¿Recuerdas la primera vez? Pulp en México.

Publicado originalmente el 27 de abril de 2012.

Si dentro de unos cientos de años la raza humana se mantiene viva y con cerebros grandes, Kurt Vonnegut mediante, imagino una escena parecida a esta: unos científicos, o gente así, estudiando nuestra cultura primitiva, sorprendidos por nuestros artefactos (o lo que queda de ellos.) Y sus certeras conclusiones: esta gente, dirán, tenía unos extraños rituales. Se congregaban en centros grandes, muy grandes, para miles de personas; sobre un altar de tamaño considerable subía un sacerdote, o algo así, acompañado de sus ayudantes, o algo así, a interpretar bailes y canciones ceremoniales. O algo así.

Los conciertos, ese extraño negocio, son de un fervor que sólo los sucesos masivos, extraños negocios, pueden generar; se comparan a muy pocas cosas en el mundo. Posiblemente a un partido de deporte y nada más. La idea miguelangeliana de estar cerca, dedo con dedo, de Algo y de Alguien Importante domina en concentraciones así. Es una idea tan bonita como descabellada y cursi: compartir tiempo y espacio con un creador, con unos iguales, con un mismo objetivo, pero también el desgañite por algo artificial, la pose y el halo corporativo que casi todo evento así tiene.

Pulp estuvo en México el lunes 23 de abril de 2012. Y no seré objetivo, no es mi costumbre: fue una ceremonia vibrante, catártica y convulsa. El concierto de nuestras vidas.

Éstos nunca antes habían visitado el país de los luchadores enmascarados, por la razón que sea. Nos estamos acostumbrando a ver grupos que viven su segundo, tercer o cuarto aire; Pulp es uno de ellos. Trabajando duro desde los tempranos años 80, alcanzaron su pico creativo y comercial justo a mediados de los 90 y su último disco de estudio data de 2002. Estuvieron en una larga pausa en la que cada uno de ellos hizo de todo, algunos con más suerte e inventiva que otros. Regresaron hasta hace muy poco a escena, triunfales, para que una generación que ya no pudo esperar con ansias el siguiente disco de Pulp los viese; una generación, como suelen ser, nostálgica por un pasado que no vivieron pero que intuyen que fue mejor. No sé por qué. Habría que pasar otra medianoche en París.

Yo sí viví Different Class en directo; me quedé sin aliento con This is Hardcore y pasé tardes intentando descifrar el We Love Life. Me sumergí, por supuesto, en His’n’Hers, y me obligué a viajar por It, por Freaks, por Separations, a aprender con Masters of the Universe o el Freshly Squeezed. Adquirí nuevos himnos cada vez. Fui un mis-shape, un mistake, un misfit. Por eso aquella noche de lunes fue importante. Quería verificar que todo había sido cierto y que mover los pies, girar y gritar ante un ritmo trepidante y una pared de ruido seguía significando tanto como en 1995, 1998 o 2001.

Lo era. Lo es.

En la pista y en las gradas, montones de quinceañeras de treinta; montones, también, de catetos que querían hacer un twit que explicase que estaban en el Palacio de los Deportes y tú no, pobres; más y más pulmones que, por una vez, por una puta vez, se sabían las canciones; más y más pies planos ansiosos por El Ritmo. Decenas de miles de corazones que, por una vez (primera, última o solamente otra) latieron a la par en un 4/4 que no se detiene, que aguanta, que da sentido.

Música que importa, digas lo que digas.

Las chicas se volvieron a enamorar y los chicos volvieron a creer en algo. Fueron 150 minutos, o algo así, de canciones sobre gente que quisiéramos ser y sobre lugares que nos gustaría pisar con nuestros zapatos viejos pero impecables. En escena se citó a Cervantes y en la pista citábamos, sin palabras, a Nik Cohn o a Kevin Pearce, que seguramente no entenderían ni un poco lo que estaba sucediendo allí: somos un pueblo extraño, que no se comprende, que no se soporta, pero que al menos tiene el ansia de buscarse. O eso quiero creer.

La noche del lunes fue desquiciada y perfecta. Lo que le siguió, todo, palideció en comparación. Las tristezas del martes, que fueron profundas entre el cansancio y el zumbido de oídos y la injusticia y la arbitrariedad de la vida, fueron más cortantes por todo lo que habíamos vivido la noche anterior, pero también más llevaderas porque, al final, queda un poco de música.

Pulp fue el concierto de nuestras vidas. Léelo como quieras.

C/S.

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