Historias del Swinging London: Performance.

Publicado originalmente el 14 de septiembre de 2012.

No nos podíamos quitar la película Performance de la cabeza.
Los gángsteres James Fox y Anthony Valentine
tenían una pinta muy a lo mod de 1970,
y de ahí fue de donde tomamos el estilo
“.
-Dave Cairns (Secret Affair).

Peter Evans en su libro Adiós, nena, y amén propone que el Swinging London comenzó, oficialmente, con los tabloides anunciando el escándalo: el ministro de defensa británico John Profumo pagaba por acostarse con Christine Keeler, célebre hetaira de la alta sociedad. Además del escándalo que armaron sus colegas conservadores, se descubrió que ella también ofrecía sus servicios a un espía soviético. La política siempre ha sido farandulera. Dos años más tarde, en el invierno del 65, David Bailey, leyenda de la lente, recopiló y publicó varios retratos de los personajes definitorios de la época: los culpables de la vorágine en sus mejores poses.

Ahí estaban los astros pop (representados, es evidente, por Lennon, McCartney y Jagger), artistas plásticos, decoradores de interiores, Vidal Sassoon, diseñadores de modas, Nureyev, y los hermanos Reggie y Ronnie Kray, gemelos criminales del East End londinense. La crema de la crema. Los Kray habían construido su reputación cuidadosamente. ¿Su especialidad? El hurto, la tortura, el chantaje. Fiesteaban como carne de afiche con las estrellas del frívolo Alocado Londres. El mundo siempre ha estado al revés.

Crimen y glamour, inmundicia elegante: matar se hacía portando una corbata estrecha y zapatos puntiagudos. El East End era un lugar de comercio manipulado por unos cuantos, de trajes elegantes con los bolsillos llenos de dinero sucio, de gente en las esquinas víctimas de una revolución industrial que no habían asimilado aún, mientras todos gritaban al unísono yeah, yeah, yeah

En este mundo comienza Performance (1970), dirigida por los iconoclastas Donald Cammell y Nicholas Roeg (cinefotógrafo de Fahrenheit 451, de Truffaut.) Jagger en el papel principal se supera a sí mismo en cualquier faceta.

La película va de dos personajes, opuestos, que terminan fundiéndose uno con otro hasta el punto en que se convierten en uno solo: un gángster del East Side que se dedica a ablandar con chantajes a los “clientes” de su jefe y una estrella de rock en aislamiento.

James Fox es el duro Chas, arrogante y despreciable, pero con una pinta impecable: el anti-héroe de la clase trabajadora que ha logrado hacerse de un nombre a costa de lo que sea. Trabaja para Harry Flowers, un matón gordo y amanerado. Un buen día, los extorsionados se vuelven contra él. En su intento de escapar, asesina a uno de los clientes de su jefe y se da a la fuga.

Escondiéndose, cae en una casa exótica, el reino de Jagger, un astro pop retirado que se ha creído el cuento jipi y que deja pasar los días creciéndose el cabello y tumbado en un futón. Con él viven dos nymphettes, Anita Pallenberg (mujer fatal que pasó lista con más de la mitad de los Stones) y Michèle Breton, francesa esquelética, pero irresistible. Chas finge ser, también, un artista, así que llega con el cabello teñido y billetes en la mano, con la esperanza de ser aceptado en la casa, que está repleta de espejos, de polvo y de ecos de canciones de Robert Johnson.

Por todos lados hay extraños artefactos, instrumentos musicales, sintetizadores, afiches de días gloriosos del pop. Por alguna puerta se llega a un pequeño jardín lleno de hongos que cuida la Pallenberg para luego ingerirlos y colocarse; Breton es una chica confundida que quiere conseguir una visa para salir del país; una pequeña niña hace de sirviente y mayordomo. Sórdido.

Cammell y Roeg confeccionan un relato henchido de referencias borgianas, sexo, drogas y blues, baños de tina grupales, disfraces y mind games, polaroids y decadencia (“I need a bohemian atmosphere!”) El East End de Chas va quedando cada vez más lejos y Jagger le invita a ser parte de su performance privado. Uno en el que uno termina por preguntarse quién es quién en realidad.

El filme se estrenó dos años después de su rodaje: Warner Bros. quiso aprovechar el escándalo de Altamont en 1969 para vender la película; los críticos la regurgitaron argumentando, como siempre, narrativa incoherente. Hoy, Performance es una película de época que funciona por estar libre de algunos clichés de sus tiempos. Cammell y Roeg toman la estafeta que dejó Antonioni con Blowup y corren su distancia con valentía y estilo.

James Fox dejó de actuar tras Performance por un colapso nervioso. La película es harto responsable de ello. Terminó como predicador cristiano y tardó nueve años en volver a un set.

Nicolas Roeg siguió una carrera más o menos exitosa en el cine, haciendo filmes como Don’t Look Now (1973) y la muy conocida The Witches (sobre un texto de Roald Dahl) ya en los 90. Donald Cammell, claramente obsesionado con los espejos, se quitó la vida de un disparo en 1996, convencido de que sólo él podía decidir cuándo terminar. Mientras agonizaba, pidió un espejo para verse a sí mismo muriendo.

Dice el personaje de Jagger: “The only performance that makes it, that makes it all the way, is the one that achieves madness.

C/S.

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