Discos que importan: Rodriguez, Cold Fact.

Cold+Fact++HQ+cover

Publicado originalmente el 3 de febrero de 2012.

Sixto Rodriguez. Aprendan ese nombre. Es un nombre importante.

Su historia debe ser contada. Una y otra vez, de ser posible. Obviemos que se llama así por ser el sexto hijo de una familia de inmigrantes mexicanos. Pero no dejemos de decir que nació en 1942 en Detroit, la ciudad que tiene más historias musicales por esquina que cualquier otra del mundo. Rodriguez, como le llamamos los que nos consideramos sus amigos, es una maldita leyenda: compositor gigantesco, colaborador de los increíbles Funk Brothers (Detroit, te digo) y banda sonora de la revolución sudafricana.

Aunque hasta hace muy poco era una leyenda perdida. Un secreto. Un muerto.

Pero los muertos no salen de gira.

Rodriguez no es una estrella. Está claro. A pesar de ser posible rastrearlo en alguna canción de Nas, por ejemplo, no es carne de cartel. Durante treinta años, más o menos, fue un fantasma del que pocos estaban al tanto. Algunos incluso lo creían muerto.

Regresemos a los inicios: Detroit, los años 60. Rodriguez crece a la par que la música de Motown y sus cientos de imitadores a lo largo de la ciudad. La música, carajo, lo es todo. Y él tiene demasiadas cosas que decir. No es fácil crecer como un hispano en un país cruel y pragmático. No es fácil. Ni siquiera en Detroit. Rodriguez descubre la guitarra y se pone unas gafas oscuras. Guitarra, gafas y unos vaqueros ajustados, tres cosas que le acompañarán en adelante a donde vaya. Y se pone a hacer canciones. Al final, no es tan difícil.

En 1967 sale un 7″ con su primera canción, I’ll Slip Away en Impact, un pequeño sello local que imprime mal la etiqueta, que dice Rod Riguez. Un par de años después regresaría al estudio a grabar un LP de doce temas. Producido por Bob Babbitt, bajista de los Funk Brothers (la banda de estudio de Motown) y con colaboraciones de Dennis Coffey y Mike Theodore, Cold Fact fue un testimonio folk acerca del corazón de un hombre lúcido y conmovedor. Las letras tendrían que estar ahí en lo mejor de la década, en lo mejor de la música y en lo mejor de la poesía, pero la música es tan vibrante que resulta imposible no caer rendido ante una pequeña labor de amor plasmada en plástico negro. Porque Cold Fact es psicodélico, pero nunca pierde el suelo; es protesta, pero nunca sermón; está lleno de alma, pero no en clave de soul; y es tremendamente funky, por supuesto, como tenía que ser. Dylan, hazte a un lado.

La placa abre con Sugar Man, la canción emblema de Rodríguez, un clásico por derecho propio. Le sigue Only Good for Conversation, directa y sórdida (“you’re the coldest bitch I know, so help me.) Crucify your Mind es un elegantísimo reclamo que no por eso pierde fuerza (“how much of you is repetition that you didn’t whisper to him too?”) y la intrépida The Establishment Blues lo acerca más al folk más combativo contando una historia de injusticia y el prejuicio, dos conceptos que no caben en la mente de los Hombres Grandes (“the system’s gonna fall soon, to an angry young tune.”) Hate Street Dialogue es una pequeña joya, pero las buenas canciones sobre ciudades suelen serlo (“I’ve tasted hate street’s hanging tree”.) Pura poesía es Forget It (“Don’t be inane, there’s no one to blame”) e Inner City Blues es otro clásico (“Madness passed me by, she said hi”.) El momento más grande llega con I Wonder, desafiante y funky (“I wonder how many times you had sex, and I wonder do you know who’ll be next”) y el más triste en Like Janis (“Your selfishness is your cardinal sin”.) El folk vuelve en Gommorah, una perturbadora nana (“A story of pure hate with pictures between, a tale for your kids to help them to dream”) y en la tremenda Rich Folks Hoax (“I never could digest those illusions you claim to have going”.) El disco cierra con Jane S. Piddy (“Don’t bother to buy insurance ‘cos you’ve already died”) y lo único que se quiere es ponerlo a girar de nuevo. Lo juro.

Como suele suceder en esta columna, lo que sigue es que diré que el disco hizo absolutamente nada en las listas de popularidad. A pesar de haber grabado otro disco después (Coming from Reality), Rodriguez se perdió en el tiempo y pocos volvieron a saber de él. Hay excepciones, claro, y en el caso de esta historia son extrañísimas: Rodriguez fue grande, muy grande, en Australia y Nueva Zelanda por alguna razón que ni él ni los oceánicos han entendido aún. Y el disco hizo demasiado ruido en Sudáfrica, en donde se convirtió a partir de mediados de los 70 en un disco insignia de lo subterráneo y lo real, de todo lo que se oponía a la absurdas políticas del Apartheid. Cold Fact es un disco de la Revolución.

Habría que escucharlo más. Y mejor.

Muchos años después, la hija mayor de Sixto Rodriguez navegaba por la red y se dio cuenta de que había un sitio de devotos de su padre y se lo hizo saber. Fue una gran sorpresa percatarse de que todo, en realidad, había valido la pena. A los héroes les llega la hora tarde o temprano.

Por suerte podemos escuchar hoy a Rodriguez en exquisitas reediciones de (quién más) Light in the Attic, en CD y en vinilo. Hay que hacerlo. Porque hay que ser mejores personas.

El Cerdo Violeta.

Este sábado hay fiesta. Eduardo D. Aguiñaga, nuevaolero, inquieto y un tipo que sabe una o dos cosas, presenta un nuevo fanzine: El Cerdo Violeta (http://cerdovioletafanzine.blogspot.com). Muchos amigos viejos y nuevos colaboramos y no estará nada mal. El tema de este número cero es El Apocalipsis. Y, claro, la fiesta estará llena de música en vinilo, de la buena. Si necesitas un poco de música nueva, distinta y emocionante, no te lo pierdas. Kino Room a las nueve.

C/S.

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