El duro oficio.

film_cryofjazz

Publicado originalmente el 13 de julio de 2012.

Hay quienes son carniceros. Hay quienes son abogados. Los hay médicos, maestros y también ingenieros. Todos oficios respetables, que conforman la sociedad como la conocemos y que, se supone, atienden sus necesidades primarias. Hay quienes proveen de la comida, quienes regulan leyes, quienes educan, diseñan, producen.

En una sociedad así, ¿dónde cabe un artista? ¿Un músico, en específico? Podría decirse que en nuestra sociedad, y estoy hablando de localidad, un artista (un músico) no responde a una necesidad palpable de la gente. No le da de comer, ni administra sus bienes. Tampoco lleva cuentas, ni controla el tráfico. Tan sólo intenta ponerla a reflexionar sobre el estado de las cosas, en el mejor de los casos. Aunque, creo, para muchos allá afuera el músico es aquel que llena espacios vacíos, responde a una función utilitaria y debe responder a los impulsos de un público arbitrario y no a los propios.

El arte en general, la música en particular, es también un oficio. Menospreciado, tal vez, pero lo es. Incomprendido. ¿Marginal? Uno elige su oficio o profesión basándose en las capacidades, habilidades y afinidades o al menos eso es lo que se dice en la escuela o en la casa cuando los chavales están en edad “de decidir”, que es, en realidad, cuando más confundidos y perdidos en el mundo están. Porque, como se dice por ahí, es una elección de vida y no puede ser tomada a la ligera. Pareciera que el asunto es meter en las cabezas la idea de que de esa decisión depende lo que uno será “de grande” y que marcará definitivamente la relación del individuo con los demás. Es una decisión social.

Por tanto, si un individuo elige el camino del arte (de la música, en específico, y debo aclarar que uso el término “arte” como definitorio de creación, aunque no siempre lo sea, ¿verdad, Avelina Lésper?), entendiendo este como la expresión mediante la plástica, la acústica o la corporeidad, con un fin estético, también es completamente válido como elección social. Pero aquí podríamos comenzar otra discusión, ya que el artista (el músico), por serlo, estaría obligado a tener una visión propia de los acontecimientos, ya que estos lo marcarán y por tanto, pondrán un estigma a su obra: aquel de los tiempos que corren.

¿Es el artista verdadero un marginal? Porque, en una sociedad como ésta local, un artista no tiene un oficio que afecte profundamente a la economía que lo envuelve. Pero, en un afán interminable de contradicción, ¿qué sucede si un artista sí tiene los medios para cambiar económicamente a un país? ¿O de realmente afectar a la gente?

Uno siempre puede juzgar a un artista partiendo de ciertos estereotipos. Tenemos por ejemplo el síndrome Van Gogh en el que uno imagina al individuo sucio y desaliñado que mira el mundo desde una óptica fascinante, pero con quien uno no se tomaría una taza de té, por errático. Es el artista pobre que vive para hacer lo que le gusta. Podríamos tener también el estereotipo del excéntrico, que quiere llamar la atención a toda costa, el exhibicionista no sólo de su obra, sino mayormente de su persona. El Dalí. Y así podríamos llenar una lista de estereotipos sobre la gente que hace arte en un país. Pero hay artistas que, incluso teniendo ideas políticas contrarias al régimen que lo gobierna, hace su trabajo que es reconocido incluso por éste. Con ello se entiende que el oficio del artista se debe a la estética. ¿O es la perversa asimilación de los sistemas, tomar lo contrario y convertirlo en aliado, haciéndolo perder su significado original? ¿O es que el arte y la música no reconocen ideologías, sino al contrario: la subjetividad de uno o más individuos reconoce si alguna obra de arte  (en cualquiera de sus modalidades) se adecua a su modo de pensar y la considera válida o no?

¿Existe la separación de arte y política? ¿O es imposible? Por un lado, el arte (la música) necesariamente plasma un contexto. Pero también apela a la subjetividad del modo más furioso. Y, al mismo tiempo, es un oficio, una manera de hacer vida y de ganársela. Y tiene una exigencia particular, por el gran riesgo de corrupción que existe (como en cualquier otra actividad, ay, hoy día) y por la gran carga moral y ética que contiene el oficio en sí: es un observador y un comentarista de la realidad, pero de la realidad subjetiva, entendiendo que (no como el periodismo, que sigue atascado por su negación) es un filtro de las cosas y que debe estar preparado para poder decodificar y recodificar sucesos importantes; que tiene no sólo la necesidad y el derecho sino la obligación de decir la verdad, su verdad. Difícil en los tiempos que corren. Es un oficio, una labor de amor, de mucho riesgo y, sobre todo, rigor. Es sólo normal que sea una actividad incomprendida en la era del pragmatismo.

Un artista siempre está en una tremenda encrucijada. Por un lado está su deber moral y su ética, refiriéndose esto a su manera de conducirse por el mundo y hacer las cosas. Por otro está el reconocimiento o el no reconocimiento social. Mantenerse justo en medio es incluso cruel, pero podría decirse que es el lineamiento ideal del oficio. Incluso por la integridad física del que lo ejerce. Y, el riesgo es que para ellos, los de arriba, que saben poco o nada de nosotros, es una pieza más en el enorme tablero de ajedrez del poder.

Por supuesto, con esto quiero decir una vez más, otra: No necesitamos rockstars. No. Necesitamos. Rockstars. Fuera, por favor. Necesitamos de música honesta. Sirve a la música, no a tus complejos.

C/S.

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