Música, técnica y magia.

Publicado originalmente el 6 de abril de 2012. También publicado en la Revista Díseres Año 4, No. 23 (Invierno 2011.)

Todos podemos hacer melodías. Por más simples y rudimentarias que sean, hay un mínimo de sentido melódico en nosotros. Eso no quiere decir que todos seamos músicos, pero algo hay de eso. Lo mismo todos podemos dibujar, aunque sea trazando líneas deformes; eso no nos hace pintores. La música es algo que, podría decirse, es natural para los seres humanos (es una de sus creaciones definitorias) y aun así resulta de difícil producción para un alto porcentaje de la humanidad.

Por eso el oficio de músico tiende a ser visto con ciertos prejuicios mistificadores y no tanto relativos a la habilidad de ejecución sino en la capacidad de creación de sonidos articulados. Una actividad que, como cualquier otra actividad humana, requiere de un proceso concienzudo de aprendizaje, de práctica y repetición y de una constante estimulación lúdica para crear respuestas cognoscitivas diferentes, al tratarse de un arte que se practica con apenas algunos tonos (la materia prima), pero con posibilidades infinitas de ordenamiento.

Hay que aclarar de cualquier modo que sería necio e insensato negar que la ejecución y sobre todo la creación de música tiene mucho de magia y de misterio.

La labor del músico es comunicar mediante sonidos, un lenguaje que tiene sus propias reglas y con el que se también se puede narra de una manera muy particular, sin palabras. Nos enfocaremos en la canción, que es a la vez mínimo común denominador de la música popular pero también, recurriendo a la comparación con la pintura, un lienzo en blanco en donde la creatividad es la única que determina los límites genéricos.

La abstracción del hacer música se parece un poco a la del pintor, en cuanto a que la combinación de colores/sonidos es lo que, al final, buscará una armonía que pueda convertirse en pintura/canción. La técnica, por ende, juega un papel esencial en la inspiración y la motivación del músico para poder generar nuevos productos. Lejos de aquella idea de la musa como un generador espontáneo de ideas, el músico debe ser un sujeto entrenado en su oficio y un ávido consumidor: una convergencia de referencias culturales con las que, tras un proceso de transformación/creación, generará nuevas referencias culturales. Sólo así puede ocurrir la magia, no es suficiente la correcta técnica de ejecución.

En una reducción simplista, crear una canción es saber combinar los elementos armónicos, rítmicos y melódicos como si fuese una receta de cocina. Pero como toda buena receta, se necesita de un elemento extra que sólo alguien con suficiente bagaje cultural sobre su disciplina (y en algunos casos intuición, algunos le llaman talento) puede darle. Woody Allen, interpretándose a sí mismo en su brillante film Deconstructing Harry (1997), descubre que sólo “despertando a sus demonios” es que puede volver a crear algo nuevo. Una reconciliación con lo más oscuro de sí mismo le da otra clave para poder generar nuevos productos culturales: la honestidad total es la expresión total.

Una melodía debe ser expresiva en sí misma y el discurso que le acompaña, la letra de la canción, implica también una armonía. Una canción, al final, es también una idea concretada, no una mera acumulación de tonos; una canción es energía cinética, intención desbordada pero con dirección, no una simple propuesta; una canción debe saber a dónde va (es sólo lógico que el creador lo sepa también), qué quiere y qué debe. Los criterios comerciales, sin embargo, han hecho que muchos engendros de canción circulen libremente por ahí sin saber muy bien qué es lo que pasa, buscando un par de oídos receptivos a los que tal vez nunca llegue.

En México existe una tendencia a subordinar el entramado musical de una canción y dar a la letra una importancia mayor; así, una buena mayoría de la música popular se ha constituido como una colección de canciones con muy pocas variaciones armónicas y melódicas e incluso con una lírica que se repite a sí misma. El fallecido escritor uruguayo Ariel Muniz ya decía que desde que vino a radicar a México comenzó a aprender letras y a olvidar melodías.

La creación de una canción, pues, es tan complejo como uno lo permita. Pero las canciones elocuentes, como todo el arte importante, nacen de un proceso en la que está involucrada la técnica pero también los universos personales: sólo reflejándolos con honestidad puede haber magia.

C/S.

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