Cinco discos chiflados para el weekend.

Publicado originalmente el 2 de marzo de 2012.

No creas todo lo que dicen. Pink Floyd no es el mejor grupo de la historia. Son aburridos, demasiado estirados, demasiado pulcros. Dicen lo que quieres oír. Son el puro establishment, la margarina del rock and roll, la maldita Coca-de-dieta del rock and roll. ¿Que son avanzados, dices? ¿Que son vanguardistas? ¿Arriesgados? Pff. Acá cinco discos, favoritos de siempre, que resultan en verdad desafiantes, alocados, emocionantes. Lo de Waters y sus amiguines es pose, chica. Acá te tengo unos verdaderos chiflados. Disfrútalos.

Daniel Johnston: Hi, How Are You? (1983)

El señor Johnston es una anomalía con todas las de la ley. Y, por supuesto, es uno de los actos (?) más extraños de toda la música; ni siquiera que se haya convertido en alimento de modernillos de pacotilla le resta impacto. Ellos dicen entenderlo. Carajo, si su encanto es precisamente que no se sabe de qué va realmente. Alguien capaz de quitarle la llave de ignición a un avión de dos plazas y tirarla por la borda en medio de una epifanía que involucra a Casper, el fantasma amigable, es de cuidado. Sobrevivió porque el piloto estaba entrenado: era su padre. Johnston nació en 1971 en una familia sumamente cristiana y creció en Ohio escuchando a los Beatles y tocando un pianito. A finales de los 70 grabó algunas canciones atormentadas en una cinta y las repartió entre amigos y desconocidos. El amor obsesivo, Casper, los superhéroes de cómic y visiones del infierno son temas recurrentes en sus canciones, que suenan tan desquiciadas como la mente que las concibió: voz chillante y temblorosa, acordes que se repiten al infinito o cambian de golpe, largos pasajes de ululación y melodías infantiloides. Claro, son las canciones de un maníaco depresivo y esquizofrénico, que ha sido huésped distinguido de La Casa de los Locos y que, con todo, se las ha arreglado para hacer lo que quiere. Porque Daniel Johnston siempre quiso hacer música. Es lo único que le importaba. Y que se joda todo lo demás. Hi, How Are You? fue el sexto cassette que grabó en su casa en su máquina Bombox (ese ícono de la música callejera y del garrulismo ochentero) durante el mes de septiembre del 83. Es un cassette que duele. Como los buenos. La fidelidad de sonido es nula, las canciones son pura confrontación y es realmente una experiencia. HHAY? fue reeditado en vinilo en el 88. Everett True, dice la leyenda, le regaló una copia de la cinta a Kurt Cobain y éste se encargó de hacer famoso a Johnston a inicios de los 90. Y qué bueno. Porque Daniel Johnston es ese pelmazo que todos somos a veces y un completo romántico de la vieja ola. Un chiflado que es puro corazón.

Lucia Pamela: Into Outer Space with Lucia Pamela (1969)

Lucia Pamela fue la primera artista terrícola en grabar un disco en la luna. No le encantó la acústica lunar, pues el aire es tan delgado que todo se escucha extraño, pero el resultado no fue malo. ¿Cómo llegó a la luna? En su Cadillac, por supuesto. Nada lo decía en broma; yo confío en las personas (y más en este tipo de personas, mis favoritas.) Into Outer Space se llamó la placa y suena extrañísima. Lucia Pamela nació en 1904 y más que musicienne era una excéntrica. Admirable. Estudió música en Alemania, fue Reina de Belleza en los Estados Unidos y dicen que sabía diez mil canciones de memoria. Sólo grabó un disco en toda su vida, este, y diseñó un libro para colorear. Estaba obsesionada con los viajes espaciales en su variante serie B, qué magnífica. El álbum cuenta la historia de su viaje a la luna con sonidos estrambóticos e instrumentos alucinantes. Así se hace la música por allá. Nunca nos confirmó, sin embargo, si la luna era de queso. No importa. De a poco se convirtió en un pequeño culto que fue olvidándose con el paso de los años. En los 90 fue reeditada a mediana escala y comenzó a hacer ruido de nuevo entre inquietos. Stereolab le rindió tributo en International Colouring Contest y hoy la red está llena de pequeños homenajes a Lucia Pamela, esa magnífica lunática. Qué discazo.

Luie Luie: El Touchy (1974)

