Les bonnes soirées.

Publicado originalmente el 10 de febrero de 2012.

Una vez, en Montreal, existió una banda de rock. Cinco pubertos de quinto de secundaria que exigían que se les llamase Last Word. Creían que eran la mejor banda del mundo. Y, la verdad, nosotros también. Fue popular en ciertos círculos: con sus amigos, en el colegio, en el barrio. Hasta sacaron un demo con cuatro composiciones propias: From the Magical Land. No tengo idea qué tierra mágica psicodélica hablaban, una seguro inducida algo que fumaron en alguna las borracheras de proporciones épicas que organizaban. Alguna vez se pusieron ebrios, junto a todos sus amigos (los seguían muchos, no sé si todos eran sus amigos) justo afuera del Oratorio de St. Joseph, enorme templo católico que cuida el Quartier de la Côte-des-Neiges. Sólo porque sí. Y porque esa noche habían dado su último concierto como banda.

Verlos esa noche costaba cinco dólares. Como si fuera para tanto. Sí lo fue. Ahí estaba yo, en el auditorio del Brébeuf, una escuela católica con todas sus implicaciones, en tercera fila. El grupo telonero fue uno muy amateur, con puro freak del Collège, llamado The G-String Project. Tocaron sólo versiones, pero el cantante estuvo horroroso y se atrevió a destrozar canciones de Chuck Berry. Lo odié. Cuando llegó el intermedio, muchos estábamos insatisfechos y hasta aburridos.¿Dónde estaba Last Word? Minutos más tarde, subieron al escenario. Comenzó la música. Tocaron su repertorio completo, que incluía el tema conocido de la banda, Les bonnes soirées, un ska peligrosamente pegajoso y hasta cosas más densas, como la muy oscura Un certain endroit, con la que a la fecha a veces sueño.

Ahí estaba yo, sin saber qué pensar, viviendo. Escuchando. Siempre ha sido así. El último de los rock and roll romantics. Last Word no era el grupo que el mundo estaba esperando, pero eran los que escribían los himnos para sus amigos, repletos de bromas privadas, de referencias, de historias de la calle y de los parques. Frankie en la guitarra, en la voz y en la presencia en el escenario: nadie lo igualaba porque nadie se divertía como él. Carlito en los tambores era casi épico; Hoa Phong en el bajo, un demonio de ojos rasgados en las cuatro cuerdas. Conor tocaba el sax a veces, cuando se le ocurría. El sonido que hacían era extraño y agradable. Cacofónico. Frankie, con su presencia, exigía respeto. Brincaba, gritaba, hablaba poco. Igual que cuando lo veías caminando por los pasillos de la escuela o bebiéndose una cerveza en el Croc. Siempre estaba ido. Siempre cantaba algo. Y ahí estaba él, dando el concierto de su vida y de la nuestra, emocionando sin necesidad de pirotecnia. Sólo estábamos él, sus canciones y nosotros. Privilegiados.

No sé cómo nacen las canciones. Es un misterio. Pero una mañana de domingo, con una resaca impresionante y el teléfono que no deja de sonar puede ser el detonante: la añoranza, de repente, se adueña de todo. La nostalgia de aquellas noches, la difícil realidad. Les bonnes soirées. La canción nace, de repente, como toda genialidad. Casi sin que nadie se dé cuenta, con una sutileza que raya en lo perverso. A muchos ingenuos que nos atravesamos en alguna etapa de la vida de Frank Wermerlinger, Hoa Phong Lee y Last Word, nos pegó. De eso ya hace algún tiempo, pero cuando escucho Les bonnes soirées no puedo evitar recordar. Haber perdido la demo en CD que Frankie me regaló es algo que a la fecha no me perdono, pero las canciones siguen vivas nota por nota en mi cabeza. Recordar Côte-des-Neiges y el Second Cup de las hungover mornings; recordar el metro y esa despedida tan conmovedora que me tocó presenciar en la estación Berri-UQAM; recordar la Ste. Catherine y la St. Dennis y el recorrido eterno hasta la casa de Iris, guitarra al hombro; a Oliver y a Mélanie y a los Three Stooges y esa caminata eterna hasta el Estadio Olímpico y las librerías de Atwater; la nieve y el repentino sol de abril; recordar la Usine C y la Village; recordar el Cinéma du Parc y la Place des Arts y el Pavillion Lalemant con mis compañeros de piso; recordar la puerta del elevador con letras de canciones en francés. Recordar que aquí no es como allá.

Darme cuenta de todo el tiempo que ha pasado. Y sentir que todo lo bueno se ha ido ya. Hasta Last Word, un grupo más, pero que hacía las cosas bien (porque las hacía con cojones y corazón.)

…sont toutes les bonnes soirées qui sont finies.

C/S.

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