Discos que importan: The Housemartins, London 0 Hull 4.

Publicado originalmente el 8 de noviembre de 2012.

No puedo recordar la primera vez que escuché a The Housemartins. Me encantaría. No sé en qué circunstancia fue, si fue una noche beoda o un día apacible, pero sí sé que fue en una de mis épocas felices: de repente, entre jugar Banca con los panas (un juego de gandules, de caballeros, de dandis entre basura, secretísimo, para entendidos) y juergas épicas en donde los mop-tops convivían sin más con sapos vestidos de Adidas, bailarinas con túnica libertina y nerds con raros peinados nuevos, se aparecieron en mi vida. Así, como un billete de cien en el bolsillo de unos vaqueros largamente no usados cuando más hace falta, de repente ya eran mis preferidos para cantar en la ducha y había discos suyos en mi cajón. Lo primero porque la voz de Paul Heaton es realmente algo especial y siempre trabajé mucho para imitarla: ya en serio, ya en guasa, pero hubo un tiempo en que me obsesionó lograr tanta poesía sonora nasal; nunca pude. Lo segundo porque, hey, eran épocas felices y los discos salían hasta del bolsillo de unos vaqueros largamente no usados cuando más hacían falta.

Mi buena memoria siempre me ha precedido. Casi siempre. Puedo recordar la primera vez que descubrí a los Beatles, un vinilo en una caja escondida en un armario en casa de la abuela; puedo recordar la primera vez que The Jam sacudió mi entonces inocente mundo, el corazón latiendo como un perturbado y la cabeza confusa, dulce confusión adolescente; puedo recordar con exactitud cuándo y en dónde compré mi primer disco de Serge Gainsbourg, de Marvin Gaye, de Dexys Midnight Runners, de Nick Garrie, de Kamenbert, de Sixto Rodríguez. Pero no puedo recordar, no sé por qué, de mi primera vez con The Housemartins.

Tampoco es grave. Insisto en el tema porque me gustaría recordar la sensación de pasmo, consternación y algazara que seguramente experimenté. Porque incluso hoy hay un hueco en mi barriga cada vez más adulta y lamentable cuando me pongo los audífonos y sueno a estos necios de Hull.

¿Qué puedo decir de The Housemartins que no haya dicho ya sobre unas birongas en una noche curda? Su música, para empezar, es todo lo que yo quiero de una música: guitarras discordantes, entusiasmo, tres acordes, ritmos saltones, soul de ojos azules y góspel de las entrañas. Sus letras, militantes y desaforadas, idiosincrásicas y cabales, políticas y muy pop. Su look, incómodo y mentecato, incólume hasta decir basta y, por lo tanto, golpista en un mundo de sucios pandrosos. Su universo, en el que Marx, Jesús, Motown, los Everley Brothers y las ales rojizas en vaso conviven sin esfuerzo y en total eufonía. Su impetuosidad provinciana y su fervor por su pueblo, Hull, Kingston upon Hull, con su río y sus tabernas y sus tigres del Hull City A.F.C. y sus casetas de teléfono color crema, nunca rojas. Su historia, en la que caben dos hijos que salieron a dominar al mundo con música: The Beautiful South fue el gran proyecto de Heaton; su bajista, un tal Norman Cook, formó primero Beats International y después dominó universos tras los decks bajo el improbable nombre de Fatboy Slim, que a más de uno allá afuera le sonará.

¿Se puede pedir más de un grupo que grabó dos discos y que duró cinco años?

Su primer disco se llama London 0 Hull 4. No se puede más claro. Hay quien dice que el título alude a una declaración del grupo acerca de ser el cuarto mejor grupo de su ciudad, detrás de Red Guitars, Everything But The Girl y The Gargoyles. Yo siempre he preferido mi versión: capital, jódete, aquí también suceden cosas y mira cómo pasan. El álbum salió en octubre de 1986.

¿Y de qué va? De gran música. De canciones sobre vida: tribulaciones de clase trabajadora, política, literatura, el borreguismo de la gente allá afuera, pubs, birras, levantarse para ir a hacer un trabajo cuyo único beneficio es el salario al final de quince días y no mucho más (¿dónde quedaron los poetas? ¡Thatcher y todos ellos [inserte aquí nombre de modelo político/económico/empresarial pasado o actual, da igual, son la misma maldita mierda] se los han cargado!), de Hull, de calle, de pasarse tardes enteras sin lograr comprender de qué va esto de vivir en sociedad. Por si fuera poco, hay armonías vocales impecables, melodías que se incrustan en el neocórtex como piojos en la cabeza de los niños de primaria: una seguidilla de himnos para la vida de hoy. Y de mañana.

Mientras haya vida, habrá The Housemartins.

Aún después de poner London 0 Hull 4 y su gran segundo LP, The People who Grinned Themselves to Death, y de sentarme pacientemente en una noche de martes a escribir esto, no logro recordar la primera vez. Qué más da. El vaso que rebosaba de ale rojizo a temperatura ambiente (hoy hace frío) ahora está vacío y formando costra. Este texto que leerán apenas unas cuantas personas de esta ciudad que aún no se entiende (a pesar de las batallas, reales y simbólicas, que ha ganado en los últimos años) está por terminarse y surgen en el fondo de mi cabeza recuerdos de noches largas y mañanas desoladas que pasé entre discos y las pasé feliz, más feliz que nunca, con los audífonos puestos y los discos girando y acumulándose sobre la cama al terminar de sonar, descansando en mi lugar y yo cediéndoselos yendo a dormir al sofá a mediodía, pero no de aquel primer hueco en el estómago por The Housemartins. Pero supongo que no importa.

Lo que importa es poner la aguja sobre el disco una vez más. Y servir otra ale.

C/S.

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