Discos que importan: Patsy Cline, Showcase.

Publicado originalmente el 10 de agosto de 2012.

Tienes razón: no soy de los que escuchan country. Claro, chica, hemos escuchado esos discos de Johnny Cash y Gram Parsons porque, hey, nadie se salva de ellos. Nadie. Toda buena biblioteca tiene un Quijote y un Kafka, si me entiendes (y no es comparación, también aclaro.) Además, por más fundamentalismo que intente aplicar, hay canciones y discos que son tan grandes que rebasan todo. Y contra la música nunca hay un argumento bueno: se mete en tu biología, en tu psicología, en tu maldito corazón y se acabó. Ya jamás eres el mismo.

Hay dos momentos definitorios en mi vida con el country (y la americana y, tú sabes, la música campirana de los güeros que viven en todo ese espacio geográfico entre Tijuana y Montreal, las dos grandes fronteras ideológicas.) El primero, mi madre sintonizando en la televisión un especial navideño de un cantante horrible de nombre Kenny y apellido Rogers (lo digo así porque juntar ambas palabras me marea) y explicándome que era un cantante country. La aversión al término y a lo que se le relacionara fue total y yo sólo tenía once o doce años. El miedo y asco no sólo se presentó por ser un especial navideño indigesto, sino por el mismo sujeto que se hizo famoso por The Gambler que, visto de cierto modo, no era tan nefasto. ¿Qué estoy diciendo?

El segundo es, también gracias a la madre, y es un momento glorioso. ¿Recuerdas esa sensación, chica, de escuchar una Gran Canción por primera vez? No sucede tantas veces, ¿sabes? Es un pasón. Es jodidamente única, esa buscona sensación. Sucedió cuando escuché, en un disco que ella puso, I Fall To Pieces de Harlan Howard en voz de Patsy Cline.

Fue demasiado confuso. Ahí estaba yo, el corazón pulsando como un pirado, escuchando una canción country mientras mi universo se fragmentaba, como un vaso que cae de la mano al piso, fulminado, muerte segura. Una parte de mí a punto de diñarla y la otra renaciendo de entre vísceras y sangre. Los trece años pueden ser duros. Los trece años pueden ser hermosos.

Patsy Cline es de esos personajes que merecen que sus fotografías estén en templos en lugar de todos esos santos con caras ajadas y patosas; si vendieran en los templos estampitas con la imagen de Patsy Cline y prometieran que te iría bien al portar una en la cartera, yo sería religioso. De veras.

Cline nació en Winchester y vivió sólo treinta años. Puta vida. Y, más que los santos pipiolos que nos inventan, padeció y murió por nosotros. Aprendió a cantar en la iglesia. Su padre se fugó cuando ella era muy joven y se vio forzada a abandonar la escuela para trabajar y ayudar en casa. La perfección de estas historias llega, siempre, cuando un visor con dinero y contactos la escucha cantar y la hace una estrella; invariablemente, claro, este maverick lo hace por la perspectiva de dinero y autos y no tanto por ofrendar algo al mundo, pero da igual en esta vida ruin, porque lo bueno encuentra su lugar o se lo encontramos. Eso sí, a costa de algunos. En este caso, de la propia Patsy Cline.

Hizo carrera en los Estados Unidos, yendo y viniendo por carreteras secundarias, actuando en teatros de pueblo y auditorios de capital. Grabó canciones y bebió con los hombres más duros. Jamás se intimidó ante algo y su voz superior se escuchó en cualquier rincón con un aparato de radio. Todo indicaba que Cline lo haría en grande y grabó un disco homónimo en 1957.

Su segundo LP está fechado 1961, pero no fueron años improductivos (hoy, que las lógicas de consumo no alcanzan para entender cómo un artista podía seguir haciendo singles y lanzando nuevas canciones sin la necesidad de un producto mayor como un disco de larga duración, cuatro años es el promedio que un grupo se tarda en generar nuevo material.) Además de alimentar los chismes con su vida personal y romántica, tan vertiginosa como una de sus canciones, grabó tremendos singles. I Fall to Pieces, primero para la Decca, fue uno. Todo parecía ir bien.

Y, claro, vino la catástrofe. Al menos la primera grande: un tremendo accidente de auto le dejó con costillas rotas y el alma en pedazos. Vivió para cantarlo.

Crazy fue su siguiente gran canción. Compuesta por Willie Nelson, jamás le gustó y mucho menos porque le costó cantarla tras el accidente, pero a la larga se transformó en su canción emblema. Pocas canciones son tan bellas. Creo.

Su disco de 1961 es, precisamente, Showcase, un recopilado de sus mejores grabaciones de esos años. Y, chica, también es de esos discos que son como un Wilde en una biblioteca: deben estar en tu estante si te interesa la música. Si te gusta de verdad, sin obcecaciones inútiles. Showcase es media hora de impresionante música. La mejor y más triste y más emocionante y más eufórica media hora de Patsy Cline, quien murió dos años después en un accidente de aviación. Que murió por nosotros. No basta con recordarla: merece que la escuchemos todos. Todos.

Ojalá la música nunca hubiera dejado de ser así.

C/S.

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