Na na ná na, na na ná na, na na ná na, na na ná na, na na… ¡Batman!

Publicado originalmente el 31 de agosto de 2012.

Nunca fui un niño de superhéroes. Aunque no llegaba al extremo del pequeño Harvey Pekar en aquella memorable escena de American Splendor, sólo me llamaron la atención una que otra vez: cuando murió Superman, por ejemplo, en aquella serie de DC que, la verdad, siempre me pareció un poco cutre. Me llamó también el Batman de Tim Burton que, aunque artificioso y bobo, funcionó bastante bien en mis años de crecimiento.

Eso sí, aún hoy prefiero sentarme en el suelo en posición de flor de loto a escuchar al Padre Abraham y sus Pitufos que repasar las cintas, por más Keaton, Nicholson, Pfeiffer, Basinger o DeVito que haya. ¿Y las de Nolan? Olvidables, que me linchen. No me entró el hype ni por repetitivo. Están tremendas, sí, tienen todo lo que un sigloveintiunita podría pedir de una película (o casi todo) y me he sentado gustoso en el cine a devorar popcorn pero no me parecen trascendentes en absoluto y dicen nada de mi vida, perdón. Lo siento de verdad (pero es mi cerebro, no me siento responsable.)

Si hablamos de cómics, yo prefería otros. Sí, era un ñoñazo, pero qué más da. Calvin y Hobbes, los Peanuts y Mafalda fueron tebeos que siempre había en casa, gracias a mi madre de vanguardia. Y hasta Edward Gorey. Por el primo o el amigo de vanguardia, no recuerdo, entré a Maus de Spiegelman y en casa de la abuela paterna siempre estaba el periódico dominguero con Olaf y Kalimán y Orión el Atlante (o eso creo recordar) y… con un carajo, me he puesto a hablar de cosas de las que no quería hablar.

Nunca fui un niño de superhéroes, decía. Y cuando digo nunca quiero decir Batman. Pero aquel Batman de Adam West, bonachón y, como dirían por acá, locochón. Ese Batman que en la serie luchaba contra payasitos bonachones y locochones. Y no había Nicholsons ni Ledgers pero sí, ojo, había un cast envidiable e histórico: el mencionado West, Burt Ward, César Romero (que hacía del Guasón maquillándose hasta el bigote, su arma de seducción que no estaba dispuesto a perder), Frank Gorshin, Burgess Meredith (que después sería Mickey Goldmill, el entrañable entrenador de Rocky Balboa), Vincent Price (leyenda), Bruve Lee (¡Bruce Lee!, ¡hizo de Kato en un episodio!) y un trío de Gatúbelas, sin doble sentido, impresionante: Julie Newmar, Lee Meriwether y Eartha Kitt. ¿Y aun con el precedente a alguien le pareció buena idea poner a Halle Berry?

Ese era mi Batman. El Batman onomatopéyico y torpe, alucinado y chabacano. El del disfraz de fiesta infantil. El que a veces no podía deshacerse de una bomba. El Batman choreco, que diría la Tia Poma. Y, aclaro, yo ya nací en la época de lo digital y la Emtiví.

Tal vez siempre he sido un naïve. Tal vez. Qué bueno. Pero a mí me gustaba el Batman del Robin nada atlético que decía “santo metal oxidado, Batman”, el del batimóvil Lincoln Futura.

Mi Batman era (es) el del tema musical más reconocible de todos los tiempos: Na na ná na, na na ná na, na na ná na, na na ná na, na na… ¡BATMAN! Y sólo por eso mi Batman da de patadas en el culo al tuyo, por muy Danny Elfman o Hans Zimmer que tengas. La cosa es así, no hay que darle tantas vueltas.

El tema de Batman, tan versionado como Yesterday y tan conocido como el Cumpleaños feliz es una de las grandes tonadas de la historia y se la debemos a Neal Hefti, un trompetista orate de Nebraska que trabajó con Count Basie y Woody Herman y cuyo epitafio reza Forever in tune. Qué crack. Si no hubiese escrito e interpretado la sintonía televisiva más tarareada de la humanidad igual lo recordaríamos como arreglista de Sinatra o compositor de películas y series (The Odd Couple fue otro de sus trabajos destacados.) Pero hizo el tema de Batman y, carajo, podría haberse retirado allí mismo.

La cultura pop no se entiende sin el tema de Batman. De no existir sería como si faltaran en la historia las guitarras eléctricas, la radio, los Beatles o la tele a colores: nada sería igual.

El tema es sencillísimo en realidad: cualquier principiante puede tocarlo en la guitarra. Esa es la magia de las grandes canciones: simples, cantables, sinceras. Tal vez para definir pop a un extraterrestre habría que poner a sonar a Neal Hefti, sus sólo tres acordes (three chords, play loud, have fun), sus 12 compases, un bajo loco, una percusión estridente y ocho cantantes (cuatro tenores, cuatro sopranos) gritando ¡Batman! con una convicción casi soul en armonía con una sección de vientos.

No. Se. Puede. Pedir. Más.

Habría que preguntarle a los cientos de majaras que versionaron la canción desde su año de nacimiento, 1966 (es contemporánea de Taxman, su hermana gemela): The Who en su EP Ready Steady Go, The Jam en su disco debut, Jan & Dean que hicieron un disco entero sobre Batman, The Kinks, The Standells, The Marketts, Link Wray (“¡no se dice a-Dios, se dice a-Link Wray!”), Sun Ra, The Blues Project, The Ventures, Al Hirt, R.E.M., Prince, Snoop Dogg, 50 Cent, Flaming Lips y todo grupo de garaje que se respete y algunas otras bandas olvidables y aprovechadas. Y a los millones que, incluso hoy, reconocen el himno universal con sólo escuchar las primeras tres notas. En la era de la Internet y de la Tontería Universal el na na ná na, na na ná na, na na ná na, na na ná na, na na… ¡Batman! sigue siendo importante, aunque ahora somos tan cínicos que tenemos que disfrazar de broma o de ironía todo lo que nos gusta.

Incluso a Batman. Incluso a Batman.

Aunque Hefti murió en 2008, nunca morirá. Ya saben: quien hizo el maldito tema de Batman va a vivir por siempre, por los siglos de los siglos amén, hasta que quede nada y eso significa nada.

Si tengo un superhéroe es Batman. Pero no cualquier Batman. Sólo el que corra moviendo la panza al ritmo desenfrenado de Neal Hefti. Sólo ese. Que se pudra Nolan.

¡Abuelita de Batman!

C/S.

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