Coleccionismo vital (y IV.)

Publicado originalmente el 17 de agosto de 2012.

Seguimos intentando explicar el coleccionismo desde muchos puntos de vista, los más posibles. Es una obsesión personal, sí, por lo que sigo intentando generar más preguntas mientras llego a algunas respuestas, por arbitrarias que sean. Aprender y avanzar. Como el gag del payaso que va chutando el objeto que quiere alcanzar (traído a colación por Kiko Amat en una reseña de un gran disco), ir forzando –sin querer queriendo– el dar un paso más.

Este texto puede (o debe) complementarse con sus hermanos mayores (porque nacieron antes, sólo por eso) que pueden encontrarse en las direcciones http://bit.ly/OHVA7E (parte 1), http://bit.ly/MKcke4 (parte 2) y http://bit.ly/Noe276 (parte 3) y que fueron publicadas anteriormente en este periódico.

Para hablar de coleccionismo tal vez tenga que detenerme un poco en el término consumo. García Canclini –por tener una referencia académica– lo definió como “un lugar de diferenciación social y distinción simbólica” donde la adquisición de bienes es fundamental para construir y comunicar las diferencias sociales; además es un “sistema de integración y comunicación” que se identifica con la adquisición de bienes como generadora de relaciones sociales. El consumo es condición. La economía hija de puta de nuestros días, nos acota. O como dice Antonio Baños, “las acciones humanas que no incorporan rentabilidad en sí mismas se convierten en invisibles.”

Dos distinciones: cantidad a consumir y tipo de consumo. La primera tiene relación con el poder adquisitivo; la segunda, con el consumo selectivo. Poniéndonos sensatos, no es lo mismo comprar el alimento nuestro de cada día que discos, aunque algunos memos aún creemos en la vieja práctica de no desayunes no comas no cenes pero consigue ese disco y ya luego nos arreglamos. Pero en nuestra economía, carajo, comprar música es un lujo. Un consumo privilegiado. Y no me refiero al consumo esporádico del escucha casual de radio, el que va de paso; me refiero al específico que valora el lujo y el poder de reproducir la música a voluntad. Y eso, como todo en este mundo enfermo y triste, cuesta.

Hay consumos que son procesos rituales. Y no porque hayan sido primero lo uno y luego lo otro: más bien la especulación global, la economía y la trasaccionalidad que, vuelvo a Baños, se ha dado a todo acto vital son los que han convertido los rituales en consumo. Y las narrativas que eran parte esencial de la música se han fragmentado; la realidad se nos ha distorsionado como en una casa de los espejos y no es que nos estemos haciendo viejos y no comprendamos la post-modernidad o la actualidad, sino que no queremos aceptarla tan campantes. Porque, hey, no es bonita, ni productiva, ni interesante, ni humana.

Apropiarse de los objetos es cargarlos de significado. La cultura se ha heredado mediante ellos y la tradición oral, dos conceptos que la economía brutal pretende desaparecer: la virtualidad y la pérdida de narraciones elocuentes que son suplidas por narraciones temporales e inconsecuentes en forma de producto con fecha de caducidad (la banalización de las historias, la trivialización de las comunidades), creando una ruptura que nos hace más aislados y pragmáticos.

El coleccionismo implica, sí, la adquisición de bienes, pero también acervo, intercambio, selección, conocimiento, profundización, clasificación. Las relaciones entre un coleccionista y un objeto son profundas y no solamente en el plano fetichista: hay creación de sentido, generación de nuevos conocimientos, reproducción de ideas. El objeto, sí, es un pedazo de plástico, pero tenemos museos repletos de pedazos de barro, si a esas vamos. En una plataforma simbólica un disco dice algo, identifica algo, habla y hace por. Y el sujeto se convierte en un portador y decodificador de códigos, de historias, de sensibilidades. El que colecciona se distingue voluntariamente del consumo, primeramente, en cuanto a que está lleno de preguntas, de vehemencia; la obsesión es sana en cuanto a que humaniza.

La clasificación, parte esencial del coleccionismo, requiere de criterios y procesos que se adquieren mediante una formación que, en casi el total de los casos, proviene de un autodidactismo feroz. Y el siglo XXI debe ser de autodidactas, de modernos (usaré el término en cuanto a su acepción original que puede adaptarse perfectamente a la época) que, como dice Cornel West, lo son porque cuestionan invariablemente cualquier autoridad que pretenda dictar una manera de vivir. No hay otro camino que el autoaprendizaje y las escuelas mismas comienzan, con terror, a notarlo. Coleccionar es entender, habitar y poder transformar un mundo. No es simple escapismo, pelma. Es, al contrario, un involucramiento fortísimo. Es una reacción.

El disco es mucho más que un medio. Heidegger ya intentaba explicar el origen de la obra de arte con la propuesta básica de que “todas las obras poseen un carácter de cosa.” Es fondo y forma. Quien colecciona discos no sólo lo hace por la música, lo hace por el disco, portador significado y significante, imperfecto y que requiere de cuidados, de atención, de disciplina. Los salones de clase exigen una disciplina a partir de un fin incierto; las colecciones (y aficiones, obsesiones, gustos) exigen una disciplina a partir de una profunda filia, de un hacer sentido y de una adaptación real al mundo.

“La obra es cosa y obra. La obra no es un utensilio dotado de un valor estético añadido”. Ese fue Heidegger de nuevo. Un objeto es un mundo y no es una metáfora facilona: cosmovisiones, cosmogonías, cogniciones; todos términos alzados, académicos, rebuscados, pero necesarios en esta ocasión para poner en claro algunas ideas. Parafraseo a Ricoeur: comprender los signos es comprender al hombre.

Los coleccionistas no están unidos por un consumo, como los seguidores de los gadgets. Guillaume Erner dice que “antes de nosotros, las cosas no han impedido a los hombres pensar, vivir y amar. Pues entonces roguemos para conseguir, mediante los objetos, inventar un nuevo lenguaje que simbolizaría nuestra relación con el mundo y los demás.” Hay quien ya está no sólo aprendiendo la gramática sino dominando este lenguaje. Es duro. Es una vida. Pero hay quien decide vivirla.

C/S.

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