Javier “Ecos de Sociedad” Morales visitó León. Pinchó discos en un lugar bonito que ya no existe y Halloween Mary es un himno desde entonces. Incluso hoy siento mariposas en la panza.

Nick Drake.

Nick Drake murió por nosotros, carajo. Sus discos, en especial Pink Moon, han acompañado mis más grandes tristezas desde que mis más grandes tristezas comenzaron. Y todo tiene sentido en un disco de Nick Drake. Hasta lo peor. Hasta lo peor.

Roy Harper.

Pura maldita poesía, Roy Harper. Lo mejor de Woody Guthrie más lo mejor de Miles Davis más lo mejor de Keats más lo mejor de los Beats más una guitarra que casi canta a dueto con él y, mendas, tienen un héroe atemporal. Amiguitos: sus idolazos tenían idolazos a su vez y todos, todos, admiraban a Roy Harper. Los Zeppelin le compusieron una canción, los Pink Floyd vivían envidiándole (y le invitaron en alguna ocasión a grabar con ellos) y los Who habrían amado tener menos compulsión a hacer ruido para ser un poco más como el señor Harper, amo. Su vida ha sido una historia de religión, libros, terapia electroconvulsiva, vagancia, miseria, poemas, canciones folk tradicionales, teatros repletos de oro, alucinaciones frente a las que las de San Pedro quedan como visiones de teporocho en borrachera de barrio en un martes por la noche, vindicaciones y reivindicaciones, experimentos y cinco dedos llenos de callos. La primera vez que escuche Freak Street me volví loco. No me he repuesto.

Phil Ochs.

Lo suyo no era canción protesta, sino topical song. Este creía que la tradición del bardo que dice verdades no debía morir ni siquiera por el absurdo sueño del rock and roll: hablar de las cosas que sucedían allá afuera. Usando esa hipotética frase de moda, si Phil Ochs fuese mexicano sería el puto amo de los corridos revolucionarios. Pero mejor. Además, tenía sentido del humor y, seguro, podía ponerse unas gafas con las que podía ver las cosas como realmente eran. Esto era el folk, por eso a muchos indignó la conversión eléctrica de Dylan: ¿dónde quedaba la politización, la subversión, el idealismo y la labor organizada de este movimiento? Ochs murió joven y atormentado, pero se fue al cielo de los grandes, ahí al lado de sus amados Woody Guthrie y Leadbelly.

Nick Garrie.

Otro de mis favoritos. Cuando muera, que suene David’s Prayer o algo así. Mientras vivo, suena su Nightmare of JB Stanislas a la menor provocación. Además, encarna una de esas historias que (¡psicoanálisis!) me chiflan: el olvidado y redimido, el visionario que regresa por lo que es suyo cuando el mundo está listo para él. Es mi ídolo gigantesco y si me lo encontrase en la calle, actuaría como una adolescente bragas húmedas. Nick Garrie, carajo. Nick Garrie.

Dylan antes de ser Dylan.

Lo dicho: Dylan antes de ser Dylan era genial. Genial.

Continuará.

C/S.

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