Cantar, porque no hay más.

Publicado originalmente el 9 de marzo de 2012.

Cantar es uno de los mejores verbos. Se canta en el estadio y en la iglesia, en la salud y en la enfermedad; se canta porque somos felices, porque somos tristes. La indiferencia jamás va con cantar. Se cantan himnos de batalla y nanas para dormir. Cantan todos. Cantemos todos.

En la ducha

¡Ah, la ducha! El mejor lugar para cantar. Todos somos Mel Tormé allí, no importa si tengamos tres gripes encima. Después de una cerveza o un whisky (o whiskie, por mi está bien), una ducha es el mejor remedio a todo: la tristeza se va por la coladera, la resaca se lava con jabón sin esponja. La dicha es mucha en la ducha. Y además tiene una acústica que ni el Royal Albert Hall: no importa en qué parte de la casa esté el pequeño cubículo de regadera, siempre se escuchará bien. Es el mejor lugar para cantar. Es el mejor lugar para ser feliz.

Soy un sensacional crooner de ducha. El mejor. Si pudiera irme de gira con todo y mi regadera, mis azulejos, mi coladera, sería más rico, más famoso y más admirado que Charles Aznavour. Tony Bennett sería mi perra. Frank Sinatra, un segundón.

Mi interpretación de Steppin’ Out With My Baby de Fred Astaire mientras desperdicio litros de agua no tiene precio. O sí lo tiene, pero no podrías pagarlo. Sweet Lorraine de Nat King Cole es otro de mis clásicos. Nat King Cole no soportaría escucharme, porque lo hago quince veces mejor que él. Lush Life de Johnny Hartman con Coltrane es un clásico de la ducha, con solo de sax (trompetillas) incluido. El You’re The Top de Cole Porter es otra de mis obras maestras de remojón. Pero mi canción de afusión favorita es, sin duda, J’Arrive de Jacques Brel. Con todo y coreografía. No quieren saber cómo es, de verdad.

Cantar en la ducha es lo más.

Para los viajes en carretera

Desde que era pequeño, mis viajes en carretera, con mis padres, se acompañaban con los Beatles en casete.

Siempre me han funcionado los Beatles para la carretera. Me sé todas las letras, así que lo mismo si voy conduciendo, de copiloto o dormitando en el asiento trasero será un viaje de cantar sin parar. A donde sea.

Aunque últimamente tengo más favoritas de carretera: American Pie de Don McLean, épica; por su duración es perfecta para cualquier viaje. Si vas acompañado y la otra persona la conoce, entonces el destino es lo de menos.

Otra imprescindible es On The Road Again de Canned Heat, un éxito cutre de siempre. Hay que hacerse en falsetto, claro, si no no cuenta.

Y todo el Lo Nuevo de Astrud, completito. De principio a fin.

Con los panas, con cerveza

¿Que ustedes no cantan con los panas, tarro de cerveza en mano.

Ridiculez garantizada.

¿Mis favoritas? Las obvias: Wunderbar de Tenpole Tudor, cualquier cosa de los Pogues o de Chas & Dave, de preferencia Harry Was A Champion (mi amigo U y yo tenemos un elaboradísimo montaje musical que haría rabiar a Bob Fosse.) Todo Libertines. Todo.

Estas situaciones se prestan para que el ridículo sea mayúsculo. Pero digno. Así que por qué no intentar el Oei Oei Oei de Johan Cruyff (sí, del Cruyff del Barça, de la Naranja Mecánica), el Auld Lang Syne (cambiándole toda la letra, si no, no) o alguna joya ochentera como el Caca Culo Pedo Pis de los Punkitos. En realidad, canciones que puedan cantarse saltando como mono poseído por Pazuzu y haciendo la-la-la’s aplica.

Eso o intentar, con todos los panas, una versión decente y brincona de The Eton Rifles o de La Chica del Metro de Telegrama. Cualquiera de Kamenbert aplica igual y, de hecho, una vez logré con mis amigos los hobbits una versión beoda genial de Tuve una novia psicodélica; Soul, la chica maravilla, dice que vagaba por Barna cantando Terciopelo azul, pero habría sido necio no hacerlo.

Lo que nunca me ha salido es una versión azumbrada de Modern Art de Art Brut. Debo.

Con los panas, con whisky

We’ll Meet Again de Vera Lynn es un obligado. El whisky (o whiskie, por mi está bien) es más exigente. Tanto que a uno le da por recitar poesía de Siefgried Sassoon. Pero para no perder lo mundanos, a mí siempre me funciona The Killing Moon de Echo & The Bunnymen, Always Look At The Bright Side of Life de Monty Python (“La Vida de Brian” es la puta biblia) o el Happy Days Toy Town de los Small Faces, personificando a Steve Marriot y haciendo una irrisoria interpretación seudo cockney.

Eiti Leda de Seru Giran se da bastante bien volando en brazos de Jack Daniel, pero es demasiado complicada. La parte de la orquesta completa me sale perfecta, eso sí.

Solo, con tequila

José Alfredo Jiménez. No soy un gran tequilero, en realidad puse este subtítulo para poder decirle a todos que soy un escucha disciplinado de José Alfredo Jiménez. Listo.

En la pista de baile

Nunca olvidaré aquella fiesta en que 54-46 Was My Number de Toots & The Maytals sonó con tanto poder que me faltaba el aire. Me puse a girar como un desquiciado. Tú también lo harías. No hay otra canción. “Check it out mister…”

C/S.

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