Maravillas del mundo moderno: Arthur Alexander.

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Publicado originalmente el 21 de septiembre de 2012.

Los hombres grandes vivirán por siempre. Arthur Alexander vivirá por siempre. La Historia hará justicia pronto, espero, a los Grandes Hombres y dejará de lado un rato a los grandes nombres. Porque así tiene que ser.

Arthur Alexander es ese tipo de hombre invisible que cambia la historia y luego desaparece. Como los obreros que pavimentan las carreteras y las calles, los niños que hacen los zapatos con los que caminas o los que ponen las anchoas dentro de las aceitunas. Esos hombres son los que hacen la Historia. Los nombres grandes están allí para darle continuidad a la narrativa, sólo eso.

La década de los 40 vio nacer a los que transformaron a la música que hoy conocemos, tanto a los invisibles como a los nombres grandes. Arthur Alexander nació justo comenzando la década en Alabama. Su padre era cantante y guitarrista de blues que intentó de todas las formas posibles impedir que su hijo se dedicase a la canción, pues él mismo no había sacado ni una maldita moneda de hacer música. Pero no podía ser de otra manera y Arthur Alexander (por más que intento no puedo llamarle más que por su nombre completo: nunca Arthur, nunca Alexander, ni siquiera señor Alexander), que quería vivir de verdad, se dedicó a hacer canciones. No es que supiera tocar un instrumento, cosa que nunca logró, pero su voz era suficiente: era gigantesca (como él), musical, extraña: si quería componer una canción sólo debía tararearla a sus amigos que sí tocaban piano o guitarra para que la descifraran.

Grabó algunas canciones bajo su apodo de infancia, June, y se juntó con gente influyente. Colaboró sustancialmente en la fundación del sonido Muscle Shoals de Alabama, que nació en un estudio improvisado en una fábrica de tabaco y que terminó tocando al mundo entero. Su primer hit, You Better Move On de 1961 se convirtió, rápido, en un estándar del rhythm and blues. Con el tiempo sería un éxito de los Stones y de los Hollies.

Casado desde temprano y torturado por no poder salvar su vida al lado de su chica de juventud, escribió e interpretó, en 1962, una de las canciones más emotivas de toda la música: Anna (Go to Him). La mayoría la conoce por los Beatles. Lennon, un tipo sensible, amaba la canción y decidió incluir su propia versión en el primer LP de los greñudos. Los mismos cuatro tontos interpretarían a lo largo de su carrera otras canciones que escucharon por primera vez en voz de Arthur Alexander. Dos sobreviven en grabación: Soldier of Love y A Shot of Rhythm and Blues.

McCartney dijo, en su ocasión, que la máxima ambición de los Beatles era hacer rhythm and blues machacón y grueso. ¿Y por qué querían eso? Por Arthur Alexander, claro. Sus discos habían viajado en transatlánticos con el único fin de llegar a Liverpool y encender la mecha. Han pasado más de cincuenta años y la llama sigue viva. Y así seguirá –supongo y quiero creer– hasta que el universo llegue a su límite de ensanchamiento y entonces haga su Big Bang en reversa y se cargue en el proceso a Shakespeare, a Rulfo, a los Beatles y a Arthur Alexander. Y a todos nosotros porque, aunque sobrevivamos, ya nada importará. De qué sirve el mundo sin Anna (Go to Him).

De nada, mendas. De nada.

Pero, en un mundo ideal, Arthur Alexander estaría en los libros de Historia allí al lado de Beethoven y  de Stockhausen. Porque, epa, es cierto que nuestro héroe no podía sacarle una nota a un instrumento y mucho menos escribir una partitura, pero concibió música tan intrépida como la que más: está claro que sus armonías no eran tan complejas como las de Bach, pero sí igual (o más) de emocionantes. Lo que el mundo necesita es Arthur Alexander. Capaz que se convierte en un mejor lugar.

Arthur Alexander grabó y grabó, compuso y compuso. Y, al final, si lo vemos a la leonesa, sirvió muy poco porque no ganó mucho y sus grabaciones fueron perdiéndose en bodegas y en colecciones de aficionados. Pero si cambiamos nuestro glass onion, la cosa cambia: sre convierte en un esencial anónimo cuyo nombre hay que seguir mencionando, porque su música la conocemos todos: como un albañil que construyó el hospital donde te curaste de tu enfermedad extraña o de tu lesión desgarradora, que no te curó con sus manos pero hizo posible tu sanación sin saberlo ni quererlo. Y entonces el anonimato no tiene sentido y hay que decirle a todo el mundo no sólo su nombre sino su vida y su importancia.

No vale siquiera sentir lástima porque las cosas no funcionen así. Porque, hey, estamos en la era de la información y si no te pones a escuchar a Arthur Alexander después de toparte por accidente con este texto (porque, supongo, no hay otro modo de toparse con este texto), entonces no te importa la música. Y no está mal, cómo iba a estarlo. Pero entonces no pidas a los que sí nos interesa que pongamos atención a tus cosas, así sea calentamiento global.

Arthur Alexander no pudo hacer carrera. La vida se cebó con él y lo envió al olvido, le mató a un hijo en un deal de drogas y le enfermó. Él siguió valiente, grabando de vez en cuando, contándoles anécdotas a sus compañeros de asilo (“los Beatles me interpretaron”, llegó a decir orgulloso y realmente nadie puede presumir de ello así como así) y viviendo como los Stones, los Beatles, Gerry & the Pacemakers, los Hollies o Elvis nunca lo hicieron, y eso que todos ellos le versionaron: con humildad, confiando en los demás, sin que le molestasen cuando iba a comprarse un trago a la esquina, orgulloso de lo que había hecho. Murió en 1993 intentado volver a hacer lo que más quería: cantar en un escenario y grabar.

Gracias, Arthur Alexander. Por todo. Algún día, cuando todo esté bien, tu nombre lo pronunciarán todos. No falta mucho.

C/S.

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