Pura felicidad. Este disco, como todos los de esta lista e incluso más, corre el riesgo de ser disfrutado de manera irónica. Error. La ironía y el post-modernismo arruinan cosas como ésta. Luie Luie (no es un error tipográfico) es un mexicano de California que, dicen, ha sido un artista toda su vida: pintor, músico y bufón. Un tipazo. En 1974 lanzó un disco llamado El Touchy que consistía en variaciones sobre un nuevo baile (como el mashed potatoes o el freddie o el twist) que consistía en juntarse con un compañero y tocarse. No de un modo sexual, sino nariz con nariz o pie con pie o rodilla con rodilla o nariz con rodilla o codo con cabeza o mano con ombligo o cualquier otra ocurrencia así. Todo esto lo explica Luie al inicio de su disco, que incluía una pegatina que se leía “touchy me here” y se colocaba donde el bailarín deseaba ser tocado. Una pasada. ¿Y a qué sonaba El Touchy? Carajo. Es una maldita maravilla, sólo para iniciados. Intentaré explicarlo, pero creo que las palabras no dan: una trompeta salvaje (y mal tocada), una guitarra estridente (mal tocada), un sintetizador Moog (mal tocado), campanas, un increíble bajo cumbianchero, gritos, congas, una batería errática y mucho sabor, todo interpretado por Luie y nadie más. Un caos. Fascinante. ¿Quién quiere perfección cuando hay tanta diversión? Todo aquí es torpe, majara, colorido. No es un disco para todos, por supuesto. Si lo tomas con ironía, te perdiste su encanto porque no todo lo kitsch tiene mojo; si sientes aversión, pon un disco de Yes mejor. Yo me quedo con El Touchy y me he propuesto practicarlo cada que sea posible. El álbum entero se trata de fiesta. Está el Tastee Touchy y el Tortilla Touchy y el Touch of San Antone y hay hasta una extrañísima Touch of the Pharaohs que Luie dedica a un amigo egipcio que le ha enseñado un secreto o dos sobre la vida. Volado a más no poder. Estimo a este sujeto. Luie ha seguido tocando su hit y algunos otros (que nunca han sido grabados) en restaurantes y cafés. Seguro sigue haciendo bailar a todos. Algo tan surrealista y genial sólo podía tener raíces mexicanas.

The Shaggs: Philosophy of the World (1969)

En el evangelio según san Frank Zappa, grandioso sujeto, las Shaggs son mejores que los Beatles. Por qué no. Las hermanas Wiggin (Dot, Betty y Helen) eran de New Hampshire y sabían tocar un acorde, dos, pero su padre, Austin, tuvo una visión en una sesión de lectura de palmas: iban a ser un grupo de chicas fenomenal e importante. Como todo progenitor con una idea, hizo de todo para grabar a sus pequeñas adolescentes. Las hizo tocar los sábados por la noche en un recinto local y grabaron un disco incomparable. De hecho por algunos es considerado un álbum vanguardista, rompedor e inigualable. Para muchos, muchos otros es una basura. Allá ellos. Las Shaggs no tenían ni idea de ritmo, de musicalidad, de afinación. Lo suyo es, depende de cómo lo veas, un trabajo de visionarias que introdujeron al pop, con la naturalidad del genio, las estructuras del free jazz de Ornette Coleman y la deconstrucción de la canción de John Cage o, bien, unas adolescentes de peinado horroroso que no tenían ni idea de lo que hacían. Yo estoy con ambos en este caso. Porque las hermanas Wiggin eran pura ingenuidad. Sus letras hablan de su escuela, de sus padres, de una mascota perdida, del chico de la secundaria que gusta pero no hace caso. Y la baterista ni se entera, parece que está tocando otra cosa. Puedes estar con Zappa o con aquellos críticos de ceja alzada que aseguraban que Philisophy of the World era el peor disco de todos los tiempos. Pero algo es seguro: jamás te olvidarás de él. Hay que oírlo al menos una vez en la vida para decir que se ha vivido.

Tiny Tim: God Bless Tiny Tim (1969)

Ah, Tiny Tim. Tan conmovedor, tan perturbador. Tiny Tim y su ukulele y su falsetto devastador. Lo fascinante es que él no se asumía como novelty, mucho menos como comediante. Él hacía lo que quería hacer y eso era música de tin pan alley, pop de viejitos y canciones tradicionales americanas de inicios del XX, las de siempre; Tiny Tim dedicó su vida a divertir a su público, a hacerles cantar y bailar y, mira, fue a morirse en un escenario porque a pesar de haber sufrido ya un infarto no iba a dejar de tocar frente a todos ellos. Con él no había ninguna pretensión de conceptos o de perseguir un ideal artístico o pajearse en público como una estrella de rawk. Nacido en Nueva York de madre polaca y padre libanés, fue una estrella de la televisión y de la canción popular, aunque nunca se le bajó de curiosidad. Su primer disco, a pesar de haber girado por años, fue God Bless Tiny Tim en 1968, en el que canta también con su voz auténtica. Sus mejores momentos son, claro, los más eufóricos, como en Tip Toe Thru The Tulips With Me o la grandísima Livin’ in the Sunlight Lovin’ in the Moonlight que fue repopularizada hace poco por ese nihilista llamado Bob Esponja. Hay cuentitos. Hay duetos consigo mismo (en la meliflua I Got You Babe.) De los genios de esta lista Tiny Tim es el único que alcanzó un verdadero éxito y que se ha convertido en un pequeño ícono pop (en el nombre va la condena, pues lo adoptó de Dickens y su Cuento de Navidad.) Durante unos años se codeó con la crema del folk y la música revivalista, aunque siempre como un outsider, con esa nariz ganchuda, sus cabellos alborotados (receptores de ondas del espacio, seguro, que diría Danny en Withnail and I), flaco y altísimo, vestido de colores. Hizo lo que quiso y se convirtió en una figura de justificado culto. Ah, Tiny Tim. Debería haber más como él.

C/S.

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