Coleccionismo vital (II.)

00 Vinilo

Publicado originalmente el 8 de junio de 2012.

Este texto puede (¿debe?) complementarse con la lectura del texto ‘Coleccionismo vital’, que puede encontrarse haciendo click acá y que fue publicado originalmente el 21 de abril de 2012. Coleccionar, dicen algunos, es clasificar. Una colección tiene sus determinaciones, sus límites. Acumular no es coleccionar. Hay clasificaciones estandarizadas, como la Goldmine, pero no van más allá de las características del medio. Las clasificaciones en cuanto a contenido son ya propias de cada coleccionista. Esta puede hacerse tomando en cuenta sonidos, ritmos, géneros, tiempos, biografías, los intestinos de cada quien o hacerse de manera completamente arbitraria. Es una labor de amor. Las clasificaciones son abstractas, cargando de significado al objeto. Hace unos años quise encontrarme en otros, por lo que hice varias entrevistas a coleccionistas de discos de varias partes del país. Todos, por supuesto, amigos. Sigo transcribiendo algunos fragmentos de pláticas. Álvaro Salgado es uno de ellos. Es, en sus palabras, un shoegazer y un tipo que no sabe vivir en el silencio. Vive y crea en Guadalajara, aunque nació en Colima a inicios de la década de los 80. Ha sido bajista en algunos grupos shoegaze de vida breve. A los 16 formó Loretta, un grupo colimense de culto. Es diseñador gráfico y ha trabajado en cubiertas de discos para bandas. Y cuestionado sobre su obsesión dice: “El sentido de coleccionar depende de lo que una persona colecciona. Por ejemplo, yo podría tener discos que sé que en algún futuro valdrán algo, así que sería como una inversión. Yo colecciono por el simple hecho de que me gusta, me hace sentir bien tener algo raro de algún artista que disfruto. Es como una enfermedad, más que un pasatiempo. Colecciono porque no puedo evitarlo. Es una necesidad mental, como la gente que come chocolates. No hay sentido en ello, simplemente me gusta.” Volvemos con su hermano, Carlos Salgado, arqueólogo, maverick y, mientras escribo estas líneas, trabajando en el downshifting. También de Colima, arqueólogo y nostálgico: “¿El sentido de coleccionar? Probablemente ninguno. Ahí radica la parte triste y deprimente del asunto, que reduce al coleccionismo a otorgar un sentido a nuestra pasajera existencia. Seamos sinceros, ¿a quién le interesa mi colección de los Bunnymen? Sólo a un puñado de gente que tiene exactamente los mismos ítems, con sus distinciones. A nadie más.” Y agrega: “Hay un lado genético del asunto. Yo coleccionaba papel moneda; mi papá, estampillas; mi tío materno, Jorge, estampillas; todas colecciones grandes e interesantes, no amateurs. ¡Mi abuelo tenía piezas arqueológicas! Ya elegir qué coleccionar era cuestión de interés. Yo ya compraba discos, así que elegí a mi grupo favorito para construir una colección.” Mantener una colección musical es un placer, una necesidad, una manera de habitar el mundo y de adaptarse para crear sentido. Está, también, el plano del lujo de tener la música disponible para consumirla en cualquier momento. Pero podría asegurar que también se trata de una cuestión fetichista, ya que el disco en sí, como objeto, es tan importante como lo que contiene. Por eso una colección puede clasificarse de manera abstracta. Antonio Sánchez, de Tijuana, a quien conocemos mejor como Mod TJ1, asegura: “¡Los coleccionistas somos fetichistas! Yo, sobre todo, de las portadas. Del objeto. La música hoy día puede conseguirse en CD, en la computadora o ya la tengo en recopilaciones. Un caso: The Who, que día a día aumento mi colección sólo por las portadas. La música ya la tengo completa desde hace tiempo.” Moisés García parece que conversa con él, aunque esté en Neza: “Conozco muchas personas que buscan tal o cual disco por su alto grado de rareza, que bien se puede traducir en un precio bastante risible o en un detalle prácticamente inapreciable, que quizás sólo ellos como verdaderos conocedores o fanáticos pueden observar. Todos los coleccionistas tenemos nuestros fetiches. Los míos, por ejemplo, son las ediciones curiosas de los Stones, los discos de rock norteamericano de mediados de los 60 y los singles versiones de soul interpretadas por artistas mexicanos o chicanos. Existe una cantidad impresionante de discos por escuchar; algunos de ellos, desafortunadamente, son muy poco comunes. Así que se convierten en objetos del deseo.” Coleccionar discos se ha convertido en una actividad que puede resultar anacrónica o impráctica, pero eso es justamente lo que la hace tomar nuevos significados y sentidos. Las nuevas tecnologías han intentado hacer del disco algo prescindible. Las lógicas de consumo han cambiado hacia lo práctico: la música en una iPod o en una PC es mucho más transportable y transferible, pero tampoco ocupa un lugar verdadero en el espacio. El coleccionismo tiene que lidiar con objetos. La Generación iPod, pragmática e impaciente, no necesita de los discos mas que como una referencia para poder localizar alguna canción. La oferta musical es demasiado grande, inabarcable, y la discriminación de los álbumes completos por las piezas más atractivas parece la opción más sensata para surtir a un mercado eminentemente social. El gran lujo de la Generación iPod es que el interesado en la música (¿pueden usarse adjetivos tan bonitos como melómano, obseso, maniaco, obcecado o ferviente en la era digital?) es que pueden hacer listas de reproducción basadas en lo que dicta su tripa. La limitante ya no es el tracklist, impuesta en un disco. La lógica es el scrolling, no hay más que abstracción. La dimensión física está ausente. Pero la música fantasma, en formatos digitales, no es enemiga del coleccionista. Al contrario. Moisés García: “[El mundo digital] es una poderosa arma para conocer el maravilloso mundo de la música y yo mismo tengo una cantidad considerable de archivos en mp3 en mi computadora y los utilizo como medio de referencia para conocer y descubrir material nuevo, disfrutarlo y escucharlo con atención para, si me gusta, conseguirlo en físico. Como referencia, el mp3 es magnífico, pero no se puede hablar de una colección de mp3. Es realmente absurdo. Basta con perder la iPod y todo se irá al cuerno.” Antonio Sánchez: “Qué más hubiéramos querido en nuestra generación: tener esa herramienta gratis y al alcance de casi cualquiera. La vida se está haciendo más fácil, es todo. No quiere decir que mejor. Sólo más fácil.” Las nuevas tecnologías no hacen sino preservar el significado del objeto e incluso aumentarlo. Además de una necesaria adaptación a una dinámica vital, ¿coleccionar tiene algún otro sentido? ¿Es una actividad elocuente? Ya iremos respondiendo. En otras entregas, supongo. Dejemos la última frase hoy a Moisés García: “Definir el grado de salud mental que poseen algunos coleccionistas: ese trabajo es mucho más complejo.”

C/S.

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