Historias del Swinging London: Lennon en su propia tinta.

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Publicado originalmente el 5 de octubre de 2012.

No me gusta hablar de los Beatles, aunque es inevitable. Justo por eso no me gusta, creo. No es fácil hablar de cuatro sujetos que, sin querer, definieron una vida y la guiaron por caminos que ellos ni pensaban, porque sólo querían salir del viejo barrio y conocer al menos Londres. Y que, aun sabiendo que eran (son) más grandes que el jipi barbón al que Thick Kevin describe como a very nice guy y que fueron la maldita revolución del XX, a pesar de lo que digas (soy así, que dicen los Salvajes) y aunque ahí afuera estaban Mose Allison y The Clash y todos esos grupos excitantes que lanzaban discos mientras yo crecía y a los que yo ignoraba porque no tenía ni un vello en el cuerpo, los que fueron a ser la vuelta de tuerca en mi vida aburrida y desatinada tenían que ser los putos Beatles. Qué coraje ser tan poco original.

Pero sí, a mis once años yo coleccionaba tarjetitas de los Beatles como un par de años antes coleccionaba las de Upper Deck con futbolistas que hoy son entrenadores o comentaristas de televisión o trabajan en fuerzas básicas del club que les formó o del que les ofreció mejor pasta si es que tuvieron suerte o que ahora son alcohólicos o están prematuramente muertos, c’est la vie, qué más da. A mis doce ya me sabía la letra de todas las canciones oficiales de los malditos Beatles, de Plisplísmi a Leribí, incluyendo singles y epés, aunque nunca pude aprenderme las letras ni de Long Tall Sally ni de Mr. Moonlight, pero porque la primera siempre me gustó escucharla más con Little Richard y no fijarme en la letra ni nada, sino en cómo la interpretaba, y la segunda es la canción que más he odiado en los pocos años que he pasado en esta furcia vida, no hay más que explicar. A mis trece me hice krishna, surrealista, dadaísta, escribí mejores letras que las de Morrissey y las eché por el retrete, fui novio de Cindy Crawford y la follé mejor que nadie en su vida. A mis catorce ya tenía todos los discos de los jodidos Beatles y estaba listo para pasar a la Siguiente Cosa Grande, a lo que vendrá.

Y vinieron muchas cosas más. Demasiadas. He vivido bien, aunque nunca conocí a Michi Panero. Pero sí brindo por la humanidad y por lo bien que habita el mundo. Sha la la la la lá.

Por una u otra cosa siempre regreso a los Beatles. Los Bitols. Los Bicles. Los Virus.

No siempre es bueno. Pero hoy sí. Hoy sí. Porque buscando en mi biblioteca un libro (otro libro, un libro, cualquier libro) di con mi copia de los dos libros de Lennon: In His Own Write y A Spaniard In The Works. Y mi mente se hizo pedazos y es demasiado cursi que lo diga, pero fue como volver a ver, por primera vez, la nueva casa o aquel gol de Turrubiates o Susanna de Eva Santolaria o la Emmanuelle de Krista Allen por accidente a medianoche en tele por cable. Porque no son textos que cambiaron la literatura, pero sí me cambiaron a mí. Supongo que es suficiente. Para mí, al menos.

Siempre me he preguntado qué habría pasado si Lennon (pero no ese Lennon idealizado de cabello largo y lentejuelos de seguridad social, no el Lennon de Imagine –qué cosa más horrible y nauseabunda, Imagine– ni el de su fin de semana perdido, no el Lennon que sale en playerotas negras de rockeros de nostalgia) hubiese incorporado esas maravillosas letras que surgieron de sus libros a las canciones de los Beatles. Quién sabe. Tal vez hablaríamos de los Stones o de Gerry & The Pacemakers como los grandes impulsores del cambio. Eso sería sano. Porque los apuntes de Lennon, esos que hacía en sus cuadernos del instituto o cuando tenía que matar tiempo en algún viaje en furgoneta desde su entrañable y odiada Liddypool hasta algún otro punto de la Gran Bretaraña son puro genio. Son Lennon, ese Lennon al que todos querían llorar en el 80, pero sólo se encontraban con un padre de familia que alguna vez había sido uno de los Beatles. Son Lennon, ese teddy boy que no quería otra cosa que Gene Vincent. Son Lennon el surrealista, el dadaísta, el que escribía mejores letras que Chuck Berry y que se bebía sus tardes enteras junto a Stu Sutcliffe (otro gran tipo) en el Jacaranda y cuya juventud acabó prematuramente cuando se enteró de que la gente esperaba algo de él y se puso a confeccionar eso que ellos esperaban para dárselos en lugar de… En fin. Los dos libros de Lennon son sendas maravillas. Son retratos de época, sí; pero también son grandes libros. Dicen los críticos que porque son Lewis Carroll filtrado por no sé qué y luego retorcido hacia no sé dónde. No les crean. Mejor lean.

Me atormenta esa pregunta. ¿Qué habría sido de los Beatles, los Bicles, los Virus, si Lennon hubiese escrito letras con el mismo desenfado, la no-presión y la arrogancia adolescente con la que escribía sus libros? No tengo ni idea. Pero si ya coleccionaba sus tarjetitas y sus sellos postales, creo que igual habría tenido que colgarme y dejar una nota suicida citando In My Life o Happiness is a Warm Gun o algo así. Y, la verdad, estoy mucho mejor escribiendo esto. Y ustedes están mucho mejor leyendo esto que el texto de mi compañero de primaria que quería ser escritor y que ahora edita una revista llena de publicidad y artículos sobre golf que nadie lee pero que todos pagan. Así es la vida.

Pero me habría gustado escuchar a los Beatles ponerle música a I Sat Belonely o a cualquier otro poema de los dos libros de Lennon. Sólo I Am The Walrus se acerca a esa sensación y, no puedo quejarme, porque es una obra maestra davinciana. Si Lennon fue un genio –y lo fue– sucedió en sus libros y en sus momentos chalados, no en sus delirios de grandeza ni en su pacifismo imbécil. Estoy convencido de que el ícono del rock y del pop del siglo XX, con todo lo bueno y, sobre todo, lo malo que la etiqueta implica, era incomparable, pero que lo era más cuando se sentía en confianza.

Y con los Beatles nunca se sintió en confianza.

Hay que leer al Lennon poeta y cuentista. Nunca quiso ser ni una ni otra. Él quería ser Elvis. Pero se dio cuenta de que era más grande que Elvis, e incluso más grande que Jesús el Cristo, cuando escribió sin tener que hacerlo para comprarse una alberca nueva con Polmacarni, cuando no tuvo que imaginar un sonsonete con ritmo de Ringoestár, cuando no se sintió presionado por ser mejor que Yorchjárrison, vaya que era difícil, su mayor competencia. Ahí sí era un genio.

Este es el Lennon que yo amaba al mismo tiempo que aprendía a amar a Kubrick, a Ibargüengoitia y a Traci Lords. El que, para mí, llegó a su cumbre sin necesidad de dejarse crecer el pelo ni hacer declaraciones escandalosas. Los libros sobreviven porque son el mejor diagnóstico del alma humana. In His Own Write y A Spaniard in the Works son el primer material que los que pretenden ser fanáticos bitles deberían revisar. Estacionen un rato Ajardeisnáit o Sáryen Pepe. A esos uno siempre podrá volver.

Gracias, Lennon. Estarías retorciéndote en tu tumba si vieras lo que se ha hecho de ti.

C/S.

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