Discos que importan: The Wild Swans, The Coldest Winter for a Hundred Years.

Publicado originalmente el 22 de junio de 2012.

I

Un amigo, abstraído truhan, dice que Liverpool es como el Detroit inglés. O Detroit, el Liverpool estadounidense. Musicalmente. Dos ciudades, carajo, provincianas, industriales, problemáticas, trabajadoras. ¿Te suena? Responsables, tal vez, de la Gran Revolución del pop, de la Gran Involución del pop y de todas las cosas que están en medio, son dos núcleos urbanos que, para muchos de nosotros, anoraks, son el centro de todo lo romántico y todo lo posible en la música pop. Centros de promesa y certidumbre, de historia y de contienda. Y al mismo tiempo, ciudad donde surgieron números uno de las listas de popularidad, fenómenos tontos impulsados por los medios musicales, pequeñas insurrecciones que moldearon, bien que mal, un siglo XX que se convirtió en XXI sin que a nadie le importara, todos preocupados por fallos computacionales y no por el inconsciente colectivo, nuestras cabezas y corazones. Así es el Hombre, dice la Historia. Así es la Historia, decimos. Porque, sea como sea, Liverpool (y Detroit) estarán allí para siempre: mientras el mundo siga manteniendo las condiciones vitales que lo hacen privilegiado (?) se hablará, aunque sea en las esquinas, en las cloacas, en los subterráneos, acerca de Liverpool y Detroit.

Por hoy, sólo por hoy, hablemos de Liverpool. Pero no de los grupos melenudos de Brian Epstein, ni de Relájatenolohagas, ni de Túnuncacaminarássolo, ni de Badfinger, ni de Lee Mavers, ni de hombres conejo (bueno, un poco de ellos sí.) Hablemos de The Wild Swans.

¿Qué tiene el agua de Liverpool?

II

Hay muchos argumentos a favor de los Wild Swans (y me temo que cuando hablamos de ellos hablamos en realidad de Paul Simpson, fundador y alma del grupo.) Argumento mayor: La Coherencia. The Wild Swans no son superestrellas, ni quisieron serlo, pero tampoco son unos desconocidos olvidados, tuvieron lo que buscaban y merecían: reconocimiento de John Peel y de los dandies entre basura, satisfacción de no haber cedido a las imposturas del sistema discográfico (mudarse a la capital, hacer la música de moda) y la creación de las canciones más épicas que era posible crear. Épico a lo Keats, a lo Chaucer, a lo Dickens. A lo Paul Simpson.

III

Dentro de ese argumento hay muchos otros: la belleza, la literatura, la música, la valentía. El fervor para enfrentar el mundo con canciones lentas y letras crípticas y arbitrarias, poesía en toda regla. No hay grupo más elegante, más dandi, más imponente. No hay música más sensata. Ni más combativa: si allá afuera todos se lo toman a la ligera, tomémonos en serio; si allá afuera todo es blanco, pintemos nuestro mundo de negro. Hay más wokandwoe aquí, a pesar de todas las canciones no aceleradas, que en cualquier imbécil disco de los Gansos Rosas. Hay más revolución aquí que en todos tus golpes.

Cito a Simpson de una entrevista de 2004: “Las disqueras grandes succionan la poesía de tus huesos y llenan las grietas con un cemento hecho de cocaína y adolescentes machacados.” Más elocuente no se puede.

IV

Elipsis violenta: The Coldest Winter in a Hundred Years. El mejor disco del año pasado. Uno que significa el regreso de The Wild Swans tras ocho años de no grabar y tras casi treinta desde su iniciación. Es apenas su cuarto LP. Porque, claro, no tienen que cumplir ninguna deadline ni complacer a nadie. Porque, claro, pueden tomarse su tiempo porque Simpson no es un rockstar que vivirá de girar por el mundo en aviones supersónicos: su grupo consiste en Les Pattinson, Will Sergeant, Ged Quinn, Mike Mooney, Ricky Maymi, Henry Priestman, Candie Payne, Steve Beswick, Tichard Turvey. ¿Hay fallo posible?

El coro de la primera canción del disco, y lo traduzco porque me parece pertinente y espero que tenga efecto allá afuera, dice: Esta ciudad se cae a pedazos y no me gusta, necesitamos encender una hoguera, yo lo haré. Lágrima. Pero así hay trece canciones sobre el pasado, sobre el siglo XX y el XIX; una manera poética y elegante de renegar de las iPods, del HD, de la estupidez del mundo XXI, de su vulgaridad y mal gusto. Aquí todo es music halls (Kipling y Chas ‘n’ Dave siempre han tenido razón), pelucas Beatle, Chaucer y Johnny Rotten en una línea (¡cómo se atreven! ¡PUES ASÍ!), dramas de disfraz victoriano, aviones de caza de la Segunda Guerra Mundial, modernismo, Baudelaire, Huysmans contranatura, sonetos de Shakespeare, épica inglesa. Puro pop.

Un puto discazo. Lástima que no pueda encontrarse en las lamentables tiendas de discos de mall de la ciudad. Pero, hey, Internet. Es cuestión de buscar. El mejor disco del año pasado. Y si no fuese por Dexys, el de éste también.

C/S.

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