Discos que importan: Hidrogenesse, Un Dígito Binario Dudoso. Recital para Alan Turing.

Publicado originalmente el 24 de agosto de 2012.

Tengo fe en la música. La amo. Carajo si la amo. Le he dedicado noches y días, le dedicaré mi vida y, si se me disparase el factor cursi, le diría cosas al oído. Pero es ella quien me las dice y yo, a veces, no puedo más.

Tengo fe en la música. Por eso cuando sale un disco como el nuevo de Hidrogenesse todo tiene sentido. Porque Un dígito binario dudoso. Recital para Alan Turing (Austrohúngaro, 2012) es todo lo que un disco pop debe ser a estas alturas de la historia: una reivindicación, un manifiesto, un discurso no original sino necesario y un álbum lleno de canciones cantables y emocionantes. Los pies se mueven, el corazón late y si se sale del pecho qué más da.

Para empezar, el disco va sobre Alan Turing. Eso es un manifiesto al cuadrado. Uno de verdad, claro, no una de esas consignas huecas que se gritan ahora por doquier.

Alan Turing: inglés, matemático, científico de las computadoras, genio, visionario, adelantado a su época y aun a la nuestra y a la de nuestra descendencia, héroe de guerra, revolucionario, homosexual. Si no es un ícono es porque somos una panda de idiotas. Somos. Una. Panda. De. Idiotas.

Perdón, Alan Turing. Perdón.

Nació en 1912. Cien años después, Hidrogenesse le hace una canción en forma de beso para que despierte. Quien debe despertar somos nosotros. Y pronto.

Vivió y murió siendo Alan Turing. De familia aristocrática, en la escuela ya hacía rabiar a sus imbéciles profesores por inclinarse por la matemática en lugar de pretender amar todos esos aburridos libros que le dejaban de tarea. Se graduó con honores del King’s College y comenzó a desarrollar una teoría sobre algoritmos, sosteniendo que era el camino en línea recta y con pocos baches para desarrollar una inteligencia artificial. Su Turing machine hipotética es una proto-computadora que, aun hoy, asombra a los que tienen el privilegio de estudiarla.

Pero (todo nos parece una mierda) llega esa vuelta de tuerca en la historia: el mundo entra en guerra por segunda vez en lo que va del siglo de las convulsiones y el gobierno inglés le recluta para descifrar los mensajes en clave intervenidos. Turing es una pieza fundamental de esa otra Segunda Guerra Mundial que se peleó en los despachos y en los laboratorios. Siguió desarrollando tecnología computacional y no se llegaba ni a mediados de siglo cuando él ya había predicho los captchas tan comunes hoy en cualquier interfaz virtual: a Turing le preocupaba que el lenguaje de las computadoras inteligentes pudiera confundirse con el de los humanos.

Con todo lo que hizo, en 1952 fue acusado de indecencia por sostener una relación con un joven al que había conocido afuera de un cine. Se consideraba ilegal no ser heterosexual. Fue enjuiciado, encontrado culpable y condenado. Le dieron dos opciones: cárcel o un cruel tratamiento que “disminuiría el deseo sexual y lo regeneraría.” Incapaz de verse privado de la libertad, Turing se decidió por lo segundo. Le servían, vía aguja, dietilestilbestrol para el desayuno; tras un año era impotente y sufría de una exagerada ginecomastia. El tratamiento terminó siendo una castración química muy dolorosa y humillante. Así son los putos gobiernos.

Turing se mató en 1954. La autopsia dijo cianuro. En su mesa de noche había una manzana a medio comer. Uno de sus amigos cercanos reveló en 2011 que, posiblemente, había envenenado la manzana a lo Blanca Nieves, intentando morir románticamente: era su cuento de hadas favorito y le obsesionaba la versión Disney, sobre todo por el tratamiento de la muerte de la heroína al comer una manzana envenenada.

El mundo está lleno de Alan Turing aunque no lo sepa y, mientras escribo estas líneas en un ordenador que lo habría enorgullecido, escucho un impresionante homenaje en forma de canciones. Hidrogenesse, ese dueto barcelonés de voz/sintetizadores, lo reivindica.

Pero el homenaje no se queda allí. En una entrevista que dieron al diario español El País, Genìs Segarra y Carlos Ballesteros hacen otro llamamiento: “más Alan Turing, menos Lady Gaga.” La comunidad homosexual, explican, si realmente quiere liberarse de toda la estupidez que le persigue, debe adoptar íconos de verdad. Basta de Madonnas, que son productos vanos y vacíos; no más Lady Gagas, que son una perpetuación de todo lo malo del mundo; sí a Alan Turing, a la inteligencia, a la combatividad. Sí a sentirse y ser cada vez más importantes. Sí al orgullo. Sí a entender lo que significa orgullo, que no es lo mismo que cabriola desesperada.

Y además el disco es una puta maravilla, una cruza de Kraftwerk con La Düsseldorf y Astrud y todo lo bueno que está pasando en el pop hispano, con letras cerebrales llenas de alma. El beso es una canción que se convertirá en un clásico del pop. Y es sólo la primera canción, pero una que no he podido sacar de mi cabeza. “Despierta, Alan”, canta Ballesteros, “el sueño profundo ha terminado.” Y repite, haciendo referencia al perdón que el primer ministro Gordon Brown hizo público hace poco: “el gobierno pide ser perdonado […], el príncipe ha abdicado […], el oráculo se ha callado […], Dios se ha terminado.” Despierta, Alan. Y discúlpanos. Tu hora llegó. Tarde, pero llegó.

Un dígito binario dudoso es puro pop, puro Hidrogenesse. Es lo que debería ser un gran disco en estos tiempos. Por esto, y sólo por eso, es que no pierdo mi fe en la música.

C/S.

